PAUL KRUGMAN

¿Finalmente construirá?

Steve Bannon, el principal estratega de Donald Trump, en una entrevista con The Hollywood Reporter, por un minuto, sonó como un economista progresista.

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México se salvó del muro, pero su frontera es motivo de permanente tensión. Foto: AFP

"Yo soy el tipo que está impulsando un plan de un billón de dólares para la infraestructura", declaró. "Con las tasas de interés negativas en todo el mundo, es la mayor oportunidad para reconstruir todo".

Así es que, ¿la inversión pública es un área en la que los progresistas y el gobierno entrante de Trump pueden encontrar puntos comunes? Algunas personas, incluido Bernie Sanders, parecen pensarlo.

Sin embargo, hay que recordar que estamos tratando con un presidente electo cuya carrera en los negocios es un largo camino de promesas rotas y estafas declaradas —alguien que pagó 25 millones de dólares solo para arreglar las acusaciones de fraude en contra de su "universidad"—. Dado ese historial, siempre hay que preguntar si es que está ofreciendo algo real o, simplemente, está participando en otro trabajo. De hecho, es probable que debiera suponerse que se trata de una estafa, mientras no se demuestre otra cosa.

Y ya sabemos suficiente sobre su plan de infraestructura para sugerir, con firmeza, que, básicamente, es fraudulento, que enriquecería a unas cuantas personas bien conectadas a expensas de los contribuyentes, mientras se hace muy poco para curar nuestro déficit en inversiones. Los progresistas no deberían asociarse con este ejercicio en capitalismo amiguista.

Para entender lo que está pasando, puede ser útil empezar por lo que deberíamos estar haciendo. El gobierno federal puede, en efecto, pedir prestado muy barato; entre tanto, realmente necesitamos gastar dinero en todo, desde el tratamiento de aguas negras hasta el tránsito. El curso de acción indicado, entonces, es simple: pedir prestado con esas tasas de interés muy pero muy bajas, y usar los fondos recaudados para arreglar lo que se necesita arreglar.

Sin embargo, no es eso lo que está proponiendo el equipo de Trump. Más bien, está llamando a enormes créditos fiscales: miles de millones de dólares en cheques expedidos a compañías privadas que invierten en proyectos ya aprobados, mismos que terminarían siendo de su propiedad. Por ejemplo, hay que imaginar un consorcio privado que construye una carretera de peaje por mil millones de dólares. Según el plan de Trump, el consorcio podría pedir prestados 800.000 millones de dólares mientras que da 200 millones de dólares en patrimonio neto, pero obtendría un crédito fiscal de 82% de esa suma, de tal forma que su desembolso real sería de solo 36 millones de dólares. Y cualquier ingreso futuro del peaje sería para las personas que dieron los 36 millones de dólares.

Son tres las preguntas que deben hacerse de inmediato.

La primera es ¿por qué hacerlo de esta forma? ¿Por qué no el gobierno solo gasta en la forma en la que lo hizo cuando, por ejemplo, se construyó el sistema interestatal de carreteras? No es que los federales tuvieran problemas para pedir prestado. Y si bien involucrar a los inversionistas privados puede crear menos deuda gubernamental directa que si se tratara de un plan claro, la carga final sobre los contribuyente será exactamente igual de elevada, sino es que más.

Segunda, ¿cómo se supone que se manejarán las necesidades de infraestructura que no se puedan convertir en centros de ganancias con este plan? Nuestras más altas prioridades deberían incluir cosas como reparación de diques y limpieza de desechos peligrosos; ¿dónde está el flujo de ingresos? Quizá el gobierno pueda prometer pagar las tarifas a perpetuidad, "rentando", en efecto, los diques o las plantas depuradoras de agua que se repararon; y eso hace que esté todavía más claro que, básicamente, estemos comprometidos, innecesariamente, en apoyos financieros para inversionistas selectos.

Tercera, ¿qué razón tenemos para creer que este plan va a generar una inversión nueva, en comparación con reinventar cosas que habrían pasado de todas formas? Por ejemplo, muchas ciudades tendrán que remplazar sus sistema hidráulicos en los próximos años, de una forma o de otra; si ese remplazo se hace según el plan de Trump en lugar de por medio de la inversión gubernamental común, no habremos construido infraestructura adicional, solo habremos privatizado lo que habrían sido activos públicos, y la gente que los adquiera habrá pagado solo 18 centavos de dólar, mientras que los contribuyentes pagarán el resto de la cuenta.

Ahora, la gente de Trump podría hacer que todas mis sospechas parezcan tontas, si descartaran los aspectos de los inversionistas privados y los créditos fiscales de su propuesta y ofrecieran un programa claro de inversión pública. Y si lo hicieran, los progresistas deberían, en efecto, trabajar con ellos en ese tema.

Sin embargo, eso no va a pasar. El amiguismo y la autocontratación van a ser el tema central del gobierno; de hecho, el señor Trump ya se está reuniendo con extranjeros para promover sus intereses empresariales. Y la gente que valora su propia reputación debería tener cuidado de evitar cualquier asociación con los timos que se avecinan.

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