OPINIÓN

Lo que nos muestra el vecindario: diferentes estilos de gobierno

El estilo Macri, evitando enfrentar los problemas, y el estilo Bolsonaro, políticamente incorrecto y por ahora auspicioso; son los ejemplos que nos muestra la región.

Vecindario

Entramos en el año de las elecciones y en un año ya estará por asumir un nuevo gobierno. La agenda de temas que ese gobierno debería encarar es frondosa, por tres órdenes de razones. Primero, porque se ha venido postergando enfrentar temas muy importantes o se lo ha hecho de mala manera, como en los casos de la enseñanza pública, de la gobernanza de las empresas públicas y de la inserción internacional.

Segundo, porque el sesgo ideológico del gobierno le ha llevado a excluir de la agenda determinados temas como la reforma laboral y la reforma de la gestión pública, habiéndose resignado a actuar en nombre de una endogeneidad del gasto que no siempre es tal. Tercero, porque en otros frentes las cosas se han venido complicando, como en el caso de la seguridad social (tras los dos goles en contra provocados por las leyes de flexibilización y de cincuentones), el de la infraestructura vial, ferroviaria y portuaria y la macro, con una seguidilla de varios años con déficit por encima de toda lógica y con el consiguiente aumento de la deuda como proporción del PIB.

Podrá haber un poco más o un poco menos de tiempo para encarar todo lo anterior, en función de cómo se desarrollen las cosas en el exterior: la economía global, las elecciones argentinas y los logros que pueda ir cosechando el nuevo gobierno brasileño. Pero me parece que es inevitable que se deban acometer las reformas y los ajustes pendientes dentro del próximo período de gobierno.

Ante esa perspectiva, resulta clave el estilo de gobierno y de liderazgo que se tenga. Y, recientemente, hemos visto dos estilos bien diferentes en nuestros vecinos, si bien uno de ellos ya lleva tres años y pico y el otro poco más de un mes. Pero más allá de esto, la diferencia de estilos es abismal. Por un lado, el “estilo Macri”, evitando enfrentar los problemas, haciendo tiempo, con un diseño gubernamental que coadyuva a la división del poder. Por otro lado, el “estilo Bolsonaro”, políticamente incorrecto, que llama a las cosas por su nombre. Es evidente que es demasiado temprano para dar por firme este estilo (la exigua minoría parlamentaria propia del presidente puede ser un obstáculo a sus propósitos), pero lo cierto es que lo poco que se ha visto hasta ahora resulta auspicioso. Y que conste que me refiero al estilo de liderazgo, de mando y de encare de la agenda.

Los pésimos resultados del estilo Macri (“confiar en que el tiempo por sí mismo resolverá todos nuestros problemas”) deberían ser bastantes como para que nuestro próximo presidente evite seguir sus pasos. En cambio, debería buscar las mayorías parlamentarias que le permitan, muy rápidamente, avanzar en la agenda de reformas y ajustes. Y estar dispuesto a asumir los costos políticos de ello, incluso si eso le significara terminar su carrera política al cabo de ese lustro, en vez de pretender perpetuarse en la vida política y aspirar a volver como es lo habitual. Los tiempos que vienen no son aptos para pusilánimes.

Creo que desde ya se puede ir construyendo ese futuro a partir de algunas actitudes que serían deseables en los candidatos y sus entornos.

Primero, no se debe engañar al electorado prometiendo un futuro venturoso y sin complicaciones. El futuro será venturoso (y no en lo inmediato, por cierto) sólo si antes se pasa por numerosas complicaciones, como lo será cada intento de reformar y ajustar la realidad presente. El próximo período de gobierno, será, ojalá, un período de siembra, pero si así lo fuera no sería fácil que también resultara ser de cosecha en la mayoría de los temas de la agenda. Y hacer reformas y ajustes implica afectar beneficios y pagar costos políticos.

Todos deberían aprender del fiasco que resultó la promesa de “no subir impuestos” realizada por el tándem Vázquez-Astori antes de las últimas elecciones. Además, el próximo gobierno, en el cual el partido ganador será minoritario, deberá tener autoridad moral para pedir el apoyo de sus socios para la aprobación de reformas y ajustes que, si ahora niega o evita mencionar, le será más difícil obtener. Por ejemplo, destacados economistas no vinculados a la campaña electoral advierten sobre la necesidad de realizar un ajuste fiscal, pero los candidatos lo niegan.

Segundo, sería deseable que todos comenzaran a reconocer los logros de los adversarios, que todos los tienen. Lo hizo recientemente el intendente Daniel Martínez en La Nación, sobre la reforma portuaria del presidente Lacalle Herrera.

En particular, desde los partidos fundacionales, sería bueno que dejen de criticar al Frente Amplio por haber hecho cosas en línea con lo que aquellos hicieron antes, y en contra del discurso previo del Frente. En definitiva, deberían verse como una suerte de “campeones morales” ante una situación como esa. ¿Acaso hubieran preferido que el FA cumpliera con lo que prometía en los ‘90 y hasta antes de ganar?

Tercero, sería conveniente que todos evitaran hablar de “ellos y nosotros”, o de “buenos y malos” y otros adjetivos aún más contundentes. Ya asoman barras bravas desde ambas posiciones en las redes sociales, que saltan agresivamente ante cada consideración que no les cae bien, ya sea por razones que pueden ser entendibles, ya sea por mala fe o por problemas de comprensión lectora, que abundan en esos ámbitos.

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