OPINIÓN

¿Por el empleo juvenil, quién se moviliza?

Evitaré hacer uso de vanas repeticiones, como hacían los gentiles que pensaban que por su palabrería serían oídos, pero el mayor problema de empleo desde que yo no pintaba canas en mi cabeza continúa enquistado en los menores de 25 años.

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Foto: Archivo

En estas mismas páginas, Bafico y Michelin volvieron a demostrar que el desempleo en este segmento está alcanzando el 25% de su población activa y que los que tienen entre 14 y 24 años son los que más se retraen del mercado de trabajo.

Décadas hace que el empleo de los jóvenes está comprometiendo la agenda de políticas públicas en Uruguay y nada hace pensar que deje de ser así en el mediano plazo. Siempre parece estar presente en los jerarcas de turno que es relativamente sencillo describir esta situación; sin embargo es una realidad difícil, compleja y llena de incertidumbres, y más si son mujeres.

Proyectos.

Hemos visto desplegar sendos esfuerzos legislativos orientados a promover la inserción laboral de los jóvenes que regulan distintos contratos en la búsqueda de articular educación y trabajo. Y si bien cada una de estas iniciativas supo vanagloriarse políticamente de ser "la solución" que los anteriores no fueron capaces de descubrir, el impacto alcanzado consolida las sabias reflexiones que documentaron dos queridos colegas de nacionalidad española y boliviana: "La efectividad de los regímenes laborales especiales para jóvenes está aún por verse. Aunque se han intentado en varios países, la experiencia de la región es que este tipo de iniciativas no han prosperado. En cualquier caso, si algo hemos aprendido de estas experiencias es que cualquier iniciativa de este tipo debe estar basada en un contexto de diálogo social; que se debe tener cuidado en no generar incentivos equivocados con posibles efectos de desplazamiento o sustitución de un tipo de trabajador por otro y en evitar posibles tratos discriminatorios contra los jóvenes"

El consenso general a nivel mundial es que la mejor política de empleo para los jóvenes es aquella orientada a retenerlos lo más posible en el sistema educativo. Comprobado está que cuanto más tiempo estudian, menos tiempo transcurre hasta que encuentran un empleo. Asimismo, hay que evitar lo que Jansen llama el "efecto cicatriz": los que entran en el mercado laboral no en las mejores condiciones es muy probable que arrastren bajos salarios y precariedad durante largos periodos, con el consiguiente efecto en sus futuras pensiones.

Estadísticas mundiales demuestran que el tiempo transcurrido entre el fin de los estudios y el primer empleo es 1,6 veces más largo para los jóvenes con estudios primarios que para los que terminaron la secundaria; 1,7 veces más para los jóvenes con estudios secundarios que para aquellos con estudios terciarios, y 2,6 veces más para los que cuentan sólo con estudios primarios contra aquellos con estudios terciarios. Además, vale destacar que combinar estudio y trabajo reduce el tiempo de transición para los jóvenes; el promedio de duración en 21 países es de 1,9 meses, comparado a 20,1 meses para los que no articulan trabajo y estudio.

Innovación.

El futuro del trabajo nos está pautando que los empleos de calidad tendrán un alto componente cognitivo, y desde Oxford nos señalan que las habilidades que serán frontera de la robotización son aquellas vinculadas con la creatividad, inteligencia social y manipulación.

Por ende la innovación, variable creciente en nuestra rutina, exigirá el fortalecimiento de habilidades blandas en todos los niveles educativos, incluyendo la resolución de problemas, la apertura a aprender y la adaptabilidad. ¿No sería ingenioso aprovecharnos de los trabajadores jóvenes que son los que se sienten más cómodos con las nuevas tecnologías y menos les cuesta adaptarse al cambio?

Por otra parte, cuando la inserción laboral es problema, el emprendedurismo surge como oportunidad. La existencia de empleo tiene directa relación con la empresa; ¿no sería válido promover en los jóvenes las habilidades que desarrolla el perfil del empresario desde el sistema educativo?.

Calidad educativa.

Resulta irresistible recordar que Uruguay padece un proceso de transición demográfica en detrimento de la población joven y el 48% de las personas en situación de pobreza son menores de 18 años. Esta inquietud se refuerza con los estándares vigentes de calidad educativa y los niveles de deserción que se han acumulado durante los últimos años.

Si bregamos por un mejor desempeño laboral de la población adulta en términos de productividad, tal aspiración se transformará en plegaria cuando de los jóvenes se trate. Sobre sus hombros pesa el futuro financiamiento de la matriz de protección social que asumirá los costos de una población envejecida, pero hoy es sobre la espalda de los adultos que subsiste la carga de evitar un quiebre intergeneracional.

No sería oportuno cuestionarse: ¿qué quieren los jóvenes en un mundo que les brinda escuela de mala calidad, empleo inestable y mal pago? ¿Es que acaso queremos inculcarle la utopía del trabajo liberador a través de la precariedad o la utopía de la iluminación con un sistema educativo devaluado?

En un contexto en el que continuamente se encuentran motivos para movilizarse no puedo dejar de apropiarme del titular de un matutino europeo semanas atrás: ¿por el empleo de los jóvenes, quien se moviliza?

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