OPINIÓN

Inclusión de los adultos en el mundo laboral: un imperativo para sociedades que envejecen

Es hora de terminar de relacionar a la tercera edad con la vejez y centrarnos en encarar el desafío de una nueva reforma previsional.

Foto: Pixabay
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Albert Einstein decía que “todo debe hacerse tan simple como sea posible, pero no más”. Una de las recetas del éxito de las películas más taquilleras de Hollywood es ser, en esencia, simples: el mundo se divide en personajes malos y buenos. Todo lo negativo que sucede es por culpa de los primeros, mientras que los segundos erradican los problemas. No existen grises, ni se busca confundir o generar conflicto en el espectador.

Sin embargo, la realidad es más rica y compleja. Por lo tanto, requiere de perspectiva. En ese sentido, cuando decidimos analizar los sistemas pensionales, nos enfrentamos al desafío de no caer en la simplificación irreal de “buenos y malos”. Cuando lo hacemos y dividimos al mundo de una forma dicotómica, creemos que eliminando algunas opiniones hacemos que desaparezcan los problemas, pero eso no sucede; no desaparecen.

El progreso de las sociedades y el avance de la humanidad en diversos campos han llevado —casi con independencia de su nivel de desarrollo— a aumentar su longevidad. Los esquemas previsionales, que resultan estructuras pensadas para el largo plazo, no presentan hoy en día estrategias claras para contemplar estas dinámicas contemporáneas y las vertiginosas transformaciones sociales que han acontecido en los últimos tiempos.

La longevidad es algo deseable y ese es el punto de partida para encarar el desafío al que nos enfrentamos. Que los sistemas previsionales estén en jaque es consecuencia de este elemento.

Nuestras estrategias pasadas —provenientes del siglo XIX—, difícilmente funcionen en el futuro. Eso nos presenta incertidumbre, nos provoca miedo al cambio y nos genera ansiedad. Todo esto parece un asunto complejo y repleto de aristas, por lo que simplificarlo resulta un camino por demás atractivo.

Antes de la llegada de los sistemas previsionales, la familia era el resguardo económico del adulto mayor. Aquellas personas desconectadas de su núcleo familiar, ante la incapacidad de valerse por el trabajo propio, quedaban expuestas a la pobreza y la pauperización de su forma de vida. Las sociedades han lidiado de manera distinta con este tema, pero casi todas desarrollaron redes de contención basadas en transferencias de recursos hacia estos colectivos. La idea funcionó bien durante bastante tiempo y fue a partir de allí que se fundó el concepto de “solidaridad”. No obstante, parecería que éste es replicado con bastante romanticismo, ya que no resulta fácil mirar hacia atrás y encontrar épocas con jubilados felices con sus prestaciones.

La llamada “solidaridad” de los sistemas pronto empezó a parecerse más a un reparto de recursos. En la medida en que la población adulta fue creciendo respecto a la total, las transferencias ya no sustentaban las necesidades, por lo que se empezó a repartir lo que había, a racionar. Cuando proyectamos dicho sistema hacia el futuro, lo que se hace claro es que esa “solidaridad inter generacional” aparece como muy injusta con las nuevas generaciones y se transforma en una imposición de transferencias crecientes, una mochila cada vez más pesada para ellas.

Se habla de reformas, de cambios paramétricos y de consolidación de colectivos, todos elementos ya implementados en el pasado. Sin embargo, queda un ámbito a trabajar y que está en la base misma de los sistemas previsionales: los adultos en nuestra sociedad, ¿pueden considerarse “pasivos” a los 60 años?

Creo fervientemente que el porcentaje de estos adultos con habilidades cognitivas plenas, con experiencia, capacidad e intención de seguir una vida dinámica, supera ampliamente a aquellos que requieren de una asistencia completa. El capital humano que tenemos en estas generaciones es inmenso y debemos aprovechar todo el valor que tienen para aportar, orientando la discusión hacia la búsqueda de la forma más acertada para incluirlos. Esto no excluye la realidad de que siempre habrá colectivos que tendrán que ser atendidos de manera específica, con potenciales transferencias a nivel de la sociedad.

Sin lugar a dudas, habrá que tener la flexibilidad suficiente y entender que estas personas tal vez no puedan o quieran desarrollar jornadas laborales tan extensas, o comprender que las condiciones para ellos no están dadas en ciertos puestos de trabajo. Todo nos remite, nuevamente, a tener siempre presente que las cosas no son “en blanco o negro”.

Asimismo, corresponde que los lugares de trabajo empiecen a reflejar estas dinámicas. Los adultos mayores serán el segmento de población que más rápido crecerá en las próximas décadas. Hay países que de manera muy proactiva, junto a su sector privado, ya están siendo inclusivos al incorporar a los adultos mayores que desean seguir trabajando. Lo hacen adaptando sus instalaciones, desde las fábricas hasta las oficinas y definiendo jornadas parciales de trabajo.

La situación actual, generada por la expansión del coronavirus a nivel mundial también llegó para marcarnos algunas de las dinámicas del futuro próximo, e impulsarnos a adaptarnos cultural y tecnológicamente a nuevas formas laborales. En esa línea, quedó en evidencia que el teletrabajo es una gran oportunidad para Uruguay y el mundo entero, y que resulta también un recurso válido para acercar más opciones de trabajo a la tercera edad.

Es hora de terminar de relacionar a la tercera edad con la vejez. Al igual que ocurrió con la adolescencia, que comenzó a identificarse como una etapa luego de las guerras mundiales, el adulto mayor activo es una etapa que empieza a definirse y que necesita diferenciación.

Debemos centrar nuestros esfuerzos en enfrentar el desafío de cómo encarar una reforma previsional. El cuestionamiento de si se debe o no extender la edad de retiro se plantea de manera inadecuada, ya que se crea a partir de una lógica dicotómica y se enfrenta con la idea errónea de “buenos y malos”. Debemos reconocer que hemos avanzado un buen trecho en cómo hacerlo: la creación de una comisión de expertos que tendrán 180 días para acercar una serie de recomendaciones es un claro ejemplo. Serán acuerdos primarios, y seguramente den lugar a otros que requieran más tiempo para ser laudados. Inicio tienen las cosas; y ese es el camino que estamos comenzando a andar.

(*) Columnista invitado, Gerente General de AFAP SURA

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