OPINIÓN

El trabajo invisible

La pandemia ha dado mayor visibilidad al trabajo no remunerado, realizado en gran medida por las mujeres.

Foto: Pixabay
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Los economistas pasamos mucho tiempo discutiendo sobre el producto bruto interno. Si sube, si baja, ¿cuánto? Estos últimos meses no han sido la excepción. El crecimiento ha estado en el centro del debate: cuánto impactará la pandemia en el crecimiento de la economía global, cómo será el rebrote de la economía china, cuál será el nivel de crecimiento que se necesitará en los años futuros para hacer frente a niveles de deuda más elevados, etc.

Tiene sentido tanto ruido: el PIB nos da una medida del nivel y evolución del producto (bienes y servicios) de un país y esto es a su vez un importante factor del bienestar de sus ciudadanos. Para disponer de mejores sistemas de salud, mejor educación o reducir la pobreza se necesitan ingresos (producto).

El PIB —como la mayoría de los indicadores— es imperfecto. Una crítica importante es que nos dice poco sobre la distribución. Otra es que no captura el efecto en los recursos naturales (si por ejemplo se exporta un bosque entero, se incluirá el monto de la exportación pero no el efecto que eso tiene en el medio ambiente y los recursos futuros). Otro aspecto importante es lo que no nos dice. Lo que el PIB no recoge y por tanto no nos muestra, como el trabajo no remunerado que se ha hecho tan visible durante la pandemia.

La mayoría del trabajo no remunerado lo hacen las mujeres, con una mayor carga en países en desarrollo. En los países de América del Norte y la Unión Europea, las mujeres hacen entre 1.5 y 2.0 veces más horas de trabajo no remunerado (trabajo doméstico, de cuidado y voluntariado) por día que los hombres, mientras que en América Latina y el Caribe este ratio es de 3 y en países del Medio Oriente y África el ratio es de entre 5.0 y 6.0 (1).

Las mujeres además tienen, en comparación con los hombres, menor tiempo disponible para ocio, para realizar un trabajo remunerado y para buscar trabajo. Una menor contribución al ingreso familiar también implica que muchas veces las mujeres tienen menor peso en las decisiones del hogar, ante la lógica de que quien paga decide (desde el tipo de educación o religión de los hijos, hasta el color del auto).

Durante la pandemia, este trabajo se ha intensificado en el mundo, incluido Uruguay, dado el cierre de escuelas, cierre de centros deportivos y otras medidas de menor distanciamiento social. Además, los empleos más afectados por las medidas sanitarias tomadas por gobiernos (servicios, hotelería, trabajo doméstico remunerado, limpieza, producción de textiles y vestimenta, etc.) son en sectores que tienen una mayor proporción de mujeres empleadas. Las mujeres también han estado más expuestas a la enfermedad. A nivel global, casi el 70% del personal de la salud son mujeres (2).

Las mujeres, que ya hacían la mayoría del trabajo no remunerado antes de la pandemia, ahora tienen mayor presión en las tareas del hogar y cuidados y además, aquellas que tienen un trabajo pago, tienen mayor probabilidad de perderlo.

La buena performance de Uruguay en esta pandemia —con un relativamente bajo nivel de casos y muertes— ha permitido que muchas actividades públicas y privadas hayan sido menos afectadas, o por menor tiempo, que en otros países. Esto es sin dudas una buena noticia, en especial mientras que en otros lugares se están reimponiendo restricciones dado un resurgimiento de casos. Sin embargo, el trabajo no remunerado en Uruguay sigue los patrones globales.

La Encuesta de Uso del Tiempo y Trabajo no Remunerado de Uruguay, de 2013, muestra que las mujeres dedican más de dos veces la cantidad de horas a trabajo no remunerado que los hombres. Un estudio del Banco Mundial que utiliza dicha encuesta como insumo y compara con otros 18 países, muestra que Uruguay es uno de los dos países dentro de la muestra donde las mujeres trabajan más horas por día (en trabajo remunerado y no remunerado), dos horas más por día que los hombres (3).

El Sistema Nacional Integral de Cuidados (SNIC) en Uruguay, enfocado a políticas públicas destinadas a atender las necesidades de personas mayores en situación de dependencia, niños pequeños y personas con discapacidad severa, es importante para dar visibilidad al problema, para mejorar el bienestar de los tres grupos antes mencionados y para distribuir de forma más equitativa la carga de los cuidados. El SNIC es todavía relativamente nuevo (la ley es de 2015 y la regulación de 2016) pero es un paso en la dirección correcta y ojalá en los próximos años hayan nuevos avances en este sentido con el nuevo gobierno, que recientemente anunció una fusión del SNIC con el Programa de Discapacidad.

Que las horas destinadas a cuidados no sean remuneradas no quiere decir que no exista un costo. El costo es claro —menos contribución al ingreso del hogar, menos tiempo disponible para realizar un trabajo remunerado, menos tiempo para ocio—, sólo que como sociedad hemos decidido que lo incurran en su gran mayoría las mujeres.

Es difícil imaginar que todo el trabajo destinado a cuidados sea incluido en PIB en Uruguay en el corto plazo. Pero tener mejores datos, y con mayor frecuencia (la última vez que Uruguay hizo una encuesta de uso del tiempo fue en 2013), sería un buen paso para un mejor reconocimiento —y eventualmente pago— por este trabajo. Incluso con mejores datos, hacer algo al respecto requiere voluntad política. Quizás algo bueno de esta pandemia sea que la experiencia de muchos de nosotros de estar atrapados en casa y ver de cerca cuánto trabajo “invisible” hacen las mujeres podría ayudar a generar esa voluntad.

1) “The coronavirus is not gender-blind, nor should we”, Caren Grown y Carolina Sánchez-Páramo, abril 2020.
2) Idem.
3) Rubiano Matulevich,Eliana Carolina; Viollaz,Mariana.2019. “Gender Differences in Time Use : Allocating Time between the Market and the Household”. Policy Research working paper; no. WPS 8981 Washington, D.C.: World Bank Group.

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