CARLOS STENERI

Sin inversión no hay futuro

La tradicional modorra estival fue interrumpida por las protestas crecientes provenientes del sector agropecuario, junto con la renuncia del Ministro de Agricultura Tabaré Aguerre.

Las inmediaciones de las ciudades de San Carlos y Trinidad, en Maldonado y Flores, fueron escenario de las marchas que se celebraron ayer. Foto: El País
Movilización de productores agropecuarios. Foto: El País

Aunque es difícil correlacionar estrictamente ambos episodios, lo cierto es que uno de sus detonantes está relacionado con la baja rentabilidad, después de pagar impuestos, del motor principal de nuestra actividad económica. Después de la década gloriosa del superciclo de las materias primas, su crecimiento anual comenzó a menguar notoriamente (salvo la forestación) a pesar que sus precios de exportación promedio siguen siendo notoriamente superiores a los vigentes en el 2005, y con acceso fluido a la mayoría de los mercados.

Es un toque de atención que se enraíza en la pérdida de rentabilidad de la mayoría de los sectores que producen bienes transables, es decir los destinados a la exportación y los que sustituyen importaciones.

Los afectados resumen sus reclamos mayoritariamente en el atraso cambiario, que no es otra cosa que el aumento medido en dólares de sus costos de producción, incluida la mano de obra. A eso, agregan una presión fiscal en aumento para financiar un gasto público que crece en términos reales por encima del producto bruto.

Explicando el tema se han escrito ríos de tinta, donde el consenso argumental gira en que el aumento del gasto público basado en gasto corriente frena a las fuentes de crecimiento, genera déficit fiscal que luego se financia con deuda, lo cual acentúa el atraso cambiario. Para zafar de esta realidad, el gobierno aplica medidas extremas, como el uso desmedido de las tarifas públicas para reducir el déficit fiscal, lo cual profundiza los efectos del llamado atraso cambiario.

Cualquiera fuera la métrica usada, Uruguay sólo es competitivo respecto a Argentina. Eso explica la excepcional temporada turística actual y el aumento de las exportaciones industriales hacia ese destino. Pero la experiencia dice que responde a una situación coyuntural extraordinaria, que más temprano que tarde va a corregirse.

Y aquí vale una aclaración. El atraso cambiario no se resuelve por un acto administrativo único y omnipotente del soberano, pues también obedece a fuerzas externas ligadas a las políticas económicas regionales e incluso al comportamiento del dólar en los mercados financieros. Pero lo que sí se puede hacer es evitar las causas que lo profundizan. Aquí se centra el gran debe de la gestión actual.

En suma, se ha entrado en una fase del ciclo económico compleja donde unas de su escapatorias, por no decir la única, es el fortalecimiento del crecimiento económico.

Y por ese lado, las noticias no son buenas vistos algunos indicadores que vienen diciendo presente.

Los últimos datos (septiembre 2017) confirman que la inversión global viene decayendo, de la mano de la inversión directa extranjera que pasó a ser negativa. En otras palabras, los inversores extranjeros están repatriando capital pues dejamos de ser atractivos como destino. Basta recordar que una década atrás se captaban montos anuales cercanos al 5% del PIB, colocándonos en la delantera del concierto latinoamericano.

También ayudó a la administración a fabricar un relato basado en que había creado condiciones para atraer inversiones de manera permanente. La realidad lo está desmintiendo. El saldo positivo de la cuenta corriente de la balanza de pagos (2,3% del PIB) en momentos de un déficit fiscal promedio del 3.5% del PIB, por definición muestra el ajuste significativo que está haciendo el sector privado. Y como el consumo viene expandiéndose, ese ajuste se explica mayoritariamente por la caída de la inversión.

Lo preocupante es que esto ocurre a pesar que la oferta externa de fondos prestables sigue siendo abundante, y no tiene visos de reversión inmediata. Lo que han cambiado son las condiciones para atraer inversiones. Agotados los nichos de alta rentabilidad relativa prohijados por precios excepcionales, nuestro país debe competir de ahora en más en base a ventajas comparativas "normales". Los rankings globales de competitividad nos posicionan mal analizando indicadores que van desde la carga fiscal, pasando por la excesiva burocracia y terminando con las relaciones laborales.

Una vez más estamos entrampados en el geocentrismo de una visión que ignora que los de afuera también juegan y lo hacen fuerte. Nos pasó con la región que nos obligó, en parte por impericia propia, a encerrarnos comercialmente. Luego pensamos que la transparencia fiscal propugnada por la OCDE implicaba reglas de juego parejas que iban hacia la convergencia en materia de tasas tributarias. Resulta que hoy existen ejemplos liderados por Estados Unidos rebajando sustancialmente el impuesto a las corporaciones, pero también en países de la Unión Europea, en una carrera descarnada para atraer inversiones mediante rebajas tributarias y eliminación de regulaciones. Sin duda, lo mismo ocurre u ocurrirá pronto en Oriente.

Sobre esta realidad nueva nos debemos una reflexión profunda de cómo actuar en consecuencia. Va mucho más allá de consolidar las cuentas fiscales o resolver el atraso cambiario. Se trata de encauzar el futuro del país.

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