No solo un problema económico, también político

La monopolización de Estados Unidos

Uno de los más importantes detonantes de la revolución estadounidense fue una protesta contra un monopolio.

Monopolios Foto: Pixabay
Monopolios Foto: Pixabay

El relato popular del “Motín del té” de Boston se equivoca en una cosa. Los colonizadores no reaccionaban a un aumento a los impuestos, sino a la Ley del té de 1773, que le otorgó el monopolio del té en las colonias a la bien conectada Compañía Británica de las Indias Orientales. Los comerciantes con sede en el continente americano quedarían fuera del mercado.
Muchos colonizadores, que ya estaban molestos por la tributación sin representación y otras vejaciones, estaban enfurecidos. En respuesta, decenas de ellos atacaron tres barcos en el puerto de Boston la noche del 16 de diciembre de 1773, y arrojaron al mar baúles de té de las Indias Orientales: “la peor de las plagas, el detestable té”, como lo describía un panfleto.

Desde entonces, una fuerte vena de sentimiento antimonopolista ha corrido por nuestra política. Estados Unidos nació como “una nación de agricultores y emprendedores de pueblos pequeños”, como alguna vez escribió el historiador Richard Hofstadter, “antiautoritaria, igualitaria y competitiva”. La hostilidad hacia la grandeza corporativa motivó a Thomas Jefferson y Teddy Roosevelt, así como al movimiento laboral, al movimiento Granger, al movimiento progresista y muchos más.
Por supuesto, los monopolios y otros gigantes corporativos han respondido a estos ataques a su poderío, y algunas veces tuvieron éxito durante años o décadas. Esto sucedió en la era de Rockefeller y Morgan, y ha sucedido de nuevo en los últimos 40 años.
El gobierno federal, con presidentes de ambos partidos, ha cedido en gran medida al poder del monopolio. “El ‘anti’ de ‘antimonopolio’ se ha eliminado”, como el académico jurídico Tim Wu lo dice en su nuevo libro, “The Curse of Bigness”. Washington permite que la mayoría de las megafusiones prosperen ya sea directamente o con solo cambios complacientes mínimos. El gobierno tampoco ha hecho nada para evitar el surgimiento de las nuevas empresas de tecnología dominantes que imitan al antiguo monopolio de AT&T.

Esta docilidad ha hecho posible la consolidación de una industria tras otra. Aunque durante mucho tiempo, ha sido difícil definir qué tanto se han consolidado. Las estadísticas disponibles no son muy buenas, lo cual no es casualidad. En 1981 —más o menos en la época en la que el gobierno de Reagan estaba lanzando la nueva era moderna a favor del monopolio— la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos suspendió un programa que recababa datos sobre la concentración de la industria.
Por fortuna, los investigadores en el sector privado recientemente han comenzado a llenar los vacíos. El lunes, el Open Markets Institute —un grupo de expertos antimonopólico— dará a conocer la primera parte de un conjunto de datos que muestra la participación de mercado que tienen las empresas más grandes en cada industria. El tema principal de las gráficas: las grandes empresas son mucho más dominantes de lo que eran incluso hace quince años.
Una de las principales razones son las fusiones. Otra es el poder de los efectos de red; por el cual el crecimiento de Facebook, por ejemplo, hace que más gente quiera usarlo. Es cierto, unas cuantas industrias se han vuelto menos concentradas, pero son excepciones. En todo caso, la gráfica subestima la consolidación, porque aún no abarca la energía, las telecomunicaciones y otras áreas. Tampoco incluye a los monopolios locales, como los hospitales que son lo suficientemente dominantes como para hacer que aumenten los precios.
Los nuevos gigantes corporativos han sido muy benéficos para sus ejecutivos y accionistas más importantes, y perjudiciales para casi todos los demás. Tarde o temprano, las empresas tienden a aumentar los precios. Mantienen los salarios bajos, porque ¿a dónde más se irán los trabajadores? Usan sus recursos para influir en las políticas gubernamentales. Muchos de nuestros malestares económicos —como el estancamiento del ingreso y el declive del emprendimiento— se derivan en parte del gigantismo corporativo.
Entonces, ¿qué vamos a hacer al respecto? Es hora de otro movimiento político, uno que se inspire en los miembros del Motín del té en Boston, Jefferson, Roosevelt y los demás defensores de los más pequeños de la economía.
El inicio de este movimiento ya es visible. Los demócratas más importantes creen que el antimonopolismo puede ser un ganador político para su partido. Es una manera de abordar la ansiedad de los electores ante los altos precios de los medicamentos, la privacidad digital y más. “El control de las empresas sobre ciertos segmentos de la economía”, explica la senadora demócrata de Minnesota Amy Klobuchar, una probable candidata a la presidencia, “me parece que será algo mucho más grande para 2020”.
Klobuchar ha ofrecido un buen proyecto de ley que podría aumentar las normas legales para la aprobación de fusiones, pero evitar las próximas fusiones no será suficiente. Al final, el gobierno probablemente necesitará dividir a los gigantes existentes, como lo hizo con los antiguos AT&T y Standard Oil. Un candidato evidente es Facebook, que se ha tragado a Instagram, WhatsApp y a otras empresas.

Además, la amplitud corporativa no necesita ser un problema partidista. El senador de Utah, Mike Lee, se encuentra entre los republicanos que han manifestado preocupación al respecto. Después de todo, se supone que a los conservadores les importan los ideales que los monopolios socavan, como la competencia del mercado, la dinámica económica y la libertad individual. En última instancia, los monopolios no son solo un problema económico, también son uno político.
“Podríamos tener democracia o riqueza concentrada en las manos de unos cuantos”, dijo hace un siglo Louis Brandeis, el magistrado de la Corte Suprema y luchador antimonopólico, “pero no podemos tener ambas”.

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