ENTREVISTA

Llegar a 2019 con una hoja de ruta acordada entre partidos

Los técnicos nos hemos puesto de acuerdo en siete u ocho puntos básicos; han fallado los políticos.

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Renato Opertti, especialista en educación. Foto: El País

El especialista en educación Renato Opertti confía en que existe una "formidable oportunidad" de comprometer al sistema político para cambiar la estructura de la educación de cada a las futuras elecciones, la "única salida" que tenemos para superar el actual estado de cosas. Dice que discutimos sobre lo accesorio, que las fallas están detectadas hace años, y que los cambios de ADN anunciados, "no existen". A continuación un resumen de la entrevista.

—Todas aquellas iniciativas que se plantearon con gente de todos los partidos al comienzo de este gobierno. ¿En qué quedaron?, ¿cuál es el balance?

—El punto a mencionar es constatar la dificultad de acordar sustantivamente sobre la educación. Lo central es que en las últimas décadas hemos recorrido un camino de búsqueda de acuerdos educativos, que estuvo basado en definir una serie de condiciones, insumos, infraestructuras, equipamientos, mejoras de trabajo, pero no llegó al cerno del tema, que es preguntarse ¿qué tipo de educación queremos, para qué tipo de ciudadanía, sociedad y comunidad, y para qué tipo de personas?

La reticencia que ha tenido, en general, el sistema político, pero también el sistema educativo para discutir estas preguntas, creo que nos ha llevado a un callejón sin salida: discutimos sobre lo accesorio de la educación y no sobre lo sustantivo.

—¿Porqué los partidos políticos no se ponen de acuerdo?

—La falta de acuerdo político está reflejando por un lado cierta falta de capacidad de congeniar y articular de diferentes actores, pero también esta denotando que quizás, cuando uno se enfrenta a un proceso de cambio, debe tener una visión sostenible, robusta, potente, sobre lo que quiere. Claro que esa visión no va a ser homogénea, no va a ser una fuente de consenso, pero puede ser importante pactar el disenso. Pero para ello se tiene que tener una visión, que es lo que sigue faltando y la discusión trascurre por caminos accesorios, con enfrentamientos enconados y conflictivos, como los de 2015, cuando uno no veía en el fondo que se estuviera discutiendo realmente de educación. Hay que retomar la discusión educativa desde una visión que permita articular diversidad de actores e instituciones, en torno al para qué, qué, cómo, dónde y cuándo educar.

—Nunca pareció que se estuviera tan cerca de un acuerdo como en la campaña de 2014…

—Previo al 2015, hubo de parte de técnicos de diferentes partidos políticos, instancias promovidas por organizaciones partidarias, por fundaciones, las cámaras empresariales, donde hubo siete u ocho puntos de acuerdo básico. Llegamos con esas coincidencias, deseando que se plasmaran en un plan educativo para 10 o 15 años. Pero lo que falló nuevamente fue la política. No fueron los técnicos, nosotros estuvimos de acuerdo, pero después no hubo una posibilidad política, constructiva y propositiva para lograr eso. El problema está en la falta de articulación y de estrategia política para llevar los cambios.

Por ejemplo: se habló antes de la campaña electoral de la necesidad de proponer una educación básica ampliada, de 3 a 15 años. Eso implicaba no solamente un documento que expresara esa idea, sino un conjunto de decisiones y procesos para efectivizarla. Faltó cierto grado de flexibilidad política para lograr ese acuerdo básico.

—La discusión se trancó en los titulares, sin llegar a discutir nunca el cómo…

—Porque otra cosa que ha quedado clara acá es que cuando los cambios educativos se hacen por partes, proyectos o intervenciones puntuales, no generan cambios estructurales. Cambiar la educación implica repensar el sistema. Hasta ahora ha sido la suma de ofertas: primaria, secundaria, técnica. Pero no hay una articulación de esas ofertas en torno a principios comunes de aprender y enseñar. Uno puede tener una plataforma digital potente, como el Plan Ceibal, pero si no la potencia educativamente, no va a tener efecto en el resultado. Los sistemas educativos no son sumas de plataformas y de ofertas, son estrategias, arreglos, para lograr que cada niño tenga una oportunidad real de aprender.

—Ha faltado una visión del sistema educativo como facilitador de oportunidades de aprendizaje y no como proveedor de servicios…

—Así es. En la educación formal, la informal, en el sector público, en el privado, en la sociedad civil, una diversidad de prestadores. La educación no debe ser Estado-céntrica, lo cual no significa que el Estado no deba tener un rol fundamental de garante, que no es lo mismo.

La cuestión es entender que esa simbiosis entre una nueva visión educativa y un sistema educativo articulado para dar respuestas, no es introducir un cambio concreto. La disyuntiva es mantenerse en lo mismo, con resultados que no van a cambiar en lo fundamental, o nos animamos a generar una base de acuerdo político, para repensar la educación desde su estructura.

—¿Qué se cambió durante este período de gobierno?

