Carlos Steneri

Un futuro que hoy luce muy complejo

Días pasados el FMI en su reunión anual confirmó que el crecimiento actual de la economía mundial es el más bajo desde la crisis financiera global de fines de la década pasada. Pero a diferencia del episodio anterior, son los países en desarrollo los que explican mayoritariamente ese comportamiento, compensando el tibio mejoramiento de las economías desarrolladas.

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El enfriamiento de la economía de China, (6.8%), en el tránsito hacia un crecimiento liderado por el consumo doméstico y menos en la inversión, junto al desplome de economías emergentes relevantes como Rusia y Brasil, a las que se unen la mayoría de las economías latinoamericanas, fueron los engranajes capaces de compensar ciertos indicios de mejora en el mundo desarrollado.

La interpretación más recibida es que la baja esperada del crecimiento de China desencadenó una baja generalizada del precio de las materias primas, la energía y en menor medida en el precio de los alimentos, que puso bajo situación de estrés al mundo en desarrollo que le oferta esos bienes. Esa razón de causalidad se canalizó a través del debilitamiento de las monedas de los países emergentes exportadores, la caída de sus niveles de actividad junto a desequilibrios fiscales abultados, que se traducen en déficit crecientes de sus cuentas corrientes.

Es el retorno a los escenarios tradicionales de expansión —contracción motivada por causas externas— que han mostrado las economías latinoamericanas a lo largo de las tres últimas décadas. Obviamente existen hechos diferenciales entre esos episodios, pero de todos modos hay un denominador común que la región no ha podido superar.

En primer lugar, la región recayó nuevamente en la autocomplacencia de decir y transmitir "esta vez es diferente" bajo el justificativo de que "aprendimos la lección", y una nueva manera de hacer política con objetivos diferentes entró al ruedo suplantando viejas estructuras. Ese ánimo contaminó a analistas respetados que anunciaron que un grupo de países en desarrollo (BRICS) se iba a poner el crecimiento del mundo al hombro, cuando en realidad algunos ya se encuentran contra las cuerdas y otros contentándose con menor crecimiento al esperado.

En realidad fue más de lo mismo, operando con estructuras económicas basadas en la mono exportación concentrada en pocos mercados, y que no fue capaz de transformarse durante la bonanza. El relámpago de los altos precios de sus bienes de exportación sirvió solo para engrosar las arcas públicas y para justificar la expansión del gasto corriente. A diferencia de China, la mayoría de los países privilegiaron el consumo en detrimento de la inversión. No se puede ser tan cándido de suponer que un continente lleno de necesidades insatisfechas no iba a volver incontenible la presión para atenderlas. Pero una vez que las necesidades básicas prioritarias fueron colmadas, todos los recursos debieron canalizarse hacia inversiones que generan fuentes de crecimiento y productividad.

Otra de las falencias, es que sus políticas macroeconómicas fueron procíclicas, empujadas por la expansión de las exportaciones que a su vez generaron crecimiento. Bajo ese marco, se generó un falsa sensación de sostenibilidad fiscal que se derrumbó rápidamente una vez que cayó el precio de los bienes de exportación y se enlenteció el crecimiento.

Solo basta reflexionar en el caso de Brasil, estrella rutilante fugaz, que hoy muestra una base productiva concentrada en pocos rubros de exportación, alto déficit fiscal (8% del PIB), tasa de crecimiento negativa (-2,8% para el 2015) con una proyección de signo similar para el año próximo. Y Colombia, mostrando que el 20% de sus ingresos fiscales aun depende de sus exportaciones petroleras, y Perú y Chile explican también la mayor parte de su crecimiento e ingresos fiscales al devenir de las exportaciones de la gran minería.

Qué nos espera.

Uruguay está embretado en una realidad externa global y regional complicada. Del ámbito global no puede esperar nada mejor que el aterrizaje de China, sin contratiempos, a su velocidad de crucero en materia de crecimiento. Ello implica que los precios promedio de nuestras exportaciones se mantendrán en el mejor de los casos en los niveles actuales. Vale recordar que en esta fase de caída, los precios de los alimentos comparados con los de la energía y los metales son los que menos bajaron en términos reales.

El desafío mayor es cómo manejar los impactos probables provenientes de nuestro entorno inmediato. Interpretar y actuar sobre el devenir de la situación de Brasil es clave. Su consolidación macroeconómica no tiene espacios para intentar otro camino que la reducción del gasto y un cambio de precios relativos permanente vía devaluación del Real. Eso irradiará deflación medida en dólares hacia el resto de la región. Su resultado práctico es la contracción de su demanda de exportaciones, incluidos servicios, desde la región y presiones a la baja en el nivel de actividad vía comercio fronterizo. El reacomodamiento de la macroeconomía de Argentina irradiará efectos en sentido similar, todo lo cual agrega complejidad a la consolidación de nuestras cuentas fiscales.

El debilitamiento altamente probable de la tasa de crecimiento con una profundidad y permanencia mayor a la estimada, disminuyó los grados de libertad en la búsqueda de ese objetivo. Mirando con realismo hacia adelante, no hay espacios de crecimiento económico inexplotados de acceso rápido, que son una fuente genuina para la consolidación macroeconómica vía el aumento de los ingresos fiscales.

Una vez más, el gran debate es cómo mejorar las condiciones para darle permanencia a ritmos de crecimiento robusto. Pero entre tanto se hace prioritario blindarnos de los impactos externos haciendo una lectura realista de sus dimensiones y de las políticas acordes para mitigarlos. Facilitar las cosas es labor de todos, incluida la oposición. Pues en estos temas estamos todos en el mismo barco.

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