OPINIÓN

El monstruoso desenlace del conservadurismo

Las elecciones intermedias fueron, en gran medida, un referendo para la Ley de Atención Médica Asequible; la atención médica, no Donald Trump, dominó la campaña demócrata.

Donald Trump Foto: Reuters
Donald Trump Foto: Reuters

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Fueron los electores quienes pronunciaron un veredicto claro: quieren que continúen los logros de Obamacare, la forma en que expandió la cobertura a casi veinte millones de personas que de otro modo no habrían estado aseguradas.

Sin embargo, la pasada semana Reed O’Connor, un juez que se denomina republicano conocido por usar el poder judicial “como arma”, declaró que la Ley de Atención Médica Asequible en su totalidad —la protección de enfermedades preexistentes, los subsidios para ayudar a las familias a costear la cobertura y la expansión médica— era inconstitucional. Los expertos jurídicos de derecha e izquierda menospreciaron su razonamiento y describieron su dictamen como “activismo político puro”. Probablemente ese dictamen no sea sustentado por tribunales superiores.

No obstante, no podemos tener plena seguridad de que este sabotaje se revertirá. El abuso de poder de O’Connor puede ser inusualmente descarnado, pero ese tipo de comportamiento se está volviendo cada vez más común. Y no solo se da en materia de la atención médica ni tampoco en los tribunales. Lo que Nancy Pelosi denominó el “monstruoso desenlace” de la agresión de los republicanos hacia los servicios médicos es apenas el primer atisbo de un ataque desde múltiples frentes, a medida que el Partido Republicano trata de anular la voluntad de los electores y socavar la democracia en general.

Aunque nos podamos congratular de la fortaleza de nuestras instituciones políticas, a fin de cuentas están compuestas de gente y cumplen su cometido siempre y cuando la gente en ellas respete su propósito deseado. El Estado de derecho depende no solo de lo que está consignado, sino también del comportamiento de aquellos que interpretan y hacen cumplir ese derecho.
Si estas personas no se ven a sí mismas primero como servidores de la ley y luego como partidistas, si no subordinan sus metas políticas a su deber de mantener el sistema, las leyes pierden propósito y solo importa el poder.
Lo que estamos viendo en Estados Unidos —que en realidad hemos estado viendo desde hace años, si bien buena parte de los medios noticiosos y la clase política dirigente se ha negado a reconocerlo— es la invasión de nuestras instituciones por parte de partidistas de derecha que son leales al partido, no a los principios. Esta invasión está corroyendo a la república y esa corrosión ya está muy avanzada.

Digo “de derecha” después de considerarlo bien. Existen malas personas en ambos partidos, así como las hay en todos los ámbitos de la vida. No obstante, los partidos son estructuralmente diferentes. El Partido Demócrata es una coalición flexible de grupos de interés, pero el Partido Republicano moderno está dominado por el “movimiento conservador”, una estructura monolítica que se mantiene unida gracias a los grandes capitales —a menudo desplegados furtivamente— y al cerrado ecosistema intelectual de Fox News y otros medios afiliados al partido. Así mismo, las personas que ascienden dentro de este movimiento son, en mucha mayor medida que las del otro bando, fieles a ese partido; se trata de partidarios políticos de los que se da por hecho que no se desviarán de las líneas definidas por dicho partido.

Los republicanos han venido llenando los tribunales de gente como esta desde hace décadas; George W. Bush nombró a O’Connor. Por ello su dictamen, sin importar qué tan malo sea el razonamiento jurídico, no fue ninguna sorpresa. La única pregunta fue si él era capaz de imaginarse eludiendo las consecuencias de tal farsa. Evidentemente así fue y puede que haya estado en lo correcto.

Pero como dije, esto no sucede solo en los tribunales. Incluso mientras Trump y sus secuaces hacen circular fantasías sobre sabotaje por parte del “Estado profundo”, la realidad es que hay un creciente número de puestos en las agencias gubernamentales que ocupan partidistas de derecha a quienes no les importan en absoluto las misiones de sus agencias, o se oponen de manera activa a ellas. La Agencia de Protección Ambiental ahora está a cargo de gente que no quiere proteger el medioambiente, el Departamento de Salud y Servicios Humanos está dirigido por personas que quieren negarles la atención médica a los estadounidenses.

En la política vemos también cómo los fieles al partido toman el control. ¿Recuerdan cuando se suponía que la función del Senado era “asesorar y dar consentimiento”? Bajo el control republicano se limita a dar consentimiento sin más ni más. Literalmente nada de lo que Trump haga, incluso la evidencia clara de corrupción y criminalidad, inducirá a los senadores de su partido a ejercer algún tipo de supervisión.

Entonces, ¿cómo responden las personas que piensan y se comportan de esta manera cuando el pueblo rechaza su agenda? Intentan usar su poder para anular el proceso democrático. Cuando los demócratas amenazan con ganar elecciones, manipulan el proceso electoral, como sucedió en Georgia. Cuando los demócratas ganan a pesar del fraude electoral, despojan de poder a los puestos que los demócratas ganaron, como hicieron en Wisconsin. Cuando las políticas demócratas prevalecen a pesar de todo, recurren a los tribunales llenos de fieles al partido para derogar las leyes con las justificaciones más endebles.

Como advirtió David Frum, autor de “Trumpocracy”, hace un año: “Si los conservadores se convencen de que no pueden ganar de manera democrática, no abandonarán el conservadurismo. Rechazarán la democracia”. Eso está ocurriendo en este preciso momento.

Así que Pelosi tenía razón sobre que el dictamen de Reed O’Connor era un síntoma de un “desenlace monstruoso”, pero el juego en cuestión no solo tiene que ver con perpetuar el ataque a los servicios médicos, sino con un ataque a la democracia en general. El actual estado del desenlace probablemente sea solo el comienzo; me temo que lo peor está por venir.

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