OPINIÓN

La insostenibilidad de la política económica en el ciclo del PT

Para trazar las líneas de futuro, vale la pena repasar el pasado.

Foto: Reuters
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El mandato del presidente Bolsonaro continúa camino a cerrar su segundo año y comienzan los movimientos hacia 2022. Ciertamente, tras las elecciones municipales y, principalmente, tras la renovación de la presidencia del Senado en febrero, el movimiento político cobrará velocidad.

El momento es de reflexión. El ex candidato a presidente Ciro Gomes publicó el volumen “Projeto nacional: el deber de la esperanza con tus ideas”. Más recientemente, la Fundación Perseu Abramo, un grupo de expertos del Partido de los Trabajadores, publicó el documento “Plan para la reconstrucción y transformación de Brasil”. A fines del año pasado, Armínio Fraga publicó el artículo “Estado, desigualdad y crecimiento en Brasil” en la revista Novos Estudos Cebrap. Todos estos esfuerzos son importantes y contribuyen a que el próximo proceso electoral tenga como punto de partida una reflexión más profunda sobre nuestros problemas y desafíos.

A juicio de esta columna, el inicio de cualquier debate sobre el rumbo del país tiene que ser una valoración correcta de la última larga hegemonía política que tuvimos, los 13 años y medio de gobiernos del PT.

Aunque fue el período más popular para un presidente, la era del PT terminó con la mayor crisis de nuestra historia. Con el tiempo, es posible mirar esta fase histórica con mayor distancia. La evolución de las series macroeconómicas, así como la revisión de los datos y la elaboración de las estadísticas definitivas, permite una apariencia más equilibrada.

Son muchos los indicios de que la política económica seguida desde 2006, tras la salida de Palocci del Ministerio de Hacienda, no fue sostenible. El objetivo de la columna es recopilar este conjunto de pruebas.

La primera señal la da el mejor termómetro que tiene una economía en tiempo real: la inflación. El IPCA, tras el nadir (punto más bajo) de finales de 2006, cuando alcanzó el 3%, empezó a crecer, lentamente, hasta el 6,5% a finales de 2014. Esta tendencia se refuerza cuando miramos la media de cinco núcleos del inflación: nadir algo más del 3% anual a finales de 2006 y del 7% a finales de 2014.

Pero las cosas salen mal incluso cuando miramos la inflación de los servicios. Comienza desde el 4% a mediados de 2007 hasta el 9% a fines de 2014. Solo no hubo un deterioro total porque los precios administrados fueron contenidos artificialmente hasta principios de 2015.

Una segunda señal fue la reducción de la rentabilidad de las empresas privadas.

Carlos Rocca ha realizado una cuidadosa documentación de la evolución de las condiciones del balance de las empresas no financieras en el Centro de Estudios del Mercado de Capitales (Cemec). Documentó claramente que los problemas del sector privado son anteriores a la Operación Lava Jato (1).

La inversión de las empresas, que de 2006 a 2010 promedió el 8% del PIB, cae al 7,3% en 2011, al 6,91% en 2012, al 4,68% en 2013 y 3,80% del PIB en 2014. Es decir, en 2014, antes de que Lava Jato impactara la vida de las empresas, (2) la inversión para las empresas de la muestra de Rocca fue menos de la mitad del promedio observado en el segundo período de Lula. El motivo de la caída de la inversión fue la caída de la rentabilidad. Si, en el segundo mandato de Lula, la ganancia de la muestra de Rocca fue en promedio alrededor del 4,9% del PIB, cae a 4,4% en 2011, 2,5% en 2012, 2,3% en 2013 y 1,2% en 2014, antes, por tanto, de la Operación Lava Jato.

La gran crisis brasileña estuvo precedida por un largo período de caída de los beneficios y de la inversión privada.

Una tercera señal provino del empeoramiento de las cuentas externas. Tomando las cuentas nacionales trimestrales del IBGE, las exportaciones netas, a precios corrientes, alcanzaron su cenit del 3,4% del PIB en 2005 y un nadir del -2,7% del PIB en 2014. Un giro de 7,1 puntos porcentuales (pp) de las exportaciones netas. A precios constantes, la facturación fue de 8 p.p. del PIB.

