Opinión

Mundo, región y nosotros

Cuando nos hacemos la pregunta de cómo es considerada América Latina en el concierto mundial, se nos presenta la imagen de un continente que luce desligado de las fuerzas movilizadoras de la dinámica mundial.

En Montevideo para comprar un metro cuadrado de vivienda se necesitan dos meses y medio de ingreso. Foto: F. Flores
Foto: F. Flores

No porque carezca de potencial, problemas profundos a resolver, sino porque aun no ha logrado engranarse como una pieza importante del funcionamiento de la economía global. Salvo México, por su proximidad geográfica con EE.UU., el resto de los países del continente es visualizado como un espacio político y económico peculiar y complejo, que lo condiciona para incidir en el resto del mundo.

Estas últimas décadas han sido elocuentes en aportar ejemplos. Los 90 fueron el punto de arranque de una gran apuesta para modernizarlas, ordenar sus macroeconomías, abrirse al comercio y catapultar países como líderes naturales del continente, que pudieran elevar a la región hacia planos más altos en el campo donde se toman las decisiones mundiales.

También fue un período donde la globalización se hizo presente a través de crisis financieras, catapultadas por hechos lejanos como la crisis del sudeste asiático de 1996 en el caso de México, o la del default de Rusia de 1998 que afectó a nuestra región y a nosotros a comienzos de este siglo. Hechos que desnudaron las carencias para operar dentro de la nueva realidad de los mercados financieros internacionales, donde el contagio aparecía como una dimensión inédita de su comportamiento. Aun así, Argentina fue incluida al G20, México lideró su participación en la OCDE y luego Brasil, nominado como integrante del club exclusivo de economías emergentes (Brics) que se convertiría en uno de los motores del crecimiento mundial de comienzos del siglo XXI. En resumen, la región parecía que había entrado por fin en la antesala de ámbitos relevantes del mundo. En lo sustancial de todo ello quedo poco, salvo el aprendizaje que el ordenamiento macroeconómico, el comercio internacional y los marcos regulatorios de los sistemas financieros son esenciales para lograr crecimiento sostenible que pueda luego apalancar políticas de disminución de pobreza permanentes.

En ese transcurso a principios de siglo irrumpe China con su fenomenal e inesperada demanda por materias primas, aunado con una bonanza financiera excepcional y bajas tasas de interés. Eso relanza el crecimiento regional y además confunde, pues generó dos efectos. Primero, la percepción de que las economías habían llegado a una meseta de crecimiento de nivel alto y permanente, que hacía innecesario o al menos postergaba las inversiones para modernizar su sistema productivo. A su vez, posibilitaba aumentos del gasto público de índole permanente, como herramienta de distribución para mejorar el bienestar general.

La realidad mostró que el principal supuesto que convalidaba esa visión, un crecimiento económico elevado, claudicó, dejando como resultado déficit fiscales elevados y una sensación de frustración social ante expectativas de mejora cuya permanencia resulta cuestionada.

A eso corresponde agregarle la explicitación de la corrupción rampante en varios países, sospechada pero nunca cuantificada ante la luz pública.

Más allá de las anécdotas puntuales, ambos hechos fueron el punto de partida de la crisis política que terminó con la destitución de la Presidente Roussef en Brasil y la caída del Kirchnerismo. Y también son las condicionantes que tienen por delante las actuales administraciones de ambos países para encontrar una salida al problema.

Seguimos siendo una región inestable, por la erraticidad de sus ciclos económicos y políticos, estos últimos con coqueteos populistas significativos, aun dejando de lado a Venezuela por ser un caso anómalo extremo.

Esto erosiona el interés del resto del mundo sobre nuestro acontecer, en particular a los inversores, que prefieren entornos macroeconómicos predecibles, infraestructura moderna, marcos operativos transparentes y ambiente social distendido.

Por encima de las declaraciones políticas de apoyo de los organismos multilaterales ante casos como el de Argentina, o la expectativa que se abre sobre el acontecer de México o Brasil, la realidad es que, ante cualquier intento de acercamiento a Europa o EE.UU., la reacción es de indiferencia o rechazo. Las negociaciones estériles entre el Mercosur y la Unión Europea son una prueba. Los tire y afloje en rubros distintos con EE.UU., otra. Por tanto, China y su periferia son la carta restante en materia comercial, posiblemente también como origen de inversión externa y por arrastre, palanca de inserción en los ámbitos de decisión mundial.

Bajo ese marco externo nuevo, América Latina tiene por delante una agenda compleja. Sin duda el foco está en Argentina y Brasil por su importancia relativa en la región. Ahí, la política tiene que resolver la consolidación macroeconómica en un ámbito cargado de expectativas frustradas por errores de administraciones pasadas. México se moverá por andariveles propios determinados por su relación bilateral con EE.UU., y Venezuela es la incógnita; allí, lo peor aun está por venir y el tipo de salida cada vez es más incierta.

Finalmente, un conjunto de países sin dificultades extremas pero con desafíos importantes. En nuestro caso, aunque suene reiterativo, el déficit fiscal elevado que se está convirtiendo en estructural, es una estrategia arriesgada pues se financia mayoritariamente con endeudamiento. Apostar a que las tasas de crecimiento se robustecerán en el futuro para resolver el problema, también es arriesgado por el marco externo que se proyecta. Lo que acontece en nuestro alrededor es un anticipo de lo que puede suceder si no se actúa en consecuencia. Sin duda, cómo resolverlo será uno de los temas de los tiempos electorales que se avecinan.

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