JAVIER DE HAEDO

El discurso y la realidad

Hace unos días, en el transcurso de una entrevista, un periodista me preguntó a qué atribuía el deterioro de la economía de los últimos tiempos, si a factores externos o internos.

Le respondí que para ser simétrico con lo que sostenía antes, en tiempos de vacas gordas, la mayor parte del actual deterioro era "importado" y no autóctono. El grueso de nuestras venturas en la década 2004-2013, cuando crecimos a una tasa anual histórica de 5,6%, se debió a las condiciones externas muy favorables que enfrentamos, y luego, cuando el viento se empezó a poner de frente, también esto fue determinante de nuestro deterioro. Sin embargo, no parece ser esa la visión del equipo económico, si uno pone atención en sus exposiciones públicas, en una de las cuales tuve la oportunidad de intercambiar conceptos en un panel con algunos de sus miembros. Trasmiten estar convencidos de que todo lo bueno ha sido producto de su gestión y que todo lo malo, resultado de la mala suerte. O sea, tienen una respuesta asimétrica sobre la realidad.

Errores.

Los errores de la gestión en estos casi 12 años son evidentes. El mayor de todos, el pecado original, fue haber asumido como permanente un shock externo transitorio y haber actuado en consecuencia.

Todavía resuenan en mis oídos las palabras de un ex integrante del equipo económico con quien compartimos una conferencia (no del núcleo astorista, debo admitirlo) quien sostenía que los ciclos económicos ya no serían como antes, debido a China. Casi casi, como que habían sido derogados.

Lo cierto es que a lo largo de estos años las principales políticas económicas fueron inconsistentes entre sí y esto se volvió inmanejable cuando los vientos cambiaron, dando lugar a un deterioro generalizado de los indicadores macro económicos. Cuando los vientos cambiaron (y empezaron a cambiar en la primavera de 2011 en nuestros vecinos y más tarde en las condiciones financieras globales y en los precios de las materias primas) se mantuvo el piloto automático, el que recién se sacó a partir de 2015 con sucesivos ajustes.

Así llegamos a mediados de 2016 con un país caro en términos absolutos y relativos a terceros países, con la cuarta cuota del ajuste fiscal en discusión (en discusión dentro de un gobierno partido ideológicamente), con el gasto público con vida propia debido a reglas que lo han venido haciendo endógeno y que ahora no hay voluntad de modificar, y con el empleo pagando los platos (chