ENTREVISTA

Interrogantes de una crisis sin precedentes

Hoy sobrevuela el espectro del estancamiento secular o la «japonización» del mundo desarrollado, en particular de Europa.

Carlos Winograd – Docente de Economía de la Escuela de Economía de París y de la Universidad de Paris Saclay, y ex Secretario de Comercio de Argentina.
Carlos Winograd – Docente de Economía de la Escuela de Economía de París y de la Universidad de Paris Saclay, y ex Secretario de Comercio de Argentina.

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Todas las crisis económicas que ha debido afrontar la humanidad, en mayor o menor medida dejan enseñanzas que pueden tomarse en cuenta a la hora de enfrentar la actual crisis, más allá de las características particulares del fenómeno derivado de la pandemia. Para el investigador y docente argentino Carlos Winograd, uno de los principales temas de preocupación, desde el punto de vista económico, son los elevados niveles de endeudamiento público en el mundo desarrollado. Advierte que los mercados financieros son altamente volátiles y una reversión de expectativas puede tornarse muy costosa económica y socialmente si se enfrenta una crisis de credibilidad sobre el futuro repago de la deuda pública. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿Qué enseñanza nos dejan otras crisis globales para comprender la actual?

—Hay aprendizajes tanto de crisis económicas como de crisis epidemiológicas. La Gran Pandemia de la Gripe (española) en 1918 provoco, según cálculos del Instituto Pasteur, entre 20 y 50 millones de muertes, 3-5% de la población mundial de entonces. En términos económicos implico una reducción de 6% de la producción mundial. Hoy la OCDE estima para el 2020 una caída similar de la economía (-6%) en el mejor de los casos, y de -7,6% si tenemos un rebrote generalizado, que parece en vías de verificarse. Aquella epidemia fue devastadora, pero en un mundo menos denso y menos urbano. A diferencia del COVID-19, la mortalidad se concentraba en los jóvenes es decir directamente en los trabajadores activos y no en los adultos mayores.

— Otros analistas la han comparado con la gran depresión iniciada en 1929…

—Esa crisis generó una caída de -8,5% del PIB mundial en 1930, y 28% entre 1929 y 1933. También se la compara con la gran crisis financiera y la recesión hace más de una década (-4% en 2008). Estas dos grandes crisis globales detonan una fuerte caída inicial de la demanda. En esta crisis ocasionada por el COVID-19, el riesgo epidemiológico conduce inicialmente a una brutal caída de la oferta, debido al “coma inducido” por las cuarentenas, y el retiro de los trabajadores de las actividades económicas. Luego el corte del flujo de gastos induce una caída de la demanda. Los efectos de repercusión a través del comercio internacional agravan la contracción de la producción. La pregunta es cómo saldremos de esta recesión, y cuáles serán los impactos a mediano y largo plazo.
La gran depresión de 1930 comienza con una crisis financiera, pero luego se extiende y profundiza debido a la fuerte contracción del comercio global. Las políticas públicas de entonces tienden a ser, inicialmente, restrictivas tanto en lo monetario como en lo fiscal. En el campo político, asistimos entonces a la expansión de los nacionalismos autoritarios que desembocaron en la tragedia de la segunda guerra mundial. Como en la crisis de 2008, en la actualidad los bancos centrales y fiscos han implementado paquetes expansivos masivos.

—¿Qué pasará con la economía global a mediano plazo? ¿Confía en un rebote fuerte, en que se cumplan los pronósticos de crecimiento en V?

—Existe una importante incertidumbre sobre cómo saldremos de esta crisis y su impacto de mediano y largo plazo. La extensión del periodo de convivencia con la pandemia sigue siendo incierto, la aprobación de las vacunas en proceso de desarrollo y la implementación efectiva generalizada del proceso de vacunación también es incierta. El actual estado de cosas puede ser más prolongado de lo deseado. Pero el corto plazo post pandemia mostrará un rebote fuerte de la producción en todas las regiones, países desarrollados y en desarrollo. Sin embargo, en muy pocos países, la recuperación del 2021 compensará completamente la caída de 2020. China parece haberse recuperado rápidamente, y es un dato interesante, pero en el marco de la ralentización del crecimiento de la economía del gigante asiático. La evolución de la economía China no es solo fundamental para los países exportadores de materias primas, pero en la actualidad, por su tamaño es también un determinante muy significativo del crecimiento de la economía de los países desarrollados.
En cuanto a los países del Mercosur, fuertes exportadores de alimentos, es relevante observar que la recesión mundial producto de la pandemia ha producido fuertes caídas de los precios de las commodities. Sin embargo, han sido mucho menores en productos del agro que en metales y el petróleo, y ya están rebotando.

—¿Qué panorama se espera, en materia de deuda pública, después del enorme esfuerzo realizado por muchos países para contener los efectos de la crisis?

—Las economías desarrolladas y emergentes han reaccionado al COVID-19 con políticas fiscales super expansionistas que implicarán un aumento de los ya elevados niveles de deuda. El endeudamiento público de la mayor parte de los países desarrollados llega a indicadores inéditos en relación al PIB, en más de 100 años. Encontramos tasas de endeudamiento público similares al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. En los países emergentes las situaciones varían entre regiones y al interior de las regiones. En Asia, salvo India y Pakistán los países del sudeste asiático y China muestran niveles de deuda pública relativamente bajos. En América Latina, Brasil muestra niveles de deuda muy elevados, y en la otra punta Chile, y Perú mantienen niveles bajos, y disponen de mayores “municiones” fiscales para enfrentar la economía de la pandemia.

—Esos niveles de endeudamiento público de los países desarrollados, ¿son sustentables?

