Isaac Alfie

La inflación es solo el síntoma

La semana pasada finalmente la medición oficial del aumento de precios al consumo sobrepasó el 10% anual. El hecho en sí era esperado y muchos ya habían dado por descontado que si no era en febrero lo sería en marzo.

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Inflación. Foto: Google

En los hechos, cualitativamente no es muy diferente una inflación de 9,7% a una de 10,2%, pero tanto se habló de los "dos dígitos" que todo pareció cambiar, cuando nada cambia. Es más, como las autoridades tiempo atrás alteraron (elevaron) el umbral de aumento de precios anualizado a partir del cual "hay que sentarse a negociar salarios" —sin obligación de acordar nada—, tampoco esto ocurrirá.

Desequilibrios.

La inflación en sí no es otra cosa que la manifestación de desequilibrios económicos. En los hechos es consecuencia de que la tasa de variación de la cantidad ofertada de dinero supera a la correspondiente de demanda y, entonces, las personas se desprenden de ese exceso de dinero "no deseado".

El punto es ¿por qué no se demanda toda la oferta adicional de la moneda local? Los agentes demandan dinero en función de las transacciones que realizan, precaución y ahorro. Las transacciones son función del nivel de actividad (PIB) y el ahorro en determinada moneda depende de la confianza que en ella se deposite y la tasa de interés —relativa al resto de las opciones— que se abone por las tenencias.

Puede ser que la tasa de expansión de la oferta anual sea 30%, 40% o aún superiores, ante lo cual resulta obvio lo poco razonable que la demanda crezca a ese ritmo. Lo usual en estos casos es que las tasas de inflación sean "parecidas" a las de expansión en la oferta monetaria, y que la razón última sea que el Banco Central financia al gobierno para solventar su déficit, aumentando la oferta de dinero sin contraerla lo suficiente mediante operaciones de mercado abierto. Si el déficit fiscal es muy grande y las posibilidades de endeudamiento reducidas, la emisión cubre la diferencia, siendo el desequilibrio fiscal la causa última de la inflación.

Ahora bien, al menos hasta el momento, lo descrito no es lo que actualmente pasa en nuestro país, tanto en materia de expansión monetaria como de tasas de inflación. El BCU expande la cantidad de dinero por debajo del 9% anual, bastante menos que antes y por debajo del aumento de los precios, e igual la inflación está en aumento. ¿Por qué? Dos factores lo pueden explicar, tanto por separado como juntos, sumando efectos. El primero, que la actividad esté cayendo y, por tanto, se necesite menos dinero para "mover" el PIB y, el segundo que, por alguna razón, la demanda de dinero nacional esté disminuyendo; una especie de "huida" de la moneda local, un cambio de portfolio. Ambas cosas están sucediendo, aunque la segunda —la reducción en la demanda de dinero— lleva casi dos años desde que comenzó, no es abrupta ni dramática, pero si persistente y, seguramente no cese hasta que la expectativa devaluatoria haga lo propio. Los agentes perciben que la valuación de la moneda local es demasiado alta para los fundamentos de la economía real y, por tanto, esperan un debilitamiento que a su vez precipitan vendiendo sus pesos y comprando moneda extranjera.

Cambios.

La devaluación del peso tomó fuerza en el 2015, en los hechos medida en promedios anuales desde 2003 podríamos decir que nunca la devaluación del peso frente al dólar fue superior a la inflación hasta 2014, donde la sobrepasó en 4,2%, —en 2009 fue 0,7% mayor—. En 2015, la devaluación superó a la inflación en 8,2% y lo más probable que en 2016 lo haga en más de 10%. Sin embargo, hasta el fin del año pasado el aumento del dólar no parecía tener un impacto significativo en los precios y ello obedeció a que simultáneamente se producía una significativa caída de los precios internacionales, tanto de los bienes que importamos como de los que exportamos, potenciada por la depreciación del real brasileño.

El shock deflacionario recibido "compensaba" el aumento del dólar, de hecho cuando se compara el aumento doméstico de los precios de los bienes transables con la caída de los mismos en dólares y el aumento del tipo de cambio, la cuenta "cierra a la perfección".

Ahora, desde hace ya dos a tres meses los precios internacionales han cesado de caer y, por ende, de aquí en más los aumentos en la cotización de la moneda extranjera tendrá un traslado directo a los precios domésticos. Algo de eso ya empezó a suceder. Hemos dejado de importar deflación y, difícilmente lo hagamos salvo una importante devaluación en Argentina.

Detenerla.

Dada la caída en la demanda de dinero y el cese de las presiones deflacionarias externas, detener el aumento de la inflación y más aún, lograr una reducción requiere bajar la tasa de expansión de la cantidad de dinero, pero también coordinar la política fiscal para reducir el gasto (evitando presiones sobre el precio de los bienes no transables) y desindexar la economía. Transitoriamente si únicamente se usa la política monetaria, seguramente vía aumentos de las tasas de interés, se puede lograr parte del objetivo, pero "todo el trabajo" recaerá sobre la cotización del dólar, cortando el proceso de ajuste hacia un valor más acorde con los fundamentos del tipo de cambio real, afectando el nivel de actividad.

Mantener a raya la inflación será más difícil de aquí en adelante porque la ayuda externa (deflación) se desvanece y no es no un escenario de alta probabilidad que retorne. En las autoridades locales está la respuesta.

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