OPINIÓN

Las excusas del Partido Republicano y los zombies

Rusia no ayudó en la campaña presidencial de Donald Trump. Bueno, sí le ayudó a él, pero la campaña en sí no estuvo involucrada. Bueno, la campaña tuvo muchos contactos rusos y a sabiendas se recibió información de los rusos, pero eso no tenía nada de malo.

Donald Trump. Foto: AFP
Donald Trump. Foto: AFP

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Si han estado tratando de seguir la respuesta de los republicanos a las revelaciones sobre lo que ocurrió en 2016, tal vez estén un poco confundidos. Ni siquiera estamos hablando sobre una línea del partido que cambia todo el tiempo; siguen apareciendo nuevas excusas, pero las viejas excusas nunca se descartan. Por una parte, tenemos a Rudy Giuliani diciendo que “no hay nada malo en aceptar información de los rusos”. Por la otra, tenemos a Jared Kushner negando que Rusia haya hecho algo más además de poner “un par de anuncios en Facebook”.

Todo es bastante extraño. O, para decirlo con mayor precisión, puede parecer muy extraño si todavía piensan en el Partido Republicano como un partido político normal, uno que adopta posturas sobre políticas y luego las defiende más o menos de buena fe.

No obstante, si han estado poniendo atención a los argumentos republicanos a lo largo de los años, saben que la respuesta del partido a la evidencia de la intervención rusa en 2016 es parte del procedimiento operativo estándar. En un tema tras otro, lo que se ve son múltiples niveles de negación combinados con una negativa a ceder en cualquier argumento, sin importar lo desacreditado que esté.

La primera vez que me encontré con este estilo de argumentación fue hace mucho tiempo, sobre el tema del aumento en la desigualdad. Para principios de la década de 1990, ya era evidente que el crecimiento en la economía estadounidense estaba desviándose cada vez más, con enormes ganancias para una pequeña minoría en el nivel más alto, pero ingresos estancados para la clase media y los pobres. Esta era una observación incómoda para un partido que, entonces como ahora, quería recortar los impuestos a los ricos y desmantelar la red de seguridad social. ¿Cómo responderían los conservadores?

La respuesta fue una negación multifacética. La desigualdad no estaba aumentando. Bueno, sí estaba aumentando, pero no era un problema. Bueno, el aumento de la desigualdad era desafortunado, pero no había nada que se pudiera hacer al respecto sin paralizar el crecimiento económico.

Tal vez piensen que la derecha habría elegido alguna de esas posturas, o al menos que una vez que se lograra refutar una capa del argumento, digamos, demostrando que la desigualdad en efecto estaba aumentando, se podría dejar ese argumento atrás y continuar con el siguiente. Pero no: los viejos argumentos, al igual que los zombies de “Juego de Tronos”, solo seguían levantándose, aunque creyeras que ya los habías matado.

Esto sigue sucediendo. Incluso mientras leen que los súper ricos compran departamentos de 240 millones de dólares y exigen megayates todavía más grandes, hay toda una industria de gente que niega que la desigualdad haya aumentado.

Verán lo mismo con el cambio climático. El calentamiento global es un mito, un engaño inventado por una vasta conspiración de científicos de todo el mundo. Bueno sí, el clima está cambiando, pero es un fenómeno natural que no tiene nada que ver con la actividad humana. Bueno, el cambio climático creado por el hombre es real, pero no podemos hacer nada al respecto sin destruir la economía.

Al igual que en el caso de la desigualdad, los argumentos refutados sobre el cambio climático nunca desaparecen. En cambio, se vuelven zombies intelectuales que deberían estar muertos, pero que siguen causando un caos. Si piensan que los argumentos republicanos sobre el cambio climático se han vuelto más sofisticados, esperen a la próxima tormenta de nieve: les garantizo que escucharán los mismos argumentos negacionistas descarnados —la misma confusión deliberada del clima con las fluctuaciones diarias en el tiempo— que hemos venido escuchando desde hace décadas.

Lo que tienen en común el posicionamiento de la derecha en cuanto a la desigualdad, el clima y, ahora, la interferencia rusa en la elección es que, en cada caso la gente que se supone que está presentando los argumentos serios, son en realidad funcionarios del partido que operan de mala fe. Y con esto quiero decir que en cada caso a los que presentan los argumentos negacionistas, aunque hacen alusión a evidencias, en realidad no les importa lo que estas dicen; en un nivel fundamental, no les interesa la verdad. Su meta, en cambio, es cumplir con una agenda determinada.

Por ende, la negación de la desigualdad se trata de utilizar cualquier argumento a la mano para defender políticas que beneficien a los ricos a expensas de los trabajadores estadounidenses. La negación del cambio climático se trata de usar cualquier argumento al alcance para defender los intereses de los combustibles fósiles. La negación de la interferencia rusa se trata de usar cualquier argumento disponible para defender a Donald Trump.

Todo esto es o debería resultar evidente. Después de todo, es un patrón que tiene décadas de antigüedad. Sin embargo, me parece que los medios noticiosos continúan pasando un mal rato lidiando con la fraudulencia básica de la mayoría de los debates sobre políticas importantes. Es decir, cuando informan sobre estos debates comúnmente los enmarcan como controversias sobre los hechos y lo que significan, cuando la realidad es que un lado no está interesado en los hechos.

Entiendo las presiones que a menudo conducen a una falsa equivalencia. Denunciar la deshonestidad y la mala fe puede interpretarse como un sesgo partidista cuando, para decirlo simple y llanamente, un lado de espectro político miente todo el tiempo, mientras que el otro no lo hace.

Sin embargo, fingir que hay buena fe cuando no es así es injusto para los lectores. El público merece saber que los grandes debates en la política moderna de Estados Unidos no son un encontronazo tradicional de ideas rivales, sino una guerra en la que las fuerzas de un lado están compuestas principalmente de zombies intelectuales.

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