Opinión

La epidemia de la soledad

Los índices de soledad crecen, y eso tiene un costo importante en términos de salud. No es un problema exclusivo de los adultos mayores: los jóvenes también sufren esta epidemia. Algunos países han comenzado a diseñar políticas para prevención.

Epidemia de la soledad

En enero de este año, Theresa May, la Primer Ministro del Reino Unido, designó por primera vez en la historia a una persona en su gabinete para estudiar y actuar en el tema soledad. The Economist lanzó recientemente una encuesta y encontró que el 23% de los ingleses "se sentían solos siempre o muy frecuentemente". Para el 41% de los británicos mayores de 65 años, la principal fuente de compañía es la TV o mascotas.

Finalmente, The Economist cita otro estudio que señala que, desde 1985 a 2009, el tamaño de la red de contacto social que tienen las personas en Estados Unidos descendió un 35%.

Keith Snell, profesor de la Universidad de Leicester, publicó en 2017 la investigación "The rise of living alone and loneliness in history". Este estudio destaca el dramático aumento de los hogares conformados por una sola persona a partir de 1960. La proporción de esos hogares hoy llega al 31% en el Reino Unido. Y en algunas ciudades de países desarrollados, esta proporción supera el 60%.

El profesor Snell concluye sugiriendo que se incluya, en la agenda del país, en qué medida las políticas públicas engendran soledad y cómo se puede revertir. El estudio de las causas y efectos del crecimiento del número de personas solas demanda más atención para los investigadores.

Los costos en la salud.

En abril de 2018, Kimberley Smith (University of Surrey) publica en Research on Aging (Cambridge University Press) un estudio que relaciona la soledad con problemas de salud. Estudia a más de 7.000 adultos mayores y encuentra que quienes sufren de soledad son más propensos a enfermedades físicas y mentales. Una posible explicación es que quien no tiene familia o amigos puede caer en conductas poco saludables. Otras explicaciones van por el lado de los problemas de ansiedad y depresión.

Pero esta epidemia no se observa sólo en adultos mayores. La encuesta de The Economist señalaba que los adultos más jóvenes presentan las mayores tasas de soledad, comparables sólo a los que tienen más de 85 años.

Plan Ibirapitá.

Con otros colegas de la Universidad de Montevideo, desarrollamos durante más de un año un proyecto de capacitación a adultos mayores internados, de manera permanente, en el hospital geriátrico Piñeyro del Campo. Se asignaron 60 tablets del Plan Ibirapitá, y aplicamos 600 horas de capacitación en tres niveles: individual, grupal y talleres. Uno de los objetivos que nos planteamos en este plan piloto era explorar si el uso de las tablets podría permitir la interacción frecuente con familiares o amigos que viven fuera del hospital y, por ende, disminuir los índices de soledad.

Uno de los instrumentos de evaluación que aplicamos a los residentes del hospital es la escala de soledad de De Jong Gierveld. El índice global reporta que 4 de cada 5 adultos mayores sufren algún tipo de soledad (social o emocional), y 15% de ellos muestran niveles de soledad severos o muy severos.

Observamos también una interesante paradoja. Por un lado, ante la pregunta: "¿hay personas en las que se puede apoyar cuando tiene problemas?", el 70% responde afirmativamente. Por otro lado, cuando se les pregunta: "¿echa de menos la compañía de otros?", también cerca del 70% responde afirmativamente. ¿Cómo se puede entender esto? Una posible explicación: están en un hospital, rodeados de gente que puede administrarle medicamentos, higienizarlos, facilitarle la alimentación, tomarle la temperatura y presión cuando se sienten mal. Sin embargo, necesitan también otra cosa: alguien que brinde la compañía propia de un familiar o amigo.

Pasar a la acción.

La investigación en el hospital nos dejó varias lecciones. Una de ellas es que existen personas que están dispuestas a dar tiempo a los demás, a acompañarlos social y emocionalmente. Cerca de 60 jóvenes voluntarios fueron durante meses a dedicarles horas a los adultos mayores internados y estos lo valoraban mucho. Una acción sencilla de implementar es facilitar el acercamiento de las dos partes: los que necesitan compañía y los que están dispuestos a ayudar.

Un segundo aprendizaje de la experiencia del hospital es que la soledad genera costos en la salud y es económicamente rentable prevenir este flagelo.

Una tercera lección del hospital es que hay muchos familiares y amigos que no van a visitar a los internados: ya se ve que luchar contra la epidemia de la soledad no es un tema sólo de diseño de política pública, sino que hay que empezar por casa.

(*) Alejandro Cid es economista, Decano de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad de Montevideo.

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