PAUL KRUGMAN

Ideas para horrorizados

Entonces, qué hacemos ahora? Por nosotros quiero decir todos en la izquierda, el centro y hasta la derecha que vieron a Donald Trump como el peor hombre que haya contendido para la presidencia y supusimos que una sólida mayoría de nuestros conciudadanos estarían de acuerdo.

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Seguidores de Donald Tump celebrando. Foto: AFP

No hablo de replantearse la estrategia política. Habrá un momento para eso; Dios sabe que está claro que casi todos en el centro izquierda, y me incluyo, no tenían ni idea de lo que realmente funciona para persuadir al electorado. Por ahora, no obstante, estoy hablando de la actitud y el comportamiento personales de cara a esta terrible sacudida.

Antes que nada, hay que recordar que las elecciones determinan quién llega al poder, no quién ofrece la verdad. La campaña de Trump no tuvo precedente en cuanto a su deshonestidad; el hecho de que las mentiras no tuvieran un costo político, de que hasta resonaran con un gran bloque de votantes, no las hace menos falsas. No, nuestros barrios marginados no son zonas de guerra con crímenes récord. No somos el país que paga los impuestos más altos en el mundo. No, el cambio climático no es una estafa que promueven los chinos.

Y una vez que estamos hablando de honestidad intelectual, todos necesitan enfrentar la desagradable realidad de que un gobierno de Trump dañará enormemente a Estados Unidos y al mundo. Claro que podría equivocarme; quizá el hombre en la presidencia será completamente diferente al hombre al que hemos visto hasta ahora. Sin embargo, es poco probable.

Desafortunadamente, no solo estamos hablando de cuatro años malos. Los efectos colaterales por lo del martes durarán décadas, quizá generaciones.

A mí me preocupa particularmente el cambio climático. Nos encontrábamos en un punto crucial, acabábamos de llegar a un acuerdo mundial sobre las emisiones y teníamos un claro camino político para mover a Estados Unidos hacia una dependencia mucho mayor en la energía renovable. Ahora, es probable que se venga abajo y el daño bien podrá ser irreversible.

El daño político también se extenderá muy al futuro. Las probabilidades son que algunas personas terribles se convertirán en magistrados de la Corte Suprema. Los estados se sentirán empoderados para participar en todavía más supresiones de electores de las que hicieron este año.

Y también tienen que preguntarse por las libertades civiles. Pronto, la Casa Blanca estará ocupada por un hombre con obvios instintos autoritarios y el Congreso controlado por un partido que no ha mostrado ninguna inclinación a oponerse a él. ¿Qué tan mal se pondrán las cosas? Nadie sabe.

¿Qué hay del corto plazo? Mi primera reacción instintiva fue decir que la trumponomía provocaría con rapidez una crisis económica, pero, después de unas horas de reflexión, decidí que eso, probablemente estaba equivocado.

Las políticas trumpistas no ayudarán a los que votaron por Donald Trump, de hecho, sus partidarios terminarán mucho peor. Sin embargo, es probable que esta historia evolucione gradualmente. Desde luego que los oponentes políticos del nuevo régimen no deberían contar con alguna reivindicación obvia, en ningún momento en el corto plazo.

¿Entonces, dónde nos deja todo esto? ¿Qué, en tanto ciudadanos preocupados y horrorizados, deberíamos hacer?

Una respuesta natural sería el quietismo, darle la espalda a la política. Es, definitivamente, tentador concluir que el mundo se va al infierno y no hay nada que uno pueda hacer al respecto.

Sin embargo, al final, esa no es la forma en la que los ciudadanos de una democracia —lo cual seguimos siendo, al menos uno espera eso— deban vivir. No estoy diciendo que todos deberíamos ofrecernos de voluntarios para morir en las barricadas; no creo que llegue a eso, aunque desearía estar seguro. Sin embargo, no veo cómo se puede uno aferrar al respeto por sí mismo a menos que se esté dispuesto a defender los valores estadounidenses verdaderos y fundamentales.

¿Tendrá, finalmente, éxito esa defensa? No hay garantías. Los estadounidenses, sin importar qué tan laicos sean, tienden a pensar de sí mismos que son ciudadanos de una nación con una providencia divina especial, una que puede dar giros equivocados, pero siempre encuentra el camino de regreso, uno en el que, al final, siempre prevalece la justicia.

No obstante, no tiene que ser cierto. Quizá los canales históricos de la reforma —la oratoria y los escritos que cambian formas de pensar, el activismo político que al final cambia quién está en el poder— ya no son efectivos. Quizá Estados Unidos no es especial, es solo otra república que tuvo su momento, pero está en el proceso de degenerar a ser un país corrupto, gobernado por hombres fuertes.

Sin embargo, no estoy listo para aceptar que eso sea inevitable; porque aceptarlo como inevitable haría que se convirtiera en una profecía que contribuye a cumplirse. El camino para que Estados Unidos retorne a lo que debería ser va a ser más largo y más difícil de lo que ninguno de nosotros esperaba, y es posible que no lo logremos. Sin embargo, tenemos que tratar.

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