CARLOS STENERI

Jorge Batlle: sembrador de valores

La muerte de Jorge Batlle parece aún algo irreal porque sus valores de vida son inmortales. Están ligadas a lo más profundo y auténtico de la condición humana: la libertad como valor supremo, el respeto a las personas en todas sus dimensiones y el debate de ideas, no para imponerlas, sino para aguijonear el surgimiento de la verdad.

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Jorge Batlle. Foto: Francisco Flores

Fiel a esos ideales así vivió su vida, sin medir costos personales, cálculos electorales, y la incomprensión ciudadana convertida muchas en calumnias y bajezas abyectas. Todo eso lo navegó con hidalguía, siempre oteando horizontes nuevos que muchos en esos momentos no percibían, pero que luego el paso del tiempo hacía presente y les daba la razón.

En nuestro caso, comenzamos a oír de su persona como humildes estudiantes de economía en los rugientes años sesenta. En aquel entonces teníamos y así nos educaban en la Universidad de la República, una visión del mundo conformado por economías cerradas, proteccionismo trasuntado en sustitución de importaciones, penalización de la actividad agropecuaria por considéraselo un sector tradicional refractario a los estímulos de los precios, ignorancia del impacto de los desequilibrios fiscales y de los desarreglos monetarios. Era el paradigma de toda una época que campeaba a lo largo y ancho de toda la academia latinoamericana y la nuestra en particular. Y por extensión, con esas ideas se ejecutaba la política económica del momento, con los resultados de inflaciones endémicas, crisis de endeudamiento y estancamiento secular. Y fue ahí que nos llegaban las primeras noticias que Jorge Batlle, joven político, había organizado grupos de discusión con un grupo de correligionarios, entre ellos Francisco (Piti) Forteza, donde se discutía otro modelo de crecimiento y por ende de hacer política económica, basado en las exportaciones como impulsor de la economía, la liberalización de precios, y la disciplina fiscal junto al combate de la inflación como condición necesaria para el crecimiento. Lo que lucía hace medio siglo como una herejía que provocaba rechazo para la academia y sus estudiantes —donde me incluyo—, hoy son los puntales básicos de cualquier modelo de crecimiento, independientemente del signo político del gobierno de turno. Ese es el kilómetro cero de la modernización intelectual de nuestra política económica, a la cual analistas e historiadores tienen una deuda en sacar a luz esos episodios que son cruciales en la historia de nuestro país. Y en ese momento importante de nuestra historia Jorge Batlle puso la semilla.

Fiel a su precepto de "cantar la justa", ir de frente y no tomar atajos, enfrentó una crisis profunda, exótica pues fue disparada por gatillos externos que desnudaron debilidades propias en nuestro sector financiero. Ahí fue donde conocimos las dimensiones de su condición como estadista bajo condiciones extremas. Hubo tensiones, incertidumbres, contrariedades pero nunca pánico. Todo se disipaba en cambios de ideas constantes, algunas que parecían en sus momentos desconcertantes, pero siempre alineados en el apoyo incondicional a quienes nos tocaba actuar en la trinchera. Instalaba el fervor de que se trataba de preservar un bien superior, que trascendía la estabilidad financiera: proteger nuestros valores y la propia democracia.

Todo lo que rodeó aquellos episodios también confirmaban su proyección como estadista con prestigio internacional. Verlo dar sus opiniones, desenvuelto, sin protocolo, con un envidiable dominio de varias lenguas, ante interlocutores del ámbito político y financiero mundial de fuste, son experiencias inolvidables que completan la dimensión del personaje.

Presenciar en estos últimos tiempos su actividad a lo largo y ancho del país como sembrador de ideas y proyectos, sin otro aparato que la entrega de su propia humanidad en un mano a mano con grupos de ciudadanos, agranda el perfil de lo que fue un republicano ejemplar.

A todo esto se suma su actitud de liberal cabal, sin claudicaciones en la defensa de la libertad del individuo en todas sus facetas y circunstancias, aún en aquellas que implicaron la prisión. De lo cual nunca hizo alharaca, pues entendía que eso era lo que le correspondía hacer cuando los valores republicanos estaban en peligro.

A partir de ahora pasó a ser historia. Para quienes lo conocimos nos deja una huella y un ejemplo imborrable que debemos difundir. A la sociedad el legado de conductas e ideas que buscan incentivar la reflexión y el debate para mejorar su porvenir.

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