JORGE CAUMONT

Involuntaria pero de gran influencia

El manejo monetario y fiscal de Estados Unidos ha tenido y seguirá teniendo una gran influencia sobre el crecimiento y la estabilidad del resto del mundo.

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Siete firmas se presentaron a la licitación. Foto: Archivo El País

Es que buscando su propio crecimiento y estabilidad, su manejo macroeconómico produce reacciones entendibles por ser el dólar la moneda más importante del mundo.

Primer ejemplo.

La crisis de las hipotecas (2006) marca el inicio de un camino recesivo que se agravó por la del sistema bancario. El manejo monetario se volvió fuertemente expansivo. A fines de 2008 la tasa de interés de referencia de la política monetaria de la Reserva Federal (Fed) se vino a prácticamente a cero para impulsar al consumo y la inversión y con ellos a la producción para salir de la recesión. En un contexto de apertura financiera global, esa acción ha tenido una consecuencia inmediata: el movimiento de capitales hacia los activos financieros y reales que dieran una mayor rentabilidad a la inversión.

Creció entonces la exportación de recursos hacia otras naciones que ofrecían esa ventaja, se depreció consecuentemente el dólar ante la necesidad de obtener las monedas locales y como corolario inexorable, mejoró la competitividad de la producción norteamericana transable en el mundo. La depreciación del dólar presionó al alza los precios de los commodities en general y los del agro en particular.

Sucesivos aflojes monetarios adicionales con políticas de compra de títulos por la Fed —denominadas quantitative easing—, empujaron aún más a la baja al valor del dólar generando más inflación en dólares en las restantes naciones. Uruguay no ha sido ajeno a ese comportamiento de inversores estimulados por administradores de fondos y asesores de inversión, ante tasas de interés en nuestro país mayores a las de activos en dólares y al rendimiento temporal de otras inversiones de fácil concreción pero de difícil realización —como en la construcción—.

La secuencia de hechos que desataron las decisiones de la Fed nada tuvo que ver con su deseo de promover una "guerra de monedas" como algunos interpretaron. Tampoco fue el deseo del Tesoro norteamericano de favorecer al sistema bancario cuando apoyó a los principales bancos de su país con ayuda financiera para evitar que la "corrida" desatada por el caso Lehman Bros. (2008), amenazara de manera terminal a la estabilidad del sistema de pagos del país.

La política monetaria y la política fiscal de entonces han sido el resultado de una lógica y entendible voluntad de las conducciones respectivas de recuperar a su economía de la recesión y de la crisis bancaria, para hacer de ésta lo más breve y menos dolorosa posible.

Hasta hace un mes, la combinación de políticas monetaria y fiscal de Estados Unidos ha sido muy favorable para nuestro país. A veces de manera visible y otras de manera menos apreciable.

El fortalecimiento del dólar permitió que hasta se triplicaran durante buena parte de esta década los precios mundiales de exportables uruguayos. Y no olvidar el gran auge que tuvo la construcción y la inversión debido al ingreso de capitales, tanto de extranjeros —inversión extranjera directa— como de uruguayos —con repatriación para inversión—.

Expectativas creciendo desde hace ya dos años, de modificación de la política monetaria de la Fed que redundarían en aumentos de la tasa de interés, la variable central del sistema monetario mundial, han venido generando la reversión de los buenos efectos narrados.

Los precios de los commodities en baja, la inversión extranjera directa declinando y también la financiera por carry trade. El dólar, aunque ha tenido un paréntesis en su recuperación, de todos modos tuvo una lógica apreciación.

Segundo ejemplo.

En el segundo semestre, la economía estadounidense crece a ritmo mayor al esperado y el desempleo cae más de lo anticipado por lo que es inevitable que la tasa de interés de referencia de la Fed suba este mes.

Además, el presidente electo Donald Trump anunció su intención de reducir impuestos y de aumentar el gasto público en inversión, lo que anticipa un mayor déficit fiscal que se deberá financiar con una mayor oferta de deuda pública que reducirá —como ya se anticipa— el precio de los títulos y aumentará su rendimiento a término.

Tasa de interés y rendimientos de deuda más altos atraerán recursos hacia Estados Unidos, reducirán el ingreso de capitales y probablemente entren a predominar las salidas en los restantes países; apreciarán al dólar en ellos y reducirán los precios de los commodities agrícolas —no los de metales por la inversión esperada en infraestructura propuesta por Trump—. Aun que la velocidad en que ocurra todo lo señalado es difícil de prever así como también la profundidad que puede alcanzar el conjunto de los cambios señalados, no es difícil concluir que en nuestro país el financiamiento del déficit fiscal será más caro; que los precios del agro sufrirán un nuevo deterioro; que las tasas de interés subirán y que como corolario, la actividad económica de 2017 se verá afectada adversamente.

Tal cual desde hace ya diez años la política monetaria y la política fiscal de Estados Unidos seguirán influyendo sobre la economía mundial pero, esta vez, de una manera diferente a la de la última década. Será necesaria entonces, en nuestro país, una revisión de la actual combinación de políticas macroeconómicas que se lleva adelante.

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