Julio Preve Folle

Disparar hacia adelante

Sin caer en ningún tipo de alarma innecesaria, parece obvio que la situación económica general se viene complicando mucho, no solo en el país sino en otros con los que tenemos importantes relaciones comerciales.

Más concretamente en el área de los agronegocios, es conocida la caída de prácticamente todos los precios de los productos que exportamos y, peor aún, la ausencia de ajuste de nuestros costos internos y de nuestra productividad ante la nueva realidad.

Es precisamente esta falta de ajustes internos la que va dejando de lado algunas actividades. En efecto y por poner un ejemplo, no es que los precios internacionales de la leche hacen cerrar dos plantas, no es eso porque con esos mismos valores que siguen cayendo, por ejemplo Estados Unidos exporta y crecientemente. Y no es tampoco la caída del precio de la soja o del arroz la que hace desaparecer área agrícola, porque no es esa la situación de productores de otros lares.

La explicación es que con esos precios y los mismos o mayores costos, la rentabilidad desaparece. De manera pues que la reducción de algunas actividades responde a razones de afuera como los precios de venta, pero tiene que ver también con lo interno, con la facilidad mayor o menor de ajustar costos, por precio o por cantidad, reduciendo ambos o mejorando la productividad. Como esto último en el corto plazo es difícil, nos queda la caída de costos como posible defensa en este momento, que en buena medida depende de decisiones internas, algunas de los empresarios, las más propias del gobierno. Por supuesto en este análisis no se puede entender una propuesta de aumento de impuestos, o de precio de los combustibles, o de pautas salariales ilógicas. En el momento actual, la correlación entre estos aumentos y el cierre de unidades productivas es la máxima. La suba del desempleo, que supone un ajuste por cantidad cuando el ajuste por precio es imposible, será la respuesta más lógica en varias agroindustrias.

El salto.

El salto hacia adelante que puede suponer a mediano plazo un cierto blindaje frente a algunas condiciones adversas, es una apertura muy fuerte y sin cortapisas para con el mundo. No se trata solo de lograr nuevos mercados para algunos de nuestros productos, o mejores condiciones de acceso en mercados que ya atendemos. Esto es interesante pero insuficiente. Una economía abierta no es aquella que tiene cada vez más ventajas de acceso para su oferta exportable.

Una economía abierta al mundo es aquella que está dispuesta a internar dentro de sus fronteras los precios internacionales de insumos y productos, desarrollando toda su estructura productiva a partir de relaciones de precios como los del mundo con el que comercia. En definitiva, que todos los costos de bienes transables arbitren con los del mundo, y los precios de lo que consumimos también.

Una economía abierta además, procura servirse del comercio para ayudarse a convertir cada vez más en transables, algunos bienes y servicios que no lo son, como por ejemplo tarifas públicas: energía, comunicaciones, combustible. En un extremo, un país abierto consume lo que importa —o lo que produce internamente a precio del mundo— en tanto produce esencialmente lo que exporta, o vende dentro del país a precios internacionales.

Eso no nos ocurre.

Nuestra inserción externa es muy mala porque prácticamente solo tenemos relaciones preferenciales con el Mercosur, que por el lado de Argentina se encierra cada vez más, y por el lado de Brasil se cae sin remedio. Fuera de eso tenemos a México y, a su modo, Venezuela. Esto no solo es insuficiente en sí mismo, sino que mucho más lo es en relación a lo que otros países, en particular competidores nuestros, están haciendo.

Copio de un reciente trabajo del Ec. Luis Mosca un apretado resumen de noticias de acuerdos firmados en la década que fue el período en el cual se registraron la mayor cantidad de acuerdos bilaterales y regionales en toda la historia. Australia por ejemplo suscribió varios tratados de libre comercio y también de preferencias recíprocas, de enorme significación: Estados Unidos (2005), Chile (2009), India (2011), ASEAN (2014), Corea (2014), Japón (2014) y China (2015), entre otros. Tener acuerdos de libre comercio con estos países es equivalente a tener arancel cero para acceder a todo el mundo, tal como le sucede a Chile, lo que a la vez explica su desinterés en la OMC, la que de avanzar en acuerdos lo obligaría a compartir esas ventajas conseguidas en acuerdos propios.

Por su parte Nueva Zelanda no solo integra el mencionado proyecto con Australia y la Asean sino que también logró un importante acuerdo con China y actualmente está negociando varios TLC (tratados de libre comercio) con Rusia, India y también con Corea. Nueva Zelanda es, además, miembro fundador del Acuerdo Trans-Pacífico de Asociación Económica (TPP, por su sigla en inglés) que fuera suscrito en el año 2005. A la fecha hay ocho países que están negociando su ingreso: Australia, Canadá, Japón, Estados Unidos, Malasia, México, Perú y Vietnam.

Ajustes de costos.

En definitiva, el mundo se mueve y nuestros competidores acceden con arancel cero en tanto nosotros, lejanos, no. Pero reitero, estos acuerdos no solo suponen acceso para los productos propios sino apertura al ingreso de los ajenos, del trabajo ajeno, lo que conduce inevitablemente a una convergencia entre precios internacionales e internos de muchas vacas sagradas. En efecto, no se puede más vivir en un mundo con el gasoil a US$ 1,43 mientras que en Estados Unidos, hoy principal exportador de lácteos, vale US$ 0,7. Y el combustible, que carga con todo el desorden de Ancap y Alur, es un ejemplo de lo fuera del planeta que podemos estar en este momento con un IVA como el que tenemos, presión fiscal de más del 30%, infraestructura que suma costos, mano de obra inflada, regulaciones improductivas.

Disparar hacia adelante supone luchar por una inserción al mundo no solo para vender, sino esencialmente para ayudarnos a romper rigideces domésticas de costos que nos dejan fuera de competencia, aunque sea duro en muchos casos; pero no hay alternativa. De lo contrario una fuerte corrección de precios relativos con devaluación y desempleo podría aparecer. Estamos a tiempo.

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