Una cuarta señal fue mapeada recientemente por mi colega de IBRE, Luana Miranda. Un tema importante es cómo evolucionan la inactividad de la economía y la intensidad del uso de recursos. Esta es la medida más importante para evaluar la sostenibilidad o no de la política económica. Luana mostró que, entre mediados de 2006 y 2016, la economía operó con el uso excesivo de factores de producción. Como hemos visto, la inflación ha aumentado, pero no se ha disparado, ya que también ha crecido mucho la absorción de ahorro externo, además del alivio temporal e insostenible promovido por el congelamiento de los precios administrados.

A partir de los datos sobre el nivel de ociosidad de la economía calculados por Luana, otra compañera del IBRE, Vilma Pinto, produjo la serie de déficit público estructural, que es el que descuenta las fluctuaciones provocadas por el ciclo económico.

Tras el pico del + 3,9% del PIB en 2005, el resultado estructural cae a + 2,42% en 2006, negativo en 2010, alcanzando el -2,15% del PIB en 2013 y un increíble -4,5% del PIB en 2014. La correlación simple entre el déficit público estructural y las exportaciones netas a precios corrientes es 86%. Son casi la misma estadística.

Pero la insostenibilidad de la política seguida durante el período del PT no se revela solo en las políticas macroeconómicas. Varias políticas públicas no arrojaron los resultados esperados. Por ejemplo, en una publicación reciente para el Blog IBRE, documenté que los enormes recursos gastados en el programa Minha Casa Minha Vida no lograron reducir el déficit de vivienda en absoluto.

También estudios del Ipea mostraron que el programa de reconstrucción de la industria naval, Promefe, no salió bien. La investigación realizada por el Ipea indicó que, entre 2005 y 2011, la productividad laboral en los astilleros no aumentó. Hubo seis años en los que deberían haberse producido avances en el aprendizaje (3).

Sin ganancias expresivas en aprendizaje, la política no es sostenible. El mismo informe señala que el costo laboral unitario (relación entre costos y productividad de la misma cantidad de mano de obra) en la industria de la construcción naval en Brasil es 11 veces mayor que en China y cinco veces mayor que en Corea del Sur (4). Existe evidencia de que la principal diferencia de costos en el sector entre Brasil y los asiáticos es el costo de la mano de obra (5).

Entonces, para pensar en el futuro, es necesario que estemos dispuestos a mirar el pasado reciente con un mínimo de objetividad y que analicemos las experiencias que tuvimos sin el calor de la disputa. Las sociedades toman decisiones, decisiones políticas. Pero la calidad de la implementación de las medidas y la coherencia de los diagnósticos debe ser siempre el primer paso. De lo contrario, tendremos un cierto colapso.

(*) Investigador asociado en Instituto Brasilero de Economía de la Fundación Getúlio Vargas (IBRE/FGV) para la revista Cojuntura Económica.

(1) Ficha ppt del XVI Seminario Cemec, desafíos de reanudar la inversión privada y el crecimiento: la necesidad de una nueva estrategia de crecimiento, por Carlos A. Rocca, de Cemec en Ibmec (São Paulo, diciembre de 2016).
(2) La operación inicia en marzo de 2014 y se encuentra plenamente desarrollada en marzo de 2016, cuando se hicieron públicos los casos que involucran a Odebrecht.
(3) Véase el informe de investigación “Competitividad y fiscalidad en la industria naval brasileña: peso de los impuestos sobre el precio de los petroleros y plataformas marinas” del Ipea 2014 de Marcello Muniz da Silva, p. 51, gráfico 9.
(4) Ídem, pág. 53.
(5) Ver pág. 419 del capítulo 10, “Estructura de costos y fiscalidad en la industria de la construcción naval: comparando Corea del Sur, China y Brasil”, de Marcello Muniz da Silva, en el libro Ressurgimento da naval do Brasil, organizado por Carlos Alvares da Silva Campos Neto y Fábiano Mezadre Pompermayer, Ipea, 2014.

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