—No me da la impresión que existan claros indicios de un acuerdo educativo en torno a lo que se discutió en 2014. No quiere decir que no haya algunas ideas, por ejemplo el Codicen acaba de elaborar un documento sobre el marco curricular que es un buen avance, algunas cosas que se han hecho en cambios de programas en formación docente, lo que se sigue haciendo en plataforma digital con el Plan Ceibal, entre otros. Hay iniciativas que se han llevado a cabo que pueden indicar que van en la dirección de un cambio. Sin embargo son aisladas. Pero desde una propuesta de cambio transformacional, de conjunto, como se dijo que en su momento iba a ser el ADN, eso no existe.

—¿Qué lectura hace de los resultados de las pruebas PISA?

—Muestran algunas cosas importantes. Nos dicen otra vez que la idea de hacer cambios parciales no está dando resultados. Después de doce años, no hay mejoras sustantivas. Pero más allá de eso, lo que muestra esta herramienta es que los grandes trazados de los aprendizajes, en las cuestiones básicas que son matemáticas, ciencias y lengua, Uruguay no ha progresado entre 2003 y 2015. Ahora no se trata de culparse unos a otros, sino preguntarse por qué no lo hicimos. Y la respuesta es que no hemos propuesto un cambio educativo profundo que nos permita mejorar en esas cuestiones básicas, y el problema no está solo en los promedios. Hay que fijarse en los extremos. Hay un conjunto grande de estudiantes que no tiene el nivel mínimo de suficiencia, más del 40%. Y tenemos un nivel de alumnos que se destaca que es marginal, ínfimo. Y atención, las pruebas se realizan a los quince años, no se está tomando a todos aquellos que a esa edad la máquina de expulsión ya dejó fuera del sistema.

—Discutir sobre el resultado de las pruebas por los puntajes, parece un acto fallido…

—Si estamos un poco más arriba o más abajo es una discusión fallida. Me preocupan más las conclusiones, como que la manera de enseñar, de aprender y de evaluar son muy distintas a las que se aplican en otros países con buenos sistemas educativos. En vez de nosotros darle al alumno un conjunto de desafíos para que busque respuestas, le hacemos reproducir conocimientos e información. No podemos enseñar ciencia reproduciendo contenidos, en lugar de buscar responder preguntas. Ahí hay dos modelos, el tradicional que solo trasmite conocimientos, o el modelo educativo que está basado en que el estudiante responda problemas vinculados con temas de la vida diaria, el cambio climático, al medioambiente, al estilo de vida individual y colectivo, etc.

El problema es curricular, es pedagógico, pero también es institucional, referido al modelo de gobernanza. Creo que se ha avanzado mucho en demostrar que este no es el camino, pero de ahí que el sistema político asuma el desafío del cambio, falta.

—Un nuevo período de propuestas electorales en poco tiempo dará otra chance de insertar esta discusión…

—Vamos a tener una prueba de fuego en los próximos tres años. Ojalá que en ese momento digamos que estamos llegando a las elecciones de 2019 con una hoja de ruta educativa que los partidos políticos se comprometieron a poner en marcha una vez se conozca el resultado electoral, e independientemente de quién gane. Ahí está la clave. Si el país no logra eso, vamos a seguir con una sociedad de estas características: segmentada, con enormes brechas, porque no nos podemos poner de acuerdo. Pero digámoslo a la ciudadanía.

EDUY21 busca el compromiso para los grandes cambios en el sistema

—Usted es uno de los promotores de Iniciativa Ciudadana por el Cambio Educativo EDUY21. ¿Cuál es el propósito?

—Eduy21 tiene un objetivo fundamental; armar, discutir, validar una hoja de ruta para un cambio educativo de largo aliento, sustentable, profundo, que el gobierno que asuma en 2020, cualquiera sea su color político, lo implemente. Estamos dialogando con el sistema político, hay buena receptividad porque ven una ventana de oportunidad. Hemos creado una comisión directiva con gente de muy diversos perfiles, credos, profesiones y afiliaciones. Puede haber diferencias entre nosotros, pero todos estamos de acuerdo en que si no encaramos el tema educativo, el país no tiene futuro. También tenemos un comité académico que representa todas las corrientes, es nuestra usina de ideas para armar esa hoja de ruta. Pretendemos no solamente plantear metas, sino decir cuánto cuesta, cómo se va a realizar, qué cambios implica, que nuevos reglamentos hay que hacer. Sería formidable que Uruguay llegara a un nuevo gobierno con una propuesta de este tipo acordada.

—¿Y los sindicatos?

—No tenemos color político, pero si una finalidad política, queremos que se haga el cambio educativo. Entonces vamos a convocarlos a todos, en un espacio de diálogo y también de desavenencias, pero es necesario hacerlo para que el país tenga una chance. Los sindicatos tienen razón cuando dicen que nunca se les presentó una propuesta educativa.

Renato Opertti

Sociólogo y magíster en investigación educativa. Es Coordinador del Programa de Fortalecimiento de Capacidades Curriculares y de Diálogo Político de la Oficina Internacional de Educación (OIE) de Unesco, en Ginebra, Suiza.

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