OPINIÓN

Lo que le importa a Trump

A Donald Trump no le importa una represa. Ni un puente. Ni una carretera. Tampoco un sistema de drenaje. Ni ninguna de esas cosas que mencionamos cuando hablamos de infraestructura.

Donald Trump. Foto: EFE
Donald Trump. Foto: EFE

Pero, ¿cómo que no le importa si acaba de anunciar un plan de infraestructura de 1,5 billones de dólares? Es fácil: no es un plan, es una estafa. La cantidad de 1,5 billones de dólares es inventada; solo está proponiendo un gasto federal de 200.000 millones de dólares, que se supone que por arte de magia inducirá a un aumento generalizado en la inversión en infraestructura, que pagarán en gran medida los gobiernos estatales o locales (que no están precisamente hinchados de dinero, pero qué importa) o el sector privado.

Hasta los 200.000 millones de dólares son básicamente un fraude: la propuesta presupuestal anunciada el mismo día no solo impone recortes brutales a los pobres, sino que además incluye marcados recortes para el Departamento de Transporte, el Departamento de Energía y otras agencias que estarían involucradas de manera importante en cualquier plan de infraestructura real. Siendo realistas, la oferta de Trump en infraestructura es esta: nada.

Tampoco es que el plan no diga absolutamente nada. Una sección establece que "autoriza la venta federal de activos que serían mejor administrados por entidades estatales, locales o privadas". Traducción: vamos a privatizar todo lo que se pueda. Es concebible que esto se haga en casos en que el sector privado realmente pueda hacerlo mejor, y se otorguen contratos de manera justa, sin una pizca de nepotismo. Si creyeron eso, hay un título de la Universidad Trump que quizá quieran comprar.

Por un lado, nada de esto debería sorprendernos. El plan actual de infraestructura es muy parecido a la propuesta incompleta que Trump presentó durante su campaña en 2016, cuando todavía fingía que era otro tipo de republicano, menos comprometido con la ortodoxia económica del partido.

Hasta en aquel momento argumentaba que podía hacer infraestructura de bajo costo, que una relativa minucia de dinero federal de alguna forma podría generar una vasta inversión (aunque, en esta ocasión, el multiplicador de misterio ha aumentado aún más de tamaño). Sin embargo, hay algo desconcertante en el fracaso de Trump de idear un plan de infraestructura remotamente factible. Después de todo, un programa como ese tendría mayores ventajas económicas y políticas.

En primer lugar, las económicas: Estados Unidos necesita desesperadamente reparar y mejorar sus deterioradas carreteras, sistemas de drenaje y red eléctrica, entre otros más. Es cierto, ya no somos una economía deprimida que necesita inversión pública para dar trabajo a los desempleados; el gasto masivo en infraestructura habría sido una idea mucho mejor hace cinco años, pero sigue siendo algo que debe hacerse.

¿De dónde saldría el dinero? Bueno, si no les preocupan mucho los déficit —y lo acabamos de ver, a los republicanos no les importan los déficit siempre y cuando los demócratas no estén en la Casa Blanca— podemos pedir prestado. A pesar de un aumento moderado en las tasas de interés, el gobierno federal aún puede pedir préstamos muy baratos: la tasa de interés sobre los bonos a largo plazo protegidos por la inflación sigue siendo inferior a 1%, que está por debajo de los cálculos realistas de crecimiento económico a largo plazo, ni qué decir de las cantidades fantasiosas del gobierno de Trump. Así que pedir prestado ahora para pagar infraestructura básica seguiría siendo una buena estrategia económica.

También están las ventajas políticas. Si Trump siguiera adelante con un plan de inversión pública directo y convencional, podría apuntarse el mérito de una mayor cantidad de empleados ocupados en nuevos proyectos. Además, con toda seguridad podría encontrar una forma de ponerle su nombre a muchos de esos proyectos. Históricamente, muchos políticos han padecido lo que en el oficio se conoce como complejo de construcción, una urgencia de construir cosas grandes para promover su marca personal y alimentar su vanidad. Ciertamente, a Trump, más que a nadie, le parecería atractiva esa posibilidad.

Por cierto, algunos demócratas temían que Trump realmente se fuera a lo grande en la infraestructura, lo cual podría impulsar las divisiones en su partido, además de ser muy popular. Y otra cosa: el gasto público puede producir enormes ganancias privadas. Un programa de infraestructura en el que hay dinero real involucrado podría ser muy lucrativo para los compinches de Trump, o más, para Trump mismo. Sí, hay reglas que se supone que evitan ese tipo de ganancias excesivas, pero ¿acaso alguien piensa que esas reglas se implementarían en la gestión actual?

Entonces, ¿por qué Trump no está proponiendo algo real? ¿Por qué este desastre de propuesta que todos sabemos que no tiene ningún sentido?

La respuesta, en parte, tiene que ver con que, en la práctica, Trump siempre difiere de la ortodoxia republicana, y el Partido Republicano moderno detesta cualquier programa que pueda demostrar a la gente que el gobierno puede trabajar y ayudar a los ciudadanos.

No obstante, también sospecho que Trump tiene miedo de hacer cualquier cosa sustantiva. Para que la inversión pública sea exitosa, se necesita liderazgo y asesoría de expertos. Este gobierno carece de expertos en cualquier materia. Los expertos no solo tienen el desagradable hábito de decir cosas que uno no quiere oír, además su lealtad está en duda: nunca se sabe en qué momento podrían sacar a relucir su ética profesional.

Así que el gobierno de Trump quizá no podría conjugar un plan de infraestructura real incluso si así lo quisiera. Por eso no lo hizo.

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