PAULO LEVY

Mejor, pero aún incierto

La economía brasileña dejó atrás la recesión. El crecimiento del tercer trimestre, del 1,4% frente a igual período de 2016, representa una aceleración con respecto a los dos trimestres anteriores (variación de 0 y 0,4% respectivamente).

Reales. Foto: Reuters
Foto: Reuters

Tanto la industria como los servicios tuvieron un desempeño positivo, indicando una mayor diseminación de la recuperación. El sector agrícola, el principal factor de estímulo en la reanudación de la actividad económica a principios de año, se desaceleró, pero mantiene una tasa de crecimiento elevada (9,1%) frente a 2016.

Por el lado de la demanda, el consumo volvió a mostrar dinamismo, creciendo 2,2% frente al tercer trimestre de 2016 y el 4,8% en la comparación trimestral desestacionalizada y anualizada. Fue el segundo trimestre consecutivo creciendo a esa tasa. Los motivos de esta reacción se encuentran en la recuperación del mercado de trabajo, la reanudación —aunque tímida— de la oferta de crédito a las familias, y el aumento de la confianza. En el mercado de trabajo, la tasa de desempleo cayó del 13,7% en el primer trimestre al 12,2% en el trimestre finalizado en octubre y el nivel de empleo, que a principios del año era 2% inferior a un año antes, ahora crece 1,8%. Los salarios reales crecían en octubre 2,7% en relación a octubre de 2016.

La recesión generó un fuerte proceso de reducción de endeudamiento. Entre diciembre de 2015 y octubre último, el stock de crédito en la economía se redujo del 53,7% al 46,9% del PIB. Toda la caída se explica por la reducción del crédito para las empresas. El crédito a las familias, como proporción del PIB, solo ha dejado de crecer en ese período, pero en los últimos meses ha vuelto a dar señales de expansión. El endeudamiento de las familias como proporción de sus ingresos cayó de 46 a 41,4%, y el compromiso de la renta familiar con el servicio de esa deuda se redujo del 22,8% al 20,5%.

Una buena parte del crecimiento de los salarios reales deriva de la fuerte caída de la inflación, que debe cerrar 2017 por debajo del 3%, después de haber superado el 10% en 2015. Además de la fuerte recesión, la caída de los precios de los alimentos también fue un factor importante de la reducción de la inflación, acumulando una baja de 5,1% en 12 meses hasta octubre. Dado el peso elevado que los gastos de alimentación tienen en la cesta de consumo de las familias de renta más baja, se abre espacio para la ampliación del consumo de otros ítems. Con la caída de la inflación corriente y las expectativas para el futuro ancladas un poco por debajo de la meta, el Banco Central redujo significativamente la tasa básica de interés, que alcanzó el 7% al año a principios de diciembre —menor nivel histórico— y la perspectiva indicada adelanta una nueva reducción a principios de 2018.

Ante este cuadro positivo, no sorprende que la inversión también haya comenzado a reaccionar. En el tercer trimestre, creció 1,6% con respecto al trimestre anterior, aunque sigue siendo un 0,5% inferior a igual período de 2016. El aumento en el margen es el primero después de casi cuatro años de variaciones negativas, que llevaron la inversión a un nivel 28% menor que a finales de 2013. También hay un componente importante de aumento de la confianza empresarial en la actual coyuntura, que contribuyó a estimular las inversiones. Sin embargo, aunque el indicador que mide la confianza empresarial muestra gran crecimiento en los 2 últimos años, todavía no es lo suficientemente fuerte como para llevarlo al nivel que permite caracterizar una situación de optimismo. Además, la reacción de la inversión privada tiende a ser lenta, dado el alto grado de capacidad ociosa. La aceleración del tercer trimestre está concentrada en la adquisición de máquinas y equipamientos, posiblemente para reposición y/o modernización, incluyendo la reanudación de las ventas de camiones y autobuses, que se habían desplomado tras la explosión de subsidios en 201072013.

La construcción civil, por otro lado, apenas esboza una reacción: se mantuvo estable en el tercer trimestre, pero aún caía 4,7% frente al tercer trimestre de 2016. La construcción residencial todavía intenta "digerir" el stock heredado del período de boom; mientras que en la construcción pesada, las obras de infraestructura —a pesar de los avances, como las subastas para explotación de petróleo y de concesiones de centrales hidroeléctricas, aeropuertos, etc.— todavía aguardan señales más claras en cuanto al marco regulatorio y al propio marco político y económico (para no hablar de que casi todas las grandes contratistas del país se encuentran impedidas de participar en licitaciones públicas, viéndose además forzadas a tener que deshacerse de sus principales activos para pagar las multas que les son impuestas por la implicación en la operación Lava-Jato).

En cierta forma, esto resume las perspectivas de la economía brasileña: la recuperación de la actividad debe proseguir y ganar ritmo; la expansión de la ocupación, muy concentrada en la informalidad, debe pasar a incluir más empleo formal (especialmente después de la reciente reforma); el consumo continuará siendo la principal fuente de dinamismo e incluso la inversión tiende a crecer a una tasa superior a la del PIB el próximo año. Pero, las incertidumbres de naturaleza política, como la renuencia del actual Congreso en aprobar la reforma previsional —sin la cual la ley que limita el crecimiento del gasto público, fuente importante del aumento de la confianza antes mencionado, se convierte en letra muerta— y la polarización ideológica, aliada al amplio rechazo de la clase política por los electores que abre espacio para candidatos populistas, son factores que limitan el horizonte y el propio ritmo de crecimiento. La aprobación de la reforma de la Seguridad Social sería un indicador para un ciclo virtuoso; su aplazamiento, un freno a una recuperación más vigorosa.

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