ENTREVISTA

El gasto social necesita más foco en la infancia 

Para el doctor en Economía Gonzalo Salas, las transferencias monetarias son un componente indispensable para atacar los principales problemas de pobreza en el país.

Ec. Gonzalo Salas, investigador especializado en Pobreza y Desarrollo. Foto: Leonardo Mainé
Ec. Gonzalo Salas, investigador especializado en Pobreza y Desarrollo. Foto: Leonardo Mainé

Salas, investigador del Instituto de Economía (FCEyA-UdelaR) especializado en Pobreza y Desarrollo, sostiene que aún son insuficientes los recursos que se destinan a políticas para la infancia vulnerable. Sin que signifique restar importancia a las cuestiones fiscales, advierte que limitar el debate sobre la seguridad social a equilibrar el gasto en pasividades y no tener en cuenta que existe una gran desigualad generacional que desfavorece a los niños, es una discusión que no está completa. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿Cómo califica la evaluación de los indicadores de pobreza en Uruguay?
—Vista en perspectiva, la situación es muy buena. Cuando se observa la trayectoria, se ve que hace quince años se redujo un 50% la pobreza, pasando de 30 a 15%. Hace diez años se redujo un 30%, pasando del 15 al 10%, y en los últimos años el ritmo es menor pero siguió bajando, un 20%, para ubicarse en el entorno del 8%.
Este menor ritmo de baja es esperable, dado que es mucho más complejo avanzar en el núcleo duro de pobreza que aún existe, pero por otro lado nos muestra que hay ciertas limitaciones en las políticas que se aplican. Esas políticas que se diseñaron años atrás tuvieron impactos importantes, sumadas a una dinámica del mercado laboral que indudablemente jugó también su papel. Los nuevos planes en asignaciones familiares, especialmente, entre las transferencias monetarias, así como la negociación colectiva y las decisiones tomadas en torno a los salarios mínimos.
Pero esas políticas, que tuvieron éxito, ya poco tienen para hacer con los niveles de pobreza más duros que aún existen. Eso no quiere decir que particularmente, iniciativas como las de asignaciones familiares no contributivas no sigan cumpliendo un rol importante. No ya de reducción de la pobreza, pero sí como malla de contención para la población vulnerable, como resguardo ante situaciones adversas.

—¿Cuánta importancia le adjudica a un incremento de las personas bajo la línea de pobreza en 2019, dos décimas por encima de 2017?
—Lo que hay que observar es la tendencia, y no tanto el dato porcentual. Una variación porcentual de medio punto, al alza o la baja, no tiene tanta relevancia. La trayectoria de los últimos años es clara, pero no hay que perder de vista que la clase media vulnerable, que representa a un grupo importante de la población uruguaya, se ubica en el entorno de ese “límite” que define la pobreza. No son pobres, pero podrían convertirse en pobres, de acuerdo con sus características, ante un shock adverso, por ejemplo, en el empleo. Esas personas hoy no están cubiertas por un sistema de transferencias.

—¿Cuáles son las medidas que pueden dar resultado para la pobreza estructural?
—Las políticas que pueden aportar a mejorar eso no son las “más vendibles” electoralmente, aquellas que tienen impacto muchos años después. Se trata de invertir importantes recursos en políticas que impacten en niños en su primera infancia, pero los resultados serán para dentro de 15-20 años, o sea que no son redituables a corto plazo, y eso a veces puede conspirar contra decisiones de esa naturaleza.
Para atacar los núcleos duros de pobreza que existen en Uruguay se necesita que la población de los estratos más bajos tenga mejores niveles educativos para insertarse en el mercado de trabajo en mejores condiciones, y eso la única forma de tener éxito es destinando fuertes inversiones en la primera infancia. Un ejemplo que ha dejado impactos significativos es el programa Uruguay Crece Contigo, un programa focalizado de acompañamiento familiar a familias de bajos ingresos donde se trabaja mucho sobre las prácticas de crianza y la estimulación a los niños. Eso es clave e impactan en el futuro. A esos niños probablemente les va a ir mejor en la escuela y en el liceo y tengan después una inserción laboral muy diferente a lo que podría esperarles sin ese programa.

—Hablamos de transferencias monetarias. ¿Es imposible pensar en políticas en ese contexto que no tengan ese componente?
—Cuando hablamos de transferencias monetarias a personas en situación de pobreza, hay que ser bien claros en que las asignaciones familiares son por lejos el principal componente, y sus objetivos y resultados también. Si ese componente representa aproximadamente 1,3% del PIB, otras transferencias que puedan recibir esas familias no alcanzan al 0,3% del PIB. Como vemos, la gran apuesta ha sido a los hogares más vulnerables, con hijos.

