ISAAC ALFIE
A nadie escapa que desde hace décadas, el talón de Aquiles de la economía nacional es el volumen y la calidad de la inversión. La mejora en las reglas de juego operadas desde la apertura democrática, en especial el respeto a principios y normas elementales, si bien fueron creando las condiciones necesarias para que proyectos de largo aliento comenzaran a aparecer en el horizonte, todo hace pensar que aún faltan las suficientes. Convencer a los potenciales inversores de las bondades de un país, de su irrestricto respeto a las reglas preestablecidas no es tarea sencilla, ni mucho menos rápida. Debe pasar mucho tiempo y atravesar etapas adversas para convencer a quien arriesga su capital; pero además el inversor debe tener certezas que dispone de un mercado libre donde colocar sus productos. Es decir, el país debe no sólo generar institucionalidad, sino que debe buscar la manera de mejorar el acceso a los mercados. Esta última "pata" sin duda le falta al Uruguay, que primero intentó con el Mercosur, quien parecía funcionar, pero en poco tiempo, con el fracaso avizorándose como irremediable salió a buscar alternativas (México), pero se quedó allí. Quien escribe recuerda discusiones en 2003 entre quienes le solicitaban medidas "de defensa" ante Brasil y especialmente Argentina y quienes pensábamos que eso era peor para nosotros, que necesitamos mercados grandes y estables. La "solución" fue México y la preservación de nuestros regímenes especiales hasta el 2010.
La crisis del 2002 fue la oportunidad que tuvo el país de demostrar cuán dispuesto estaba a sufrir pero respetar el marco institucional que se había dado. Entiendo que se hizo bien. El mundo entero comprendió y valoró la actitud del país así como la determinación de sus gobernantes y la parte del sistema político que apoyó medidas impopulares, pero imprescindibles. Puede decirse que la propia crisis hizo propaganda al Uruguay, que comenzó a aparecer en los principales diarios del mundo con frecuencia desconocida. Desde entonces, la presentación se hace más fácil y los inversores parecen más dispuestos a arriesgar. Aparecen los mega proyectos, en especial en el área de la madera y no solamente las plantas de celulosa, el zafarrancho argentino atrae inversión a nuestros campos que posibilitan el inicio de la "revolución agrícola", otras industrias ingresan al país en diversas áreas, software, telecomunicaciones, logística, carne, química, se firma un TLC con México y acuerdos de inversiones con Finlandia y Estados Unidos. Naturalmente que faltaba mucho, pero parecía el inicio de un nuevo camino.
A comienzos de 2005 se produce el cambio de administración y las autoridades entrantes anuncian que la inversión, sin plantas de celulosa, se situaría en 2005 en 17% del PIB para llegar en el 2006 al 20%. Personalmente no entendía ni cómo ni por qué, estaba lejos de ello, pero era cuestión de esperar. Desafortunadamente, las cifras reales son elocuentes, con plantas de celulosa incluidas, en el 2005 la inversión apenas sobrepasó el 13% del PIB, siendo poco más de 16% en 2006, guarismo que se repetirá con una leve caída en este 2007. No es necesario destacar la importancia de la inversión en la fábrica de pulpa de celulosa a partir del cuarto trimestre de 2005, tanto en maquinaria como en construcción y por ende cuál hubiera sido el volumen de inversión sin ella. Tampoco es difícil imaginar el volumen de inversión sin el complejo de la madera. Bien lejos estamos de las proyecciones oficiales, pero debo reconocer que, si bien más conservadores que el gobierno, la mayoría de los analistas esperábamos mayores niveles de inversión. Recordemos que no sólo es la planta de celulosa, tenemos también otras inversiones extranjeras de suma importancia, como la construcción básicamente en Punta del Este que, habiendo empezado en 2004, ha continuado con nuevos proyectos muy significativos.
Más allá de estos hechos relevantes y reales, el porcentaje de inversión a PIB de 2006-2007 se sitúa en niveles similares a la segunda mitad de los noventa, cuando casi no había inversión extranjera y el país seguía siendo un desconocido, Argentina no nos había dado la gran mano de su inconducta durante la crisis, no había madurado el proyecto forestal iniciado en 1987, al que le faltaban 10 años, los precios de nuestros productos de exportación eran bajos, ni se habían abierto a la competencia algunos sectores claves como los puertos, aeropuertos, las telecomunicaciones y la energía. Aún hoy la energía no está abierta y en telecomunicaciones la competencia es limitada. Por tanto, pese a las notorias mejoras del marco regulatorio interno y la mejor coyuntura externa en un siglo, cuando se miran las cifras sólo se observan magros resultados. Debe existir alguna explicación lógica.
