OPINIÓN

La importancia de la permanencia de las políticas

Un historial continuo de buenas decisiones que definen las fortalezas del país.

Foto: Pixabay
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Una mirada a los acontecimientos que se suscitan en Argentina, sirve para aquilatar la importancia de la permanencia y calidad de las políticas macroeconómicas. Sin duda, son la contracara necesaria para que transcurran fluidamente los debates necesarios sobre las visiones de largo plazo, se apacigüen las ansiedades sociales exacerbadas en tiempos extraordinarios como los actuales y a quienes gobiernan, les eviten correr desde atrás la resolución de los problemas del día a día. Esa dinámica deja exhausto a cualquier gobierno y su derivada son tensiones políticas que degradan la calidad de la gestión e irritan el funcionamiento de la sociedad.

Esa realidad tan cercana actúa como un escenario contra fáctico sobre cuáles son los efectos de políticas alternativas en la resolución de situaciones críticas similares. En esa mirada transversal sobre dos realidades a lo largo del tiempo, se confirma la bondad de posturas que nuestro país convirtió en puntales permanentes de su gestión macroeconómica. Remontándonos a casi medio siglo atrás, se puede tomar como punto de arranque la decisión de liberar la operativa del mercado de cambios en 1974, para de ahí en más ir sumando políticas de modernización y consolidación macroeconómica complementadas con la apertura comercial, que convirtieron la matriz productiva del país esencialmente en exportadora de bienes y servicios y que dieron lugar a la derrota de la inflación perforando el piso de los dos dígitos, a mediados de los noventa, después de décadas de inflaciones promedio del 60% anual.

También la reforma del sistema previsional, para otorgarle al fisco sostenibilidad de largo. Y luego, la resolución de una crisis bancaria devenida en crisis de endeudamiento, sin lesionar ninguna de las políticas previas ni renunciando a la protección del cumplimiento de los contratos. Por sobre todas las cosas, buscando los consensos políticos y sociales para capear con el menor costo posible una situación compleja y dejar listo el país para el crecimiento. En otras palabras, ir conformando un marco operativo e institucional amigable para la inversión, con el objetivo de facilitar el crecimiento como recurso genuino básico para generar mejoras sociales permanentes.

Lo sucesos recientes en Argentina sobre los resultados de su última reestructura de deuda y el pago de la deuda contraída con el FMI, aportan ejemplos sobre la importancia de la calidad y permanencia de las políticas. Una manera de aquilatar una opinión al respecto, es contrastarlo con lo que nos ocurrió en la crisis del 2002 y cuál fue el devenir posterior de los acontecimientos, incluido el pago de nuestra abultada deuda con el FMI y los préstamos de emergencia con el Banco Mundial, contratados a raíz de la crisis bancaria.

Un primer punto diferencial con la realidad actual de Argentina es que Uruguay, después del canje en mayo del 2003, logró que su riesgo país cayera rápidamente, además de recuperar su acceso al mercado internacional de capitales. Ya en octubre de ese año, emitió un bono global en moneda local que fue el primero de su tipo colocado por una economía emergente. En estos momentos, el riesgo país de Argentina sigue prácticamente en los mismos niveles previos al de su último canje, lo que en la práctica significa no contar con financiamiento externo, tanto para el sector público como el privado, a tasas razonables.

Otro punto relevante a destacar es que la modalidad del canje de deuda preservó lo más posible el patrimonio de los fondos de pensión, los cuales mayoritariamente estaban invertidos en instrumentos de deuda pública.

También viabilizó el afincamiento y financiamiento de inversiones privadas extranjeras. En la decisión de la inversión para la primera planta de UPM, obviamente jugó un papel muy importante la calidad de instituciones que transitaron airosas la tempestad de una crisis inédita. Como también, que el país y las empresas contaban con acceso al financiamiento privado y de los bancos multilaterales.

La permanencia de esas políticas continuó a pesar de un cambio de gobierno que significó la llegada al poder de la izquierda por primera vez en la historia del país. Y a través de dichas políticas, se pudieron disipar los últimos vestigios remanentes de la crisis previa encaramados en el financiamiento extraordinario de corto plazo aportado por el FMI y organismos multilaterales, para apuntalar la reestructura del sector bancario.

Sus vencimientos ya comenzaban a devengarse en 2006, lo cual implicaría nuevas negociaciones con esos organismos para estirar los plazos a través de programas de facilidades extendidas. Todo lo cual consume tiempo, y distrae a las administraciones de dedicarse a solucionar otras urgencias más prioritarias.

Aprovechando el acceso fluido a los mercados que gozaba el país y la abundante liquidez imperante, se pudo pagar esas deudas de emergencia de corto plazo en su mayor parte emitiendo deuda a largo plazo (30 años) en los mercados globales, incluso en unidades indexadas.

Todo ello gracias a que el gobierno saliente en 2005 preservó a rajatabla durante la crisis los puntales macroeconómicos básicos de larga data y adoptó una estrategia de resolución del endeudamiento adecuada. Eso fue retomado por el gobierno siguiente y lo siguió gestionando adecuadamente, de acuerdo a lo que muestran los indicadores de endeudamiento en cuanto a la extensión de perfil de vencimientos, desdolarización y tasas de interés fijas. Son conductas que constituyen otro puntal de la gestión macroeconómica, lo cual confirma que la calidad y permanencia de las políticas aporta dividendos importantes a la sociedad en el largo plazo, lo que nos diferencia de otras realidades.

Por eso, los esfuerzos actuales para reducir el gasto público innecesario, las reformas del sistema de seguridad social y la mayor eficiencia de las empresas públicas, son los peldaños siguientes en la senda interminable de mejorar el bienestar social.

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