Opinión

Los límites de la tecnocracia

En tiempos en que varios países están presididos por populistas es tentador pensar que lo que se necesita son más gobiernos de tecnócratas. No más gobernantes que desconocen cómo funciona la economía o que toman decisiones sin tener en cuenta la evidencia.

Emmanuel Macron
Emmanuel Macron

El caso de Venezuela es claro: la economía se contrajo 15% en 2017 y se estima el mismo nivel para este año; la inflación esperada anual es de un millón por ciento para fin de año, la pobreza ha aumentado considerablemente, el aparato productivo está destruido y la desnutrición infantil ha ido en aumento. Las políticas de la administración de Nicolás Maduro carecen de fundamento económico y cualquier evaluación que hace la administración de ellas es, por definición (y negación), positiva. El país está sumergido en una gran crisis económica y social, y necesitará gente muy preparada para volver a poner su economía en marcha.

El manejo de la economía de un país es una tarea compleja y de gran responsabilidad, dado su impacto en el bienestar de los ciudadanos. Por eso requiere de profesionales con un alto grado de conocimiento teórico y práctico en el área. Predecir por ejemplo el impacto de una recesión (tanto en tamaño como duración), y tomar decisiones para hacer frente a ella, requiere de conocimientos específicos. Estabilizar la inflación, hacer un buen manejo de la política monetaria y fiscal, tener un crecimiento sostenible… Todos temas que requieren de alto conocimiento técnico y donde los expertos pueden agregar mucho valor.

El valor de los expertos en casos de crisis es evidente: para estabilizar los fundamentos de la economía se requiere conocimiento específico y soluciones técnicas. Sin embargo, los gobiernos de expertos tampoco son perfectos, en especial cuando un país no está en crisis.

¿Es importante que el gobierne esté compuesto de profesionales que tenga conocimiento técnico? Sin lugar a dudas. Pero no es suficiente.

Políticos como Emmanuel Macron han basado su plataforma política en la idea de que no son derecha ni izquierda —que no vale la pena discutir esas etiquetas— sino que ellos harán "lo que funciona". Tony Blair fue conocido por un perfil similar, decía que su ideología era lo que funcionaba. El peligro de este tipo de planteos en política es que se puede perder el foco en los valores.

Por ejemplo, a nivel de eficiencia puede ser que lo óptimo sea no extender la red eléctrica a todo el país (extenderla hacia los ciudadanos más alejados de la red exige una alta inversión que financieramente puede ser negativa). Sin embargo, todos los ciudadanos tienen derecho a tener servicio eléctrico.

Lo eficiente puede ser hacer un examen de ingreso a la entrada de la universidad pública, pero si la oferta pública de secundaria es mala, el examen puede ser muy regresivo, y así ir en contra de la equidad. El riesgo de los gobiernos presididos por tecnócratas es que muchas veces se prescinde de la discusión de valores. "Hacer lo correcto/lo que funciona" resulta un slogan muy tentador, pero —precisamente— la característica de la política partidaria es la discusión: ¿para qué hacer esto? ¿Para quién funciona? ¿Para quién no?

Por ejemplo, cuando un gobierno plantea hacer un ajuste fiscal porque lo cree necesario para mantener cierta senda de crecimiento, esto tendrá evidentemente un impacto en la distribución de ingresos. ¿Eso quiere decir que no deba hacerse? No necesariamente, pero hay que ser transparentes en cómo será el impacto, qué es lo que se está priorizando, y cómo se van a mitigar las consecuencias.

Priorizar el resultado macroeconómico puede ser la mejor política en un momento dado, pero lo positivo de la política partidaria es que exige discutir y elegir entre valores —incluso cuando esto implica sacrificar una cosa por otra— y no simplemente calcular un número y marchar hacia ahí. Los recursos son finitos. Toda política implica sacrificar algo (inversión o gasto), y elegir algo. Todos los políticos tienen que decidir entre prioridades, también los tecnócratas, aunque no siempre expliciten el criterio de valor. Lo importante es que exista un criterio para tomar decisiones, y que éste sea claro para todos.

Quiero ser explícita: creo en la importancia de hacer política basada en evidencia y creo que es muy beneficioso tener gente técnicamente preparada trabajando en nuestro gobierno. Medir las políticas públicas permite saber dónde estamos ubicados, medir impacto, y ver qué se puede cambiar para mejorar.

Un economista con experiencia presidiendo el Banco Central es también una buena receta. Pero la tecnocracia complementa la política partidaria, no la sustituye. Es fácil perderse en la discusión de lo que funciona y lo que no, posiblemente yo también he caído en esa tentación en esta columna. Por eso, cuando escuchemos hablar de "lo que funciona" durante las próximas elecciones, los periodistas y comentaristas de política y economía debemos preguntar y preguntarnos "¿Funciona para lograr qué?"

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