OPINIÓN

Efectos de la situación regional: en el panorama electoral local

Tendremos por delante una región circundante en fase de ajuste; si su cadencia resultará ordenada o no, dependerá de circunstancias impredecibles.

Ambos presidentes se reunieron en Brasilia. Foto: EFE
Mauricio Macri y Jair Bolsonaro, presidentes de Argentina y Brasil respectivamente. Foto: EFE

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Los desafíos a resolver que presenta nuestro entorno regional en materia económica agregan un grado de dificultad a la resolución de las dificultades que presenta nuestro país. Sobre esto, los candidatos con aspiraciones presidenciales y el cuerpo político en general deberán tomar debida nota, dado que la dinámica de los aconteceres probables de esas realidades será coincidente con nuestro ciclo electoral y con los tiempos iniciales del nuevo gobierno. Eso implica concientizarse en llevar adelante las correcciones necesarias, en proyectar la velocidad de ejecución adecuada y la prudencia de prometer lo factible.

En Argentina

La administración Macri no ha podido resolver aun el desbarajuste macroeconómico heredado, reflejado en un alto déficit fiscal superior al 7% del PIB, inflación persistente por encima del 30% anual, endeudamiento creciente y caída del crecimiento económico sin síntomas de recuperación cercanos. A la gravedad de lo recibido se le agregaron titubeos y errores inesperados en la ejecución de los correctivos necesarios, todo lo cual llevó al deterioro actual. Con el agravante que ya se recurrió a la ayuda del FMI, el que aportó un monto récord de recursos (US$ 50.000 millones), que sustancialmente han sido todos desembolsados sin obtener los resultados esperados. El déficit fiscal sigue rampante, la inflación elevada, el drenaje de reservas persiste a pesar de la vigencia de tasas de interés muy altas y un fuerte torniquete monetario de emisión cero. A eso se agrega una deuda flotante de su banco central de corto plazo (Lelics), equivalentes al monto de su base monetaria, que se retroalimenta por vía de la emisión adicional necesaria para pagar sus intereses, hoy por encima del 60% anual.

Ante un cambio de expectativas, el riesgo de no renovación está latente, lo que agregará presiones sobre el tipo de cambio o las reservas. A esta realidad inestable que requiere resolución inmediata se le ha cruzado el evento electoral de octubre próximo, donde se juega mucho más que la recuperación económica.

Se trata de proyectar un modo de hacer política que erradique prácticas viejas conectadas con el populismo y la corrupción. Pero lograr una cosa no implica escabullir la otra, sino todo lo contrario. Ambos aspectos deben resolverse prácticamente al unísono, con el agregado de que los márgenes de ayuda externa desde el FMI están prácticamente agotados, reservas relativamente bajas para el desequilibrio a resolver y con márgenes de endeudamiento escasos por no decir nulos. Argentina, entonces, estará obligada a salir por medios propios, más temprano que tarde, para impedir un mayor deterioro macroeconómico y otros costos sociales.

Brasil

El país norteño suma sus problemas propios ahondados por los últimos gobiernos, donde la tónica fue la displicencia fiscal y la recesión económica.
De todos modos, su Banco Central pudo mantener a raya la inflación, resultado facilitado por la baja dolarización de la economía que potencia la política monetaria anti inflacionaria y evita presiones sobre el mercado cambiario.

Aún así, el nivel de déficit fiscal es insostenible y su abatimiento requiere, entre otras cosas, la reforma del sistema de seguridad social. Lo positivo es que el gobierno actual está intentando su reforma; lo adverso es que su aprobación requiere de consensos amplios engarzados en un sistema político fragmentado. De todas formas, su eventual logro no genera resultados inmediatos, por lo cual la consolidación fiscal requerirá de medidas complementarias que contención de gasto, donde uno de sus efectos es ponerle techo a su demanda de exportaciones en el corto plazo.

Fase de ajuste

En suma, tendremos por delante una región circundante en fase de ajuste. Si su cadencia será ordenada o no, depende de circunstancias impredecibles. De lo que sí hay certeza es que las reverberaciones a recibir desde Argentina serán mayores, por la especie y tamaño de los desafíos que debe resolver.

Envuelto en esa realidad regional desfavorable, nuestro país deberá resolver desequilibrios autogenerados resumidos en un déficit fiscal creciente (4,3% del PIB) insostenible en el tiempo, a lo que se suma una economía estancada cuyo síntoma más relevante es la destrucción de empleo y la caída de las horas trabajadas.

También se suma un escenario global menos esplendoroso, con China creciendo de manera menos exuberante que en el pasado, la Unión Europea enredada en temas de identidad junto a su bajo crecimiento y Estados Unidos jugado a una suerte de nacionalismo económico.

Todo lo antes mencionado se conjuga en una fase de deterioro de la demanda global, cuyo resultado es menos comercio internacional y precios debilitados.

Sin alarmismos, todos los potenciales candidatos deben aceptar las implicancias de ese panorama, detectar los riesgos que implica, diseñar los correctivos correspondientes, y lo más importante, aplicarlos sin titubeos.
Argentina es, en esa materia, un buen ejemplo de lo que no se debe hacer. Y para ello será fundamental crear los consensos políticos necesarios que permitan ejecutarlo.

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