OPINIÓN

Nacionalismo económico, al estilo de Biden

Las cadenas de suministro y los peligros asociados a la producción fragmentada.

Foto: AFP
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Si tienen menos de 50 años, tal vez no recuerden cuando Japón iba a conquistar el mundo.

A finales de los años ochenta y principios de los noventa, mucha gente estaba obsesionada con el éxito económico de Japón y temía el declive estadounidense. Las secciones de supuesta no ficción de las librerías de los aeropuertos estaban llenas de volúmenes con guerreros samuráis en sus portadas, que prometían compartir los secretos de la gestión japonesa. Michael Crichton publicó una novela de gran éxito, “Sol naciente”, sobre la amenaza inminente del dominio japonés, antes de pasar a los dinosaurios.

La japonofobia se hizo presente en las políticas públicas en forma de un llamado generalizado a favor de que las políticas nacionales se concentraran en la industria, con un gasto gubernamental y quizás proteccionismo para impulsar a las industrias del futuro, en particular la producción de semiconductores.

Después, Japón desapareció casi por completo de la conversación de Estados Unidos y, si acaso, solo se le citaba como un ejemplo de estancamiento económico y décadas perdidas. Y entramos en una era de arrogancia autocomplaciente, motivada por el dominio de las empresas tecnológicas con sede en Estados Unidos.

A decir verdad, los fracasos de Japón han sido, en cierto modo, tan exagerados como sus éxitos anteriores. La nación insular sigue siendo rica y tecnológicamente sofisticada; su lento crecimiento económico refleja sobre todo la baja fertilidad y la inmigración, que han ocasionado una disminución de la población productiva. Ajustando la demografía, las economías de Japón y Estados Unidos han crecido más o menos al mismo ritmo en los últimos 30 años.

En cualquier caso, parece que nos estamos adentrando a una nueva era de preocupaciones sobre el lugar que ocupa Estados Unidos en la economía mundial, esta vez impulsadas por el temor a China. Y estamos escuchando nuevos llamados a favor de las políticas industriales, que he de admitir no me convencen del todo. Sin embargo, en esta ocasión, las razones para la acción gubernamental son mucho más inteligentes que en la década de 1980 y, por supuesto, bastante más inteligentes que el nacionalismo económico de la era de Donald Trump, al que se parecen de manera superficial.

Lo que me lleva al informe de 250 páginas sobre las cadenas de suministro que el gobierno de Joe Biden publicó hace unos días. Se trata de uno de esos informes que pueden resultar importantes, aunque poca gente los lea. ¿Por qué? Porque ofrece una especie de plantilla intelectual para la elaboración de políticas; al momento de redactar la legislación y las normas, ese informe y su análisis serán un trasfondo que ayudará a dar forma a los detalles del gasto y las regulaciones.

Ahora bien, la economía mundial ha cambiado mucho desde los días en que los ejecutivos estadounidenses intentaban reinventarse como samuráis. Los países solían fabricar cosas como coches y aviones; hoy en día fabrican partes de cosas, que se combinan con otras partes de cosas que se fabrican en otros países y que acaban ensamblándose en algo que los consumidores quieren. El ejemplo clásico, y a estas alturas un tanto trillado, es el iPhone, ensamblado en China a partir de piezas procedentes de todas partes.

El gran crecimiento de las cadenas de suministro que se extienden por todo el mundo no es nuevo, pero los acontecimientos recientes han puesto de relieve los peligros asociados a la producción fragmentada.

El informe de la Casa Blanca se centra en cuatro sectores: los chips semiconductores, las baterías, los productos farmacéuticos y los minerales de tierras raras que son tan importantes para la mayoría de las tecnologías. La economía moderna utiliza chips casi en todo y la producción de chips está muy globalizada.

Así que, nos encontramos con una situación en la que la producción de autos en Estados Unidos se está viendo afectada debido a que la sequía en Taiwán y el incendio de una fábrica en Japón afectaron el suministro de estos componentes minúsculos pero esenciales. Además, gran parte del suministro mundial de tierras raras procede de China, cuyo régimen no se caracteriza por su timidez a la hora de hacer valer su peso.

Y el nacionalismo de las vacunas —los países que limitan la exportación de vacunas y componentes clave para fabricarlas— se ha convertido en un verdadero problema en la era de la COVID-19.

El informe se centra en gran medida en las cuestiones de seguridad nacional, que siempre se ha considerado una razón legítima para alejarse del libre comercio. Incluso está consagrada en los acuerdos internacionales. El expresidente Donald Trump dio mala fama al argumento de la seguridad nacional al abusar de él (en serio, ¿el aluminio canadiense es una amenaza para Estados Unidos?). Pero no hay que ser trumpista para preocuparse por nuestra dependencia de las tierras raras chinas.

Dicho esto, el informe sobre la cadena de suministro va mucho más allá del argumento de la seguridad nacional, ya que aboga por la necesidad de conservar la fabricación nacional en una amplia gama de sectores para mantener nuestra competencia tecnológica. No es un argumento absurdo, pero es muy abierto. ¿Dónde se detiene?

Una cosa está clara: si pensaban que el resurgimiento del nacionalismo económico era una mera aberración trumpista, se equivocan. El gobierno de Biden no se va a meter en tonterías como la obsesión de Trump por los desequilibrios comerciales bilaterales, pero no va a volver a la aceptación ciega de la globalización que ha caracterizado a la mayoría de las políticas estadounidenses desde hace décadas. ¿Llevará esto a una nueva era de guerras comerciales? Tal vez no, pero no esperen muchos acuerdos comerciales importantes en los próximos años.

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