Carlos Steneri

Las dudas que genera el frente fiscal

A través de vertientes distintas se va convalidando la opinión de que la economía uruguaya se viene desacelerando, a ritmo pausado pero continuo. Ese abanico de opiniones proviene de organismos como el Fondo Monetario, los analistas privados y los responsables de la conducción económica del país.

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Danilo Astori. Foto: Archivo El País

Es así que Uruguay también muestra la misma performance que la mayoría de los países latinoamericanos, hecho que se explica por el decaimiento del ciclo económico mundial que implica menores volúmenes de comercio con precios más bajos.

Desde el arranque eso implica aceptar que la región sigue tan atada al ciclo económico mundial como antes, aunque en esta oportunidad el fenómeno se atempera por la permanencia de una liquidez internacional extraordinaria, que facilita el aterrizaje hacia una planicie más baja del nivel de actividad. En otros episodios similares, basta recordar la crisis del Tequila de 1982, esa realidad fue acompañada con una severa contracción monetaria liderada por las acciones de la Reserva Federal, que hizo más penoso el proceso de consolidación macroeconómica.

Hoy la realidad es otra, pues a su favor cuenta para enfrentarla con el aporte de las enseñanzas de experiencias pasadas similares. Eso es válido para todos, sean estos agencias internacionales que aportan asesoramiento, el sector privado y de modo primordial los gobiernos. En otras palabras, se ha profundizado como valor entendido que es conveniente ejecutar políticas de prevención para evitar caer en las urgencias que motivan el correr de atrás la resolución de las crisis, lo cual siempre agrega costos sociales mayores.

De todos modos, esa toma de conciencia de la importancia de la política fiscal como eje central de la consolidación macroeconómica, tropieza al momento de su diseño y luego su ejecución con obstáculos de índole diferente que lesionan su eficacia.

Brecha fiscal.

Un estudio reciente del Fondo Monetario sobre políticas fiscales en diferentes países relevantes de la región que incluye a Uruguay, señala que los niveles de déficit fiscal actuales no se corresponden con la fase del ciclo económico actual, lo cual comienza a erosionar los indicadores de endeudamiento del sector público. En realidad, la brecha fiscal presente corresponde a una economía creciendo a tasas superiores a las actuales y a las proyectadas en el mediano plazo. Esa es la razón de la suerte de consenso existente sobre los riesgos que se insinúan y la necesidad de consolidar las cuentas fiscales.

Pero hurgando bajo la superficie de esa realidad es que comienzan a aflorar las dificultades para ejecutar esa decisión de política. Como es sabido, la consolidación fiscal se logra por el lado de los ingresos (aumento de impuestos, tarifas) o reducción de gasto real como porcentaje del Producto.

La manera de instrumentarlo es que su crecimiento sea menor al de la tasa del crecimiento del PIB, hecho que es diferente a reducirlo en términos nominales.

Concentrándonos en el caso de Uruguay, la comparación latinoamericana muestra que junto a Brasil, la presión fiscal es la más alta de región por un margen amplio, superando el 30% del PIB. Por tanto por ese lado no hay espacios disponibles, so pena de contraer más el ritmo de crecimiento, lo cual requiere a su vez de más ajuste. Usar el resorte de las tarifas públicas surte el mismo efecto negativo sobre el nivel de actividad económica.

Del lado del gasto, Uruguay al igual que la mayoría de América Latina, aplicó su expansión fiscal privilegiando el gasto corriente. Ese aumento equivalente a casi el 4% del PIB lo colocó en la delantera de la comparación regional, siendo por orden de importancia los aumentos del gasto en salud, la educación, la reforma de la salud, las pensiones y la protección social sus factores explicativos.

La especie de esos gastos muestran por sí solos la rigidez que agregaron a un gasto público ya de por sí rígido, dada la alta participación de salarios y pasividades en el total del presupuesto nacional. A esto corresponde agregarle que hay reformas aun en proceso, como la de salud, que todavía no han descargado todo el impacto sobre las cuentas fiscales. Por último, en el programa de gobierno de la actual administración hay temas que fueron centrales en su propuesta electoral, que de alguna manera deberían ser contemplados y que aplican una presión adicional de las cuentas públicas.

Disyuntivas.

Vista esta realidad, con escasos márgenes de maniobra, quedan abiertas varias disyuntivas que giran en torno de la necesidad inminente de la consolidación fiscal, los aumentos de la inversión pública, los refuerzos de gasto prometidos en rubros como la educación y la instrumentación de nuevos programas anunciados por la coalición de gobierno.

Estos temas y sus desafíos deberán ser resueltos en una instancia presupuestal donde se conjugan necesariamente aspectos técnicos y políticos. Imaginarse cosas diferentes es pecar de ingenuos. Pero concentrándonos en los de índole técnico, basta recordar dos cosas: hasta ahora el gasto público ha venido creciendo por encima del crecimiento del PIB en una fase ascendente del mismo. Es decir, ganó participación relativa en un desempeño productivo también en expansión. Todos recibían más, pero el sector público era quien más capturaba en términos relativos. Esa trayectoria no es sostenible y más se acentúa el problema cuando la tasa de crecimiento del PIB decae sustancialmente. En estos momentos, purificando el aporte al crecimiento por una sola vez de Montes del Plata, la economía viene navegando al 1,5% dentro de un escenario de decaimiento global, donde el debilitamiento de las exportaciones son su ejemplo patente. No sería de extrañar que ese escenario permanezca en los próximos años ante la falta de fuentes de crecimiento domésticas adicionales y la atonía que se espera de la económica global. Y con ese resultado en mente, las trayectorias de los indicadores de endeudamiento se fragilizan rápidamente si la política fiscal sigue en la fase expansiva actual.

Todo esto se resume diciendo que estamos en los albores de un nuevo ciclo y no en la antesala de una crisis si se ejecutan las políticas adecuadas. Y más allá de las diferencias de enfoques técnicos que generalmente se regodean en diferencias de décimos, lo que importa de ahora en más es el comportamiento de la política. Porque una cosa que la historia nos ha enseñado es que al final del día la política fiscal es hija de la política.

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