—La respuesta es motivo de intenso debate. Muchos argumentan que, en una economía global con tasas de interés cercanas a cero, en algunos países negativas, la situación de endeudamiento es sustentable. Japón, con un ratio de deuda superior a 230% del PIB sería el faro que muestra que el mercado financiero podrá absorber aún más endeudamiento. Sin embargo, lo que es en algún momento sustentable para alguno, puede no ser sustentable para todos al mismo tiempo. Por otra parte, también es Japón, la economía súper dinámica de los años 1960 hasta fines de los `80, estancada con muy débil crecimiento hace 30 años, el faro del temido estancamiento secular de los países del norte.
Otros economistas, entre los que me incluyo, consideran que los mercados financieros son altamente volátiles y una reversión de expectativas puede tornarse muy costosa económica y socialmente si se enfrenta una crisis de credibilidad sobre el futuro repago de la deuda pública. Más aun el recurso sistemático a los instrumentos monetarios y fiscales reduce los grados de libertad para enfrentar futuros shocks adversos de diferente tipo. No parece insensato aprender no solo de las epidemias para la respuesta sanitaria, pero también considerar la necesidad de recomponer la “capacidad de fuego económica del Estado” para responder a escenarios negativos en el futuro. Por otra parte, si las expansiones monetarias y fiscales son un instrumento inevitable para enfrentar los shocks adversos reales, financieros o epidemiológicos, muestran severas limitaciones para promover fuentes de crecimiento sustentables de la economía mundial.

—¿Cómo salir entonces de esa situación?

—Si cierto principio de prudencia macroeconómica predomina después de una fase de convalecencia post pandémica y se deciden implementar reducciones de los desequilibrios fiscales, y graduales disminuciones de los ratios de endeudamiento, surgen varias preguntas: ¿será viable? ¿Cómo hacerlo? ¿Qué instrumentos y que legitimidad política? Una respuesta simple nos conduce a dos “sospechosos” clásicos: subir los impuestos, o reducir el gasto fiscal.
El problema es que la suba de impuestos chocará con el objetivo de incentivar el consumo y la inversión para sostener la reactivación económica, y la reducción del gasto fiscal enfrenta una demanda creciente de mayor Estado de bienestar. Un dilema complejo en el marco de una crisis estructural del modelo del Estado de bienestar, producto del envejecimiento de las poblaciones de la mayor parte de los países del Norte y de la anemia de crecimiento de muchas economías desarrolladas. ¿Qué ingeniería política y social permitiría encontrar una diagonal en un mundo desarrollado cada vez más polarizado y con crecientes liderazgos populistas? Este es otra interrogante.

—¿Y la política monetaria?

—En cuanto a la política monetaria, los bancos centrales están realizando esfuerzos históricos, necesarios para contener la caída y estabilizar los sistemas financieros, pero las tasas de interés cercanas a cero y el estancamiento secular ponen en duda su efectividad para impulsar el crecimiento. Durante años en Estados Unidos se decía, que el Gobernador de la Reserva Federal (presidente del Banco Central) era la segunda persona más importante del país, pero con los actuales niveles de liquidez y tasas casi cero, no hay que esperar mucho de la Reserva Federal o el Banco Central Europeo para promover un crecimiento sostenido. Su rol en los próximos años seguirá siendo importante para enfrentar futuras crisis, y asegurar la estabilidad del sistema financiero, pero no tienen poder de fuego para mover las locomotoras de las economías desarrolladas.
Una era de crecimiento sostenido contribuiría a “navegar” este escenario poblado de restricciones. Pero ¿de dónde podría venir dicho crecimiento? Algunos “optimistas” del endeudamiento sostenible ponen las fichas en un proceso de fuerte inversión pública en infraestructura y ganancias de productividad a través de este impulso económico. Nuevamente, la pregunta: ¿cuánta deuda pública es mucho y cuán sustentable?

—¿Cuál puede ser la respuesta a esa interrogante?

—Como observamos antes, al final de la Segunda Guerra Mundial el mundo también tenía niveles de deuda pública muy importantes y se fueron reduciendo en décadas subsiguientes. Pero veamos las analogías entre la posguerra y la actualidad. Entonces, el escenario internacional se caracterizaba por bajas tasas de interés, e inflación moderada. Pero además en el periodo de posguerra asistimos al fenómeno de dinamismo demográfico llamado el “baby boom”. La economía mundial mostraba entonces un crecimiento robusto y sostenido que iba licuando el exceso de deuda heredado de la salida de la Segunda Guerra Mundial, y simultáneamente resultaba en mejoras continuas del nivel de vida en los países desarrollados.
Hoy también tenemos tasas de interés muy bajas, baja inflación e incluso tendencias deflacionistas, pero no se vislumbra buena demografía para estos países, sino un continuo proceso de envejecimiento de la población. El recurso de la inmigración para ampliar la población activa es fuente de significativa conflictividad social y política. El fuerte crecimiento económico que se observa durante varias décadas de posguerra es hoy esquivo, y sobrevuela el espectro del estancamiento secular o la “japonización” del mundo desarrollado, en particular de Europa.
Tal vez nos veamos reflexionando cómo generar una fase de inflación moderada “transitoria” en los países desarrollados para facilitar la licuación gradual del endeudamiento y no quedar a merced de una eventual crisis planetaria de deuda pública en el futuro. Extraña alquimia de un mundo que realizo denodados esfuerzos en el pasado para dominar los costos económicos y sociales de una inflación crónica. La mirada para los países emergentes y en desarrollo respecto a cuestiones fiscales y monetarias es otra película, y merece reflexiones complementarias.

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