¿El final de Europa?

Un momento crítico para la historia de Europa

EE.UU. y Europa, centros de mercado libre, gente libre e ideas libres se ven sacudidos por las insurgencias rurales y las que se ubican más allá de los suburbios, compuestas por hombres blancos trabajadores y clase media ansiosa, que no se beneficiaron de globalización, inmigración y tecnología.

Emmanuel Macron. Foto: AFP
Emmanuel Macron. Foto: AFP

Desde la Segunda Guerra Mundial, el orden mundial liberal que ha diseminado más libertad y prosperidad alrededor del mundo de la que ha habido en ninguna otra época en la historia se mantiene sobre dos pilares: los Estados Unidos de América y las Naciones Unidas de Europa, ahora conocida como la Nación Europea.

Ambos centros de mercado libre, gente libre e ideas libres se ven sacudidos el día de hoy por las insurgencias rurales y las que se ubican más allá de los suburbios, principalmente compuestas por hombres blancos trabajadores y la clase media ansiosa, que, en términos generales, no se han beneficiado de los aumentos repentinos en la globalización, la inmigración y la tecnología que han erigido ciudades superestrellas como Londres, París y San Francisco y sus poblaciones multiculturales.
Luego de ver la impresionante imagen de las tiendas parisinas cubiertas con tablones justo antes de Navidad para protegerse contra los disturbios a lo largo de la avenida de los Campos Elíseos por parte de algunos de los manifestantes de chalecos amarillos; tras el anuncio en Roma unos días antes, de que Italia, miembro fundador de la UE, podría posiblemente abandonar tanto la UE como el euro un día bajo su nueva y extraña coalición gubernamental entre la extrema derecha y la extrema izquierda; después de ver al Reino Unido paralizarse ante la indecisión sobre cómo cometer suicidio económico tras dejar la UE y después de ver al presidente Trump, de hecho, vitorear el rompimiento de la UE en lugar de su buena salud, me pareció evidente que estábamos en un momento crítico de la historia.

El reto fundamental para Estados Unidos y la Unión Europea es el mismo: estas aceleraciones rápidas en la tecnología y la globalización han traído consigo muchos más inmigrantes a rincones mucho más remotos de sus sociedades —en la actualidad, la vivienda de asistencia pública en París está dominada por inmigrantes— al mismo tiempo que muchas costumbres sociales congeladas desde hace mucho tiempo han cambiado, como la aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo y los derechos de las personas transgénero, mientras que el trabajo promedio ya no reditúa un salario que pueda mantener un estilo de vida de clase media.
Las clases medias que impulsaron el crecimiento de Estados Unidos y la UE en el siglo XX se construyeron con base en algo llamado “trabajo de especialización media con un salario elevado”. Sin embargo, la robótica, la inteligencia artificial y la subcontratación, al igual que las importaciones chinas, han eliminado buena parte de la rutina de los trabajos de especialización media tanto entre obreros como administrativos.
Ahora, existen los trabajos altamente especializados con salarios elevados y los empleos poco especializados con bajos salarios. No obstante, los empleos de especialización media y salarios elevados están desapareciendo, dejando a un grupo considerable de gente con ingresos estancados y resentimientos abrasadores en contra de los urbanitas globalizados que piensan que los hacen menos y han dominado las habilidades de la no rutina que se requieren para tener un empleo con un salario elevado en la actualidad.
Cuando se ponen en entredicho al mismo tiempo todas estas cosas que anclan a la gente —su sentido del hogar, su seguridad laboral, sus posibilidades de crecimiento y las normas sociales que, para bien o para mal, definieron sus vidas— y luego todo se amplifica con las redes sociales, se pueden obtener reacciones negativas realmente feroces, como las que el presidente de Francia, Emmanuel Macron, vio en todo su país.
El 24 de noviembre, The Guardian publicó una esclarecedora colección de opiniones de los manifestantes de “chalecos amarillos” en París que narraron sus historias. Entre ellos estaba Florence, de 55 años, quien trabajaba para una empresa de transporte aéreo en las afueras de París y opina de Macron que: “cuando él aparece en televisión tenemos la impresión de que se siente incómodo con la gente normal, que nos desprecia hasta cierto punto”.
Estaba Bruno Binelli, de 66 años, un carpintero jubilado de Lyon, que reaccionó al aumento de impuestos sobre el diesel que impulsó Macron para combatir el cambio climático, mismo que hizo que el costo de los combustibles golpeara particularmente fuerte a la gente en provincia que solo depende de los automóviles para transportarse: “Tengo una pequeña camioneta de diesel y no tengo dinero para comprarme una nueva, en especial ahora que estoy a punto de jubilarme. Los que vivimos en provincia sentimos que nos han olvidado”.
También estaba Marie Lemoine, de 62 años, maestra de Provins, quien dijo que no era “ni de derecha ni de izquierda”, y explicó: “Estoy aquí por mis hijos y nietos y todos los que se quedan llorando el día 15 del mes porque se quedaron sin un centavo... Macron es nuestro Luis XVI, y ya sabemos que le pasó. Acabó en la guillotina”.
Será necesario un liderazgo extraordinario por parte de Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea para idear una estrategia y enfrentar estos agravios.
Hay que equilibrar la necesidad de crecimiento económico y la redistribución, la necesidad de cuidar de aquellos que se han quedado rezagados sin agobiar a las futuras generaciones, la necesidad de fronteras que fluyan libres para atraer nuevo talento e ideas y la necesidad de evitar que la gente se sienta como una extraña en su propia casa.
Sin embargo, ese liderazgo no está presente. Entiendo por qué una pequeña mayoría de ciudadanos del Reino Unido votó por el Brexit, tal como se los vendieron; les dijeron que detendría todas las cosas que no les gustaban —como la llegada masiva de 2,2 millones de trabajadores que no son de la UE— y que conservaría todo aquello que les gustaba— principalmente el acceso libre al mercado de la UE— y que no tendrían que renunciar a nada, pero todo fue mentira.

