OPINIÓN

La irreversible agonía de las categorías

En estas mismas páginas, durante 2015 me preguntaba si las categorías previstas en los Consejos de Salarios eran la alternativa más adecuada para sostener los niveles de autonomía, creatividad e interacción que requieren las nuevas formas de organización del trabajo.

La clave para sobrevivir será actualizar los conocimientos y reorientar perfiles.
Foto: Archivo

Tal perspectiva parecía estar a contrapelo de los desempeños polivalentes que se demanda a los trabajadores.

El tiempo transcurrido ha validado cuánto la empleabilidad se vincula con la polifuncionalidad; al decir de un colega colombiano: "es el brevet que durante nuestro itinerario laboral nos permitirá anclar en los diferentes puertos que irán exigiendo diversas especializaciones". Definitivamente, las empresas sobreviven en un mundo en el cual la información se duplica cada 5 años; las patentes de invención han llegado a un crecimiento interanual de un 14%; los flujos de inversión ostensiblemente se asocian con las calificaciones y los millenials se mantienen no más de dos años en el mismo trabajo.

El escenario.

Este año, se está iniciando una nueva ronda de Consejos de Salarios, mientras el mundo avanza en su 4ta. Revolución Industrial y debate en torno al impacto negativo que la automatización tendrá sobre el empleo. Los puestos de trabajo parecen irse concentrando en las ocupaciones con alto contenido cognitivo, y se van abandonando aquellas en las que predominan las tareas manuales, tanto rutinarias como no rutinarias.

En nuestro país, estudios académicos están identificando los riesgos que esto último conlleva; entre otros, afectará: al 61% de los ocupados en el comercio y al 81% del subsector de venta y reparación de vehículos. En iguales condiciones está el 70% de los vinculados al transporte carretero, el 74% de los que se desempeñan en actividades de la seguridad privada; el 87% de los que están en el subsector cobranzas y créditos; el 80% en el de seguros de vida y el 78% de los que trabajan en restaurantes. En esta línea, vale traer a colación las reflexiones de Daron Acemoglu y Pascual Restrepo, economistas del MIT, cuando señalan que aquellos países con un crecimiento más rápido de los salarios y/o con poblaciones en edades de trabajar que se reducen en relación con la población general, tendrán mayores incentivos para automatizar.

Oportunidades.

Día atrás en Washington, los Bancos para el Desarrollo para América Latina y el Caribe, Asia, África y Europa acordaban que las tecnologías de la 4ta Revolución Industrial conllevan retos y oportunidades, y entre estas últimas figuran las mejoras en la productividad. Los excedentes para el consumidor (ahorros) podrían crecer a medida que los bienes y servicios se producen a precios más bajos. A su vez, estos excedentes podrían impulsar la demanda de nuevos servicios, y por lo tanto el espíritu emprendedor (y nuevos empleos). El desarrollo de nuevas tecnologías puede beneficiar a aquellos trabajadores que prefieran o necesiten flexibilidad y está posibilitando cada vez más la descentralización de tareas desde las empresas directamente hacia los individuos, que pasan a desempeñarse como trabajadores autónomos. En todo caso, es evidente que está aumentando la demanda de competencias complementarias, entre ellas las digitales y las cognitivas de alto nivel (como el pensamiento creativo, la capacidad de aprender y la solución de problemas), así como las socioemocionales.

En el marco de esa misma reflexión intrarregional, también se destacó que las fronteras de las industrias se están tornando cada vez más borrosas, a medida que las tecnologías permiten que las empresas se aventuren más fácilmente en otras actividades. Google está desarrollando vehículos autónomos, mientras que Tesla, siendo una compañía fabricante de vehículos, se considera una empresa de energía.

El repaso de tales antecedentes contrasta con la normativa vigente que dispone que cada "Consejo de Salarios hará la clasificación por profesiones y categorías de los trabajadores que integran el grupo respectivo" y éstas últimas suponen describir con extrema precisión las tareas que en su puesto desempeña el trabajador.

Redefinición.

Si de vigorizar la negociación salarial como espacio de diálogo y distribución del ingreso se trata, ¿no habrá llegado la hora de encarar una reingeniería que se adecue a los imponderables expuestos?. Y —en aras de los mejores intereses del trabajador desempleado o en riesgo de estarlo— contemplar en ese esfuerzo: la desintegración de sectores tradicionales, el desarrollo de otros, la introducción de nuevos sistemas de producción, las habilidades que aseguran empleo, la gestión basada en el conocimiento, que la tecnología también genera mejores condiciones laborales y que son las personas trabajando en equipo las que innovan y gestionan las mejoras.

Además, por la heterogeneidad que caracteriza a nuestro reino empresarial y la incesante pérdida de empleos, ¿no sería adecuado reconvertir las estructuras de negociación, rever representaciones, descentralizar decisiones y asumir que tales limitaciones están generando desajustes y costos imposibles de sustentar, como beneficios y primas que regularmente se vienen acumulando a los salarios?

A modo de epílogo, ¿no valoraríamos y proyectaríamos mejor al trabajador vinculando su salario con procesos orientados a resultados, más que con la ejecución de tareas rutinarias? De resistirnos a esto ¿qué o a quién estamos beneficiando?

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