INVERSIÓN EXTRANJERA. La vedette de los últimos años ha sido la cifra de inversión extranjera directa (IED) que informa el BCU al cierre de cada trimestre cuando publica las cifras de balanza de pagos (BP). Ésta pasó de US$ 315: en 2004 a US$ 811: en 2005, US$ 1.322: en el 2006, y cerrará en el entorno de los US$ 725: en el pasado 2007. Resulta por demás evidente el impacto de la obra de Botnia que precisamente comenzó en 2005 y se extendió hasta el tercer trimestre del 2007. Ahora bien no toda esta IED que refleja la BP es inversión vista como la definición económica del concepto. En efecto, la BP mide las relaciones entre los "nacionales" y los "extranjeros" y por ende si un extranjero compra un campo, una fábrica o un banco y el enajenante era un uruguayo se computa en la BP como IED, pero no es inversión a efectos de las cuentas nacionales. En este último caso para que se considere inversión debe cumplir la condición económica, es decir el bien no debe consumirse en el mismo período de su fabricación, es la reproductiva por esencia y no el mero traspaso de la propiedad.
Así, y tomando las cifras que publica el BCU, podemos decir aproximadamente que en el 2005 un 60% del total de la IED también era inversión desde el punto de vista económico, porción que cae al 50% en 2006 y se reduce a apenas un entorno del 33% en 2007. Es decir, en 2007 la IED no sólo será la menor del trienio, sino que la verdaderamente reproductiva apenas significará 1% del PIB, habiendo llegado a 3% en 2005 y casi 3,5% en 2006.
Existe otro componente de la IED que, dado el proceso de venta de empresas a extranjeros, va a seguir aumentando y se convertirá en estructural cual es, la reinversión de las utilidades de las empresas. Es sabido que normalmente las empresas, en especial en períodos de bonanza, reinvierten parte de sus utilidades. Esto figura en la BP como un ingreso en la cuenta capital en el rubro IED. En la práctica este hecho, a menos que las empresas extranjeras reinviertan más o menos que las uruguayas, no altera el potencial de crecimiento de la economía, ya que sólo cambia la nacionalidad de quien practica cierta conducta. Por otra parte, esta reinversión puede ser para financiar las necesidades adicionales de capital de trabajo.
¿QUÉ NOS SUCEDE? Ciertamente resulta difícil encontrar razones económicas o financieras para explicar la magra performance de la inversión en los últimos años. El análisis de las cifras nos indica que sin la IED (definida en su sentido económico), el volumen de inversión de nacionales ha caído de su nivel en la segunda mitad de los noventa. En otras palabras, los uruguayos no parecen muy dispuestos a arriesgar; es más, arriesgan menos de lo que lo hicieron tiempo atrás.
El último domingo del año pasado aparecieron en El País declaraciones de un prominente empresario local, a quienes muchos ven como ejemplo, que nos da algunas pistas del por qué. Los uruguayos sienten que hay falta de previsibilidad, falta de respeto por el hombre de negocios, que las reglas son claras hasta que alguien las interpreta de manera diferente. Entonces se carece de seguridades para el largo plazo. Además, me permito agregar dos elementos; a) el mercado para nuestros productos es reducido porque carecemos de acuerdos comerciales que otorguen certezas, b) se necesita una nueva ley de Quiebras, Concordatos y Concursos, que sea ágil en los procesos y garantice al acreedor el máximo recupero.
Parece ser que, como nunca desde el retorno a la democracia la gente siente que las reglas se pueden modificar muy rápido mediante una mayoría parlamentaria automática y acrítica, que suele otorgar al Poder Ejecutivo amplias facultades discrecionales para hacer "casos particulares" por decreto o resolución ministerial. Ante ello, los agentes deben pensar que, o bien tienen una embajada que los respalde en sus planteos o están a la deriva de las arbitrariedades de los jerarcas de turno. En medio de este panorama no es extraño entonces que los resultados sean pobres, pese a que las condiciones mundiales objetivas son inmejorables.
Tampoco es extraño que el crecimiento provenga básicamente de la comercialización de productos primarios con bajo valor agregado industrial, donde el riesgo de precio es enorme.
Vale la pena reiterar lo que, a mi modo de ver, constituyó un espectáculo indigno del Uruguay, cuando tres ministros (Ganadería, Industria y Economía) recibieron a algunos empresarios para decirles que a ellos no se les aplicará la prohibición de tenencia de tierras mediante sociedades anónimas, con acciones al portador aprovechando una facultad legal (1). Estoy convencido además que aunque esta vez haya primado la razón, nadie está seguro de que otras autoridades en el futuro no hagan una interpretación distinta de la ley, y entonces el inversor deba salir a mal vender su negocio. Hoy las inversiones que hacen los uruguayos, salvo honrosas excepciones, son de reposición. En todo caso, aprovechando la circunstancia de dólar barato se incorpora alguna maquinaria adicional que servirá para el futuro. No hay inversiones nacionales que se piensen para 5 o 7 años, esas que son las más productivas, las que mejoran la eficiencia, dotan al país de productos de calidad y requieren mejoras de calificación. Mientras esto no pase, seguiremos sin despegar.
(1) Cierto es que en los casos representados resulta literalmente imposible la restricción