Y ahora ver a los corruptos del Partido Conservador que promovieron esa mentira, encabezados por Boris Johnson, continuar exigiendo que su primera ministra haga realidad ese Brexit de fantasía frente a una realidad que es imposible —y frente a lo mala que incluso será la segunda opción— equivale a contemplar a un país que alguna vez fue sano escribir una nota de suicidio en un momento de irracionalidad y luego argumentar sin parar cómo llevarlo a cabo: la muerte por ahorcamiento, envenenamiento o un disparo en la sien. Tienen que reconsiderar; desconectarse en un mundo conectado es una locura.
Macron, en cambio, se atrevió a hacer lo correcto para desbloquear el crecimiento en Francia, en el momento correcto, “pero no entendió la diferencia entre estar bien y hacerlo bien”, me dijo Ludovic Subran, un economista francés. Además, no entendió cómo sus políticas afectaban de manera distinta “a los que bebían cerveza y a los que bebían vino”.
Macron estableció una presidencia totalmente imperial, construida en torno a un pequeño equipo: “Son como una unidad de comando”, me comentó el escritor de Le Monde Alain Frachon.
Macron logró aprobar cuatro enmiendas estructurales fundamentales que impulsaron el crecimiento: las reformas fiscales a favor de la inversión, las pensiones reducidas del inflado sindicato de ferrocarrileros, normas laborales más laxas para que fuera más sencillo contratar y despedir trabajadores y enormes y nuevas inversiones públicas en el desarrollo de capacidades y la educación de los menos favorecidos.
No obstante, dado que el partido de Macron no existió sino hasta que contendió a la presidencia, no tenía alcaldes para generar una conexión local con la gente y sentir su pulso. Así que Macron se quedó pasmado cuando su enfoque vertical que ignora al pueblo produjo una viciosa respuesta negativa, después de que recortó los impuestos a los ricos y las corporaciones y buscó compensarlo en parte con impuestos sobre el diesel y las pensiones, sin exentar a las clases trabajadoras rurales, que no cuentan con transporte público masivo y necesitan ir en auto a todos lados. Estas clases trabajadoras rurales, sintiéndose humilladas, se pusieron sus chalecos amarillos y condujeron hasta el corazón de París y otras ciudades y gritaron: “¿Ahora sí nos escuchan?”.
Macron “pensó que estaba gobernando Singapur, no Francia, un país revolucionario”, agregó Frachon. “Cometió todos los errores políticos. No se le pasó ni uno”.
Para salvar su presidencia, un conmocionado Macron reventó el presupuesto y canceló el aumento al impuesto sobre los combustibles, elevó el salario mínimo a 100 euros (114 dólares) mensuales y desechó un impuesto planeado sobre las pensiones inferior a 2000 euros (2272 dólares) mensuales. No obstante, los “chalecos amarillos” no tienen un líder, nadie sabe qué sucederá después.
“Hoy Francia tiene un líder sin seguidores y una oposición sin un líder”, comentó Michael Mandelbaum, experto en política exterior estadounidense.
La razón por la que eso importa es que Francia y Alemania siempre fueron los dos adultos cuya sociedad y cumplimiento de los presupuestos y las normas de la UE eran el cemento que mantenía unido ese pilar.
Aunque ahora les diré lo realmente escalofriante. No creo que haya soluciones nacionales a este problema —el recorte o el aumento de impuestos— en la forma en la que se hacía en el pasado. Me parece que los países que prosperarán en esta era son los que tienen las ciudades más ágiles, con los líderes locales más astutos, que construyen coaliciones adaptativas de empresarios, educadores, emprendedores sociales, que pueden competir local, regional, nacional y mundialmente.
En este mundo, los países altamente centralizados pagarán un precio mucho más alto que los descentralizados. Este es el verdadero cambio que Francia tiene que hacer, y, de no poder hacerlo, deberá tener cuidado con los pilares que se caen. Francia importa.

Dominique Moïsi, uno de los principales analistas de política exterior de Francia, me lo explicó de esta forma: en una época en la que Estados Unidos, que siempre fue la póliza de seguro de vida de la Unión Europea contra las amenazas predatorias del Oriente y fue el defensor mundial de la democracia, comienza a retirarse del mundo; cuando Rusia regresa con una actitud vengativa hacia la política mundial; cuando Alemania mira hacia dentro e Italia se rebela contra los límites de gasto de la UE y se acerca a la despótica Rusia; cuando tantos caminos ahora llevan a Pekín y cuando el Reino Unido está empecinado en el suicidio: “de repente lo que ocurre en Francia trasciende este país. Somos la última barrera que protege la idea europea. Si Macron fracasa, eso podría significar el fin de Europa”.
(*) Thomas L. Friedman

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