—Resulta relevante preguntarse si la disminución de la pobreza medida por ingresos estuvo acompañada de mejoras relevantes en otras dimensiones del bienestar de los uruguayos…
—El resto de las dimensiones a las que uno se aproxima cuando habla de pobreza, cuesta más modificarlas. Algunas han mejorado en los últimos años, por ejemplo el hacinamiento. Pero hay otras muy importantes para las que falta información. En ese sentido, no tenemos suficiente información para un indicador clásico en la primera infancia que son los aspectos nutricionales. Otra dimensión clásica es la educación, y si bien hay una leve mejora en los últimos años estamos en niveles muy rezagados. Las evaluaciones que han existido sobre impacto, con métodos bastante sofisticados y creíbles, no observa grandes movimientos en otras dimensiones de la pobreza.

De todos modos, asociar la transferencia de ingresos con otros desempeños es muy complejo, porque las transferencias son de escaso monto, y es imposible que con ellas se logre incidir, por ejemplo, en las condiciones del hogar. Es allí donde operan otras políticas.
No podemos adjudicarle a las transferencias monetarias el potencial de alterar otras dimensiones de la pobreza que las que atacan directamente, y que son las necesidades más básicas.

—¿Cómo incide en la verificación y la aplicación de ajustes y correctivos de las políticas, el flujo de información que se obtiene?
—Se han hecho esfuerzos en esa materia. Se puso en marcha la Encuesta Nacional de Desarrollo Infantil que es muy valiosa para los investigadores. Se inició en 2014, en 2016 se volvió a medir y a mediados de este año habrá una tercera medición. Está centrada en la primera infancia y sigue por distintos períodos a una cohorte de niños. De allí obtenemos información de diversas dimensiones relevantes sobre habilidades cognitivas y aspectos socio—emocionales que luego impactan en la trayectoria de esos niños.

—¿Cuáles son los resultados?
—Niños que tienen un adecuado nivel de desarrollo en habilidades cognitivas y no cognitivas, cuando llegan a los centros preescolares lo terminan potenciando. Y hay información relevante acerca de cómo impactan programas como Uruguay Crece Contigo para permitirle a esos niños con los que se trabaja, un buen acceso al sistema educativo. De todos modos, es notorio que ese potencial de aprovechamiento es menor cuando mayor son las dificultades del hogar en el que nació. Y hacia allí está orientado el trabajo asistencial.

—¿Cómo evalúa el resultado del programa Uruguay Crece contigo?
—Estamos trabajando sobre los resultados de la aplicación del programa Uruguay Crece Contigo y una primera conclusión es que encontramos un impacto importante en la nutrición de los niños de hogares pobres donde se desarrolla el acompañamiento previsto en el plan y eso es clave para la trayectoria de esos niños.

—¿Entiende que la infancia recibe en Uruguay los recursos que corresponden con la magnitud del problema?
—No, no hay un claro correlato entre lo que se necesita para la primera infancia y lo que se gasta en esa población, como porcentaje del gasto social. Tenemos un problema muy grande en Uruguay en la forma en que se distribuye el gasto. Hoy se está instalando la discusión a propósito de necesarios ajustes al sistema previsional, y eso debería vincularse con una mejor distribución de los recursos entre generaciones.

—Pero ese debate está centrado en abatir el déficit del sistema de seguridad social y no con objetivos redistributivos…
—Es cierto, a eso apunto. Debería tomarse en cuenta en esa discusión la forma en que distribuimos el gasto. Es necesario gastar mucho más en los niños. Se han dado muchos pasos en ese sentido en los últimos gobiernos, pero se deben recibir mucho más recursos que los que se destinan en la actualidad.

—Reclamar más recursos para gasto social en momentos en que la mayoría de los mensajes desde el sistema político remiten a una postura más austera puede resultar extemporáneo…
— Eso es verdad, pero es necesario discutirlo. Podemos estar jugándonos el tipo de desarrollo que el país va a tener en los próximos decenios. El déficit fiscal es importante, pero también es importante ver qué mecanismos aplicamos para mejorar la redistribución del gasto social entre generaciones. Es un tema central para nuestro futuro.
Tenemos en Uruguay un buen sistema jubilatorio y eso posibilita que el nivel de pobreza de los pasivos debe estar alrededor de la mitad de la tasa general de pobreza que es de 8%; pero en los menores de 18% está en el orden del 20%. Entonces, esa brecha es alarmante y tiene consecuencias directas en el desarrollo del país. Hay que ser conscientes de eso.


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