ENTREVISTA

Invasión de robots: ni tan veloz ni tan urgente

Si la automatización se estuviera acelerando rápidamente, lo mismo debería estar pasando con la productividad y no es así.

Kinley Salmon, economista (Nueva Zelanda)
Kinley Salmon, economista (Nueva Zelanda)

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Kinley Salmon (*), economista neocelandés autor del libro “Jobs, Robots & Us” alerta sobre la necesidad de tomar con más calma los anuncios sobre la “invasión de robots” al mundo del trabajo y advierte que el proceso “hay que hacerlo con cuidado” para no generar mayor desigualdad social. El citado profesional es crítico de los “titulares alarmistas” —como los llama—, sobre la sustitución masiva de mano de obra y ensaya una serie de argumentos que cuestionan la velocidad de dicho proceso. Salmon sostiene que en los países desarrollados el comportamiento del mercado laboral y la productividad no están en relación con los presagios. “La historia de que hay desempleo a la vuelta de la esquina, impulsado por la tecnología, simplemente no cuadra”, insiste. A continuación, un resumen de la entrevista.

— En medio de la gran amenaza por la adopción de nuevas tecnologías, en el libro plantea que “no es tan veloz ni tan urgente” el proceso de sustitución, sino que hay 25 años por delante; ¿en qué basa su predicción?

—Creo que debemos tomar un respiro en medio de algunos titulares alarmantes sobre "la invasión de los robots" y los robots ocupando casi la mitad de nuestros trabajos en la próxima década. Hay muchas razones para ser escépticos sobre estas afirmaciones. La mayoría de los estudios que afirman sobre la pérdida masiva de empleos hacia 2030 ignoran por completo el tiempo e incertidumbre asociado a cómo las nuevas tecnologías pasarán desde prototipos en un laboratorio a un uso comercial generalizado. Sin embargo, eso es lo que debe pasar para afectar nuestros trabajos. Más importante aún, estos estudios simplemente dejan de lado la cuestión de cuánto cuesta una tecnología y, en cambio, asumen que si se puede automatizar, entonces se automatizará, independientemente de si en realidad es más barato hacerlo o no. Ese es un supuesto bastante grande. Del mismo modo, hay poca consideración de las regulaciones sobre cómo se adoptan las tecnologías, lo que ya podemos ver será clave, por ejemplo, para los automóviles sin conductor (o los monopatines eléctricos, cuya regulación entiendo se está discutiendo en Uruguay).

—Por tanto, la adopción generalizada de tecnología puede llevar aún mucho tiempo….

—El primer panel solar, por ejemplo, convertía los rayos del sol en electricidad en un techo en Nueva York en 1884, pero en 2016 la energía solar representaba solo el 1,6% de la generación mundial de energía eléctrica. De manera similar, en el último año más o menos ha habido mucha discusión sobre los autos sin conductor; sin embargo, el automóvil totalmente sin conductor ya había sido testeado con éxito en una autopista de París hace 25 años. También es importante darse cuenta de que muchas nuevas tecnologías también pueden generar empleos. Las computadoras personales generaron 15.8 millones de nuevos empleos en EE.UU., incluso teniendo en cuenta los empleos perdidos. El cambio vendrá, pero como la velocidad del cambio no es tan rápida como los titulares alarmantes sugieren, tenemos una ventana en la que podemos afectar la forma en que se desarrollan y adoptan las tecnologías, en lugar de dejar que simplemente sucedan. Eso puede permitirnos construir un futuro mejor que el aterrador del desempleo generalizado sobre el que a menudo escuchamos. Pero, por supuesto, esa ventana no estará abierta para siempre.

— Dice que casi todos los indicadores económicos que podrían sugerir un desempleo tecnológico inminente muestran lo contrario...

— Además del desempleo históricamente bajo en muchos países avanzados, también vemos una tasa de actividad históricamente alta. Esto significa que la porción de la población que está trabajando, o buscando trabajo activamente, nunca antes había sido tan alta en el Reino Unido, Australia, Canadá, Francia, Alemania, Italia y Japón. Estados Unidos es una excepción parcial a esto, pero recientemente la tasa de actividad también ha comenzado a aumentar ahí.
En combinación con los mínimos históricos de desempleo, la tasa de actividad históricamente alta significa que la tasa de empleo (la proporción de la población en edad de trabajar que está trabajando), también está en un nivel máximo en muchos países avanzados. Más personas trabajando que nunca antes en la historia parece ser exactamente lo contrario de lo que esperaríamos si los robots estuvieran invadiendo. Si la automatización se estuviera acelerando rápidamente, también esperaríamos que la productividad (cuánto produce el trabajador promedio por hora) estuviera aumentando rápidamente. Sin embargo, el crecimiento de la productividad en los países avanzados está creciendo a la tasa más lenta desde la década de 1960. Y desde la década de 2000 se ha enlentecido. La historia de que hay desempleo a la vuelta de la esquina, impulsado por la tecnología, simplemente no cuadra.

—Ante el avance de la robótica y la IA, ¿las sociedades tienen el poder de influir en la forma en que se adoptan los cambios tecnológicos?

