OPINIÓN

Si el fletero no hace su flete, ¿con qué paga la patente?

Cuando “se apaga la luz” sacan sus plumas los llamados costos fijos.

Foto: El País
Foto: El País

A través de este simple ejemplo, de un particular que con su camión se dedica a hacer mudanzas y traslados, pretendo graficar lo difícil que será afrontar el apagón de actividad a causa de las medidas para evitar la propagación del coronavirus, una vez que esto pase. Porque todo pasa.

No abro aquí juicio de valor sobre las medidas adoptadas, que además son las que imperan a nivel internacional, y las recomendadas por las organizaciones especializadas.

En tertulia de amigos (a distancia por supuesto) me retrucaban comentando que la situación no será tan grave porque en definitiva, el Sr. fletero, no gastará en combustible, desgaste de su vehículo, entre otros costos recurrentes.

Lo que sucede, es que cuando “se apaga la luz” sacan sus plumas los llamados costos fijos. Aquellos que las empresas (y también las familias) deben afrontar con independencia del nivel de actividad. Esto es: gastos que debo asumir produzca o no produzca, trabaje o no trabaje. Típicos ejemplos: impuestos y tributos (que no sean proporción de renta), cargos fijos de servicios públicos, alquileres, cuotas de leasing o con el sistema financiero (por si acaso el Sr. de nuestro ejemplo adquirió su vehículo en cuotas, como suele ocurrir), entre otros. Algunos precavidos tendrán sus reservas, otros por infortunio o porque su actividad apenas cubre lo básico, se les hará cuesta arriba, a riesgo de cortar cadenas de pagos (y por tanto de ingresos) con sus conocidas y trágicas consecuencias: más desempleo y deterioro en las condiciones de vida.

No es sencilla la encrucijada histórica. Entre otras cosas, porque no sabemos a ciencia cierta cuánto más va a durar esta situación. La incertidumbre y la carencia de información futura, son pésimos consejeros en la toma de decisiones. Y además porque el margen de maniobra en cuanto a recursos fiscales es acotado.

Sin embargo, en esta última semana hemos apreciado como también la comunidad internacional comienza a tomar medidas de tipo económico para alivianar la carga y mitigar los daños para cuando todo esto termine.

En Francia, por ejemplo, el gobierno de Macron ha prometido suspender el cobro de las tarifas de agua, gas, electricidad y alquileres. Además suspenderá el cobro de impuestos a empresas en dificultades. Hasta medidas extremas como en las que está pensando el gobierno Trump, de enviar un cheque a cada domicilio a fin de que no caiga el consumo.

Están las medidas poco efectistas, pero medidas al fin. El llamado feriado fiscal de la AFIP en Argentina, que pospone plazos para procesos iniciados (pero no cancela vencimientos tributarios). Están también medidas de iniciativa privada. La Federación de bancos de Brasil, que nuclea a las principales instituciones financieras está proponiendo cancelar los vencimientos de cuotas y demás por 60 días. La lista de iniciativas continúa. En Dinamarca, el 75% del salario de trabajadores en riesgo de perder el empleo será a cargo del Estado, en acuerdo con empresas y sindicatos que pondrán los suyo en modo cooperación.

En otro orden, el FMI ha recomendado “políticas activas para una economía saludable”; en un claro juego de palabras, nos recuerda que la economía es una ciencia social, por tanto nunca es fin en sí misma. Es parte de nuestra vida, y también de nuestra salud. En esas recomendaciones ha listado al menos tres medidas que deben desarrollarse de forma coordinada: política fiscal con incentivos claros y efectivos, política monetaria que alimente confianza en los sistemas domésticos y flexibilidad regulatoria, sobretodo en el sistema financiero, que permita administrar plazos, vencimientos y liquidez en general.

Si algo hemos aprendido de la historia, es que no hay recetas 100% importadas que resulten efectivas. Sin embargo, pueden servir de inspiración o simplemente para entender a tiempo, que ya hay un costo implícito, lo que toca ahora es ver cómo se mitigan sus efectos y evitar un dolor mayor. Quizás aún no lo hemos percibido masivamente, pero sus efectos económicos (y sociales), así como el virus, ya están entre nosotros.

(*) Director de UCU Business School

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