Opinión

Echando las culpas a los otros

Ha llamado la atención el diagnóstico de la realidad económica que realizó el Ministro de Economía en un desayuno de Somos Uruguay, pronunciado con un tono de “yo no fui”, como si el gobierno no tuviera nada que ver con lo que con justeza él mismo detalla. 

Danilo Astori, Foto: El País
Danilo Astori, Foto: El País

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. También en el área económica, el gobierno intenta instalar que la culpa de todo es de otros. Así hacen en materia de seguridad o de narcotráfico señalando que son problemas mundiales. O en materia de infraestructura, que el desastre es por el gran crecimiento económico. O en lo que refiere a la educación, aduciendo que las performances desastrosas en realidad responden a un modelo neoliberal de evaluación. El gobierno no tiene nada que ver…

Difícil momento. Todos sabemos que la formación bruta de capital está en sus mínimos históricos, al menos desde 1997. O que el gasto público, responsable del déficit fiscal de 5 puntos del PIB, es 7 % mayor que en el primer gobierno del Frente Amplio; que cae la recaudación tributaria como reflejo de la caída de la actividad, de la recesión que se ha instalado para una economía que desde 2014 prácticamente no crece. Y que a raíz de esta situación, el empleo sigue cayendo, la producción industrial también y poco a poco el ingreso de los hogares. Nuestros lectores conocen asimismo los números que tantas veces difundimos del Banco Central mostrando el estancamiento de la producción agropecuaria en volumen físico dejando de lado la forestación.

Cosas parecidas señalaba el propio Astori: “la economía uruguaya no crece y es una realidad que no podemos ocultar… la que obliga a encarar el reto de revertir la caída de la inversión y el empleo”. Habló de clara desaceleración y la vinculó con la economía mundial, con el comercio internacional, explicando una caída notable en la inversión productiva.

Apuntando a causas más profundas se refirió al “clima de negocios”, a la necesaria mejora de la rentabilidad de las empresas, a los estímulos necesarios sin descuidar el orden macroeconómico. Y más adelante, como si no tuviera nada que ver con el tema, señaló: “…el clima de inversiones necesita rentabilidad porque si no encuentra resultados positivos, no vamos a encontrar quiénes se hagan cargo de este desafío y no vamos a lograr que el sector privado decida arriesgar un enorme volumen de recursos”. Finalmente y como si nada de él hubiera dependido, se quejó del déficit fiscal que llegará a 4,8 % del PIB, el peor guarismo desde 1989 como él mismo recordó. Esto ya raya en lo cinematográfico: que el gobierno más dispendioso del que se guarda memoria, encabezado por el ministro responsable de la política de ingresos y gastos públicos, no sólo se queje del déficit sino que se atreva a recomendar austeridad al próximo gobierno.

Desorden macroeconómico. En cuanto al orden macroeconómico no sé de qué habla. Dejar un gobierno con 80 mil empleados públicos más, 5 % de déficit, una presión fiscal global en su máximo histórico y un endeudamiento imprudente, a esto no se le puede llamar orden. Y en cuanto al clima de inversión, el agravio al mismo por parte del gobierno es permanente. Por un lado, apañando todas las inquietudes de los sindicatos, introduciendo la inestabilidad y la desconfianza en las relaciones laborales, agraviando las reglas internacionales de la OIT, aceptando violaciones al derecho de propiedad, con amenazas de todo tipo...

Pero si todos entienden la necesidad del orden macroeconómico, interno y externo, pocos reparan en la necesidad de un orden microeconómico más que relevante para lograr competitividad y crecimiento. Me refiero a que hay que cuidar mucho más los costos de producción, las tarifas públicas, los impuestos, las regulaciones, los permisos previos, los trámites inútiles, los acuerdos comerciales, todos los precios relativos. Se trata éste de un gobierno que manifiesta cuidar el orden macroeconómico sin éxito, aunque mejor que los vecinos. Pero que es a la vez totalmente responsable del desorden microeconómico ya que de él dependen los costos tributarios, los costos salariales fuera de control, las tarifas públicas, el precio del combustible, las obligaciones de usar determinados insumos más caros, la obligación de registros, el establecimiento de pequeños monopolios por exceso de regulaciones.

Ya hemos escrito sobre una cantidad de obligaciones abusivas desde una perspectiva de calidad institucional y libertad empresarial. Ahora lo hacemos en clave microeconómica: al gobierno compete que las semillas sean más caras, los plaguicidas, los fertilizantes, las raciones, es responsable por el costo de la trazabilidad, de los planes obligatorios de uso y manejo del suelo, por la infinidad de registros previos y trámites para cualquier actividad, por el precio del combustible, de la energía en general. Y lo es también de no negociar mejores condiciones de acceso al mundo por su reflejo proteccionista, tal como ocurrió cuando se quiso empezar a negociar con China o antes con EE.UU..

Las culpas que son muchas, no son de los otros.

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