—Seguro. Como dijo Paul Romer, ganador del Premio Nobel de Economía 2018, "lo que sucede con la tecnología está bajo nuestro control (...) en lugar de tratarlo como el estado del tiempo, podemos tratarlo como algo que podemos controlar". Por ejemplo, mucha de la I+D se realiza con un importante apoyo del gasto estatal a través de universidades, institutos de investigación y subvenciones. Como muestra Mariana Mazzucato, una destacada economista italiana, el GPS, el internet y las pantallas táctiles se desarrollaron con importantísimo apoyo estatal. Esto proporciona una herramienta importante para afectar la dirección del desarrollo tecnológico. Para países como Uruguay y Nueva Zelanda, el gasto en I+D también puede afectar qué tecnologías del exterior se adoptan rápidamente a nuestras circunstancias locales y cuáles no.
Las elecciones hechas por los consumidores y las empresas también hacen una gran diferencia. Por ejemplo, ¿quieres usar un auto sin conductor? ¿Debo comprar este sistema automatizado para ordeñar vacas? ¿El Estado me permitirá volar este dron en Montevideo para entregar paquetes, bajo qué condiciones? En un nivel más fundamental, las elecciones gubernamentales sobre cuánto gravan a los trabajadores en comparación con cómo gravan las inversiones de capital en cosas como los robots, también marcan una gran diferencia en cuanto a si tiene sentido que las empresas intenten automatizar la producción.

—Hay otro aspecto mencionado en el libro, acerca de potenciales avances en materia de desarrollo que pueden mejorar la productividad y el bienestar, pero que desde el sector privado no avanzan, porque no han sido convenientes...

—En el sector privado, la innovación está impulsada en gran medida por las expectativas sobre lo que será rentable. Esa es un gran parte la razón de por qué tenemos medicamentos para la calvicie masculina y la disfunción eréctil (viagra) y no tenemos vacunas efectivas para la malaria o el VIH/SIDA. Sin embargo, lo que es rentable depende de muchas cosas. Las políticas gubernamentales también hacen una gran diferencia aquí. Por ejemplo, consideremos el cambio climático. El precio del carbono en todo el mundo está considerablemente por debajo del costo social de las emisiones de carbono (por ejemplo, el aumento del nivel del mar y las olas de calor). Como resultado, el beneficio económico que hoy obtiene el sector privado al inventar tecnologías para reducir el carbono es mucho más bajo de lo que debería ser. El problema es que a menudo vale más la pena invertir en innovaciones para reducir los puestos de trabajado, que en reducir las emisiones de carbono, precisamente porque no tenemos un precio realista del carbono. Puedes ver esto cada vez que vuelas en un avión. Tenemos controles automáticos en los quioscos, y una gran parte del vuelo se realiza en piloto automático, sin embargo, hemos avanzado muy poco en tecnologías que nos permitan volar sin emitir enormes cantidades de carbono.

—Hay demandas por más restricciones y/o regulaciones. ¿Cuál es el papel de los gobiernos en esa materia?

—En mi opinión, el gobierno debe desempeñar un papel importante para determinar cómo se adoptan las tecnologías y cómo afectan el trabajo. Y, por supuesto, esto mismo debería ser informado por un debate sólido sobre qué tipo de sociedad la gente realmente quiere. En mi libro sostengo que esta es la conversación que deberíamos estar teniendo y que el gobierno tiene un papel fundamental en la creación de cualquier futuro posible. En “Jobs, Robots & Us” ilustro dos grandes arquetipos de un futuro en Nueva Zelanda: uno de alta automatización con el objetivo de que el empleo tal y como se conoce hoy sea mucho menor (menos horas a la semana, y algunas personas sin trabajar pero con una renta básica); y otro de menor automatización y mayor empleo. Los gobiernos deben pensar en sus propias inversiones en investigación y desarrollo, hechas a través de universidades e institutos de investigación, por ejemplo: ¿ayudan a apoyar tecnologías que también pueden crear empleos? ¿Cómo impactan sus sistemas tributarios en la decisión de las empresas de optar por robots o personas? ¿Sus sistemas de educación y bienestar les dan a todos una oportunidad real de un buen trabajo en el futuro? Si no, existe un fuerte riesgo de que la desigualdad se profundice aún más.

—Hoy existen planteos sobre jornadas laborales más cortas para poder dar trabajo a toda la mano de obra ofrecida. ¿Ese será el futuro?

—Este tipo de opciones podrían ser parte del futuro. Para mi el punto clave es que el futuro del trabajo depende de las decisiones que tomamos hoy. A través del gobierno, las empresas y los consumidores, podemos determinar cómo se desarrolla y se adopta la tecnología. Y esto, junto con las nuevas tecnologías en sí mismas, nos da la oportunidad de dar forma al tipo de sociedad en la que queremos vivir. Con el tiempo, eso puede abrir la posibilidad de trabajar menos horas, por ejemplo, tal vez incluso dramáticamente menos y la introducción de una renta básica. Por supuesto, incluso con las nuevas tecnologías todavía hay que hacer concesiones. Si menos personas trabajan, ganaremos menos como país de lo que ganaríamos si todos trabajaran. Mi opinión es que deberíamos seguir buscando un futuro en el que el trabajo desempeñe un papel muy central en la vida de las personas, por el significado que le da a las personas, la conexión social y, claro está, el ingreso que proporciona. En lo que realmente debemos centrarnos es en hacer que el trabajo funcione mejor para más personas. Pero si queremos hacer eso, realmente necesitamos comenzar ahora, porque la ventana que hoy tenemos no durará para siempre. Y si no la usamos podría ser que terminamos con un futuro de mayor desigualdad, trabajo más inseguro, y muchas personas luchando por encontrar un trabajo.

(*) Economista nacido Nueva Zelanda. Trabajó en McKinsey and Company, el Banco Mundial y The Economist. Estudió economía y ciencias políticas en la Universidad de Cambridge y una maestría en Administración Pública y Desarrollo Internacional en Harvard.

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