Análisis

El mandato electoral a Bolsonaro y el pacto social

El gobierno de Bolsonaro interrumpe el ciclo de seis elecciones consecutivas –dos con el PSDB y cuatro con el PT- ganadas por partidos que defienden un proyecto socialdemócrata. En ese sentido, la transición es natural y sana.

Se respaldó en una consulta de 2005 que rechazó prohibir la venta de armas. Foto: Reuters
Jair Bolsonaro. Foto: Reuters

Sin embargo, es importante que el grupo político victorioso entienda la responsabilidad que le delegaron las urnas. No parece haber por parte del electorado un deseo de profunda reducción del gasto social.

El inicio del proceso social que condujo al triunfo de la derecha tal vez estuvo en las manifestaciones de mayo y junio de 2013. El movimiento expresaba la incomodidad de la población con los límites del contrato social de la redemocratización.

En 2006, Alejandro Toledo, entonces presidente de Perú, país que en la época presentaba fuerte crecimiento, no logró que su fuerza política siguiera en el poder. Por otro lado, Lula, chamuscado por el mensalão y con un desempeño de crecimiento mucho menor que Toledo, fue reelegido.

En ese momento, quedó claro que el proceso de elección en América Latina y en Brasil, en especial, privilegiaba a gobiernos que enfrentaran el tema de la equidad. El elector mediano, relativamente pobre, demandaba políticas de transferencia y la construcción de un Estado de bienestar social.

La política de valorización del salario mínimo real es el mejor ejemplo de políticas públicas en esa dirección, aprobadas por el elector mediano.
El fuerte crecimiento del gasto público y, con él, de la carga tributaria, generó en Brasil un equilibrio con cambio apreciado, intereses elevados y bajo crecimiento. Y llevó además a una deficiencia del sector público de ofrecer bienes de consumo colectivo. Particularmente, infraestructura urbana de transporte y saneamiento básico.

Es natural en sociedades democráticas el patrón de elección social descrito arriba. Si las preferencias de los ricos son muy diferentes a las de los pobres y debido a la enorme desigualdad, la renta mediana es mucho menor que la renta media, el patrón de elección social que acompaña al elector mediano será cercano a la preferencia de los ciudadanos más pobres.

Es decir, el equilibrio macroeconómico que prevaleció en los últimos 25 años es natural en sociedades democráticas y desiguales. Sin embargo, desde la Constitución de 1988, otro patrón de elección social también actuó. El sistema político brasileño, por algún motivo aún no esclarecido por la ciencia política, presenta una enorme vulnerabilidad a la actuación de los grupos de presión, tanto de los funcionarios públicos como de las empresas del sector privado.

Es decir, cuando miramos por dentro el presupuesto público, es necesario distinguir rubros que presionan el gasto público en función de un elector mediano relativamente pobre -programa Bolsa Familia o política de valorización del salario mínimo- medidas que son tomadas por el Congreso
Nacional en función de la presión de los grupos organizados, por ejemplo, los numerosos regímenes tributarios especiales, las diversas enfermedades que permiten que su portador no tenga que declarar IRPF, las jubilaciones de los funcionarios públicos, etc.

A lo largo del gobierno petista, conforme fue creciendo la fuerza de los economistas heterodoxos en el gobierno -profesionales muy sensibles a las demandas de la industria-, la baja inmunidad de nuestro sistema político a la lógica de la acción de los grupos de presión solamente aumentó. Pasaban a tener aliados en la Explanada de los Ministerios. La acción de los grupos de presión se institucionalizó en el seno de la nueva matriz económica (NME).

Si es verdad que sólo la operación del elector mediano en una sociedad democrática ya probaba los límites fiscales del Estado brasileño, no quedaba mucho espacio fiscal para ambos, electores medianos y grupos de presión ahora institucionalizados por la NME.

Es verdad que el gobierno fue ingenioso. En función del bajo espacio fiscal, volvió operativo el intervencionismo de la NME por medio de políticas parafiscales que en general no impactan directamente en el presupuesto.

El nuevo gobierno tendrá que resolver el problema del frente fiscal. Por ejemplo, tendrá que aprobar una reforma de la Seguridad Social. Hay ajustes que el elector mediano tendrá que comprender -en función de la mayor expectativa de vida, que es necesario introducir la edad mínima para solicitar el beneficio a los 55-60 años.

Pero hay ajustes para cuya aprobación el Congreso tendrá que mostrarse más fuerte que los grupos de presión. Las condiciones muy privilegiadas de jubilaciones de los funcionarios públicos tendrán que ser re-pactadas.

Es decir, si es verdad que Bolsonaro fue elegido debido a una señal genérica de reducción del Estado, que incluye la privatización de empresas estatales, y que hay un mandato muy claro de combate a los privilegios -todas las campañas tocaron en este punto-, no está claro que se le haya delegado un mandato para una fuerte reducción del Estado de bienestar social.

Buena parte del éxito del gobierno que se inicia dependerá de la capacidad de conseguir separar la cizaña del trigo. Es decir, eliminar y reducir los privilegios de los grupos de presión, bandera para la cual la sociedad se revela madura y capaz de influir en los legisladores, al mismo tiempo que avanza con mucho más cuidado en el terreno de las ganancias sociales en procura de la equidad.

A pesar del discurso del nuevo ministro de Economía, Paulo Guedes, de que la victoria de Bolsonaro pone fin a 30 años de hegemonía de la socialdemocracia en Brasil, no está claro que el nuevo presidente haya las elecciones de 2018 con el mandato de sacrificar la equidad en nombre de la eficiencia. Incluso porque los temas básicos de su campaña giraron en torno a seguridad y valores morales, y no de la cuestión distributiva.

Le deseamos mucho éxito al nuevo gobierno desde esta columna.

Consideramos recomendable que el alto capital político del nuevo presidente al comienzo de su mandato sea gastado en frentes de batalla para los que conseguirá galvanizar el apoyo de la sociedad, fundamental para que el Congreso apoye las medidas que vendrán. En un momento como éste, es más importante que nunca que el gobierno Bolsonaro entienda y respete las características del mandato popular que acaba de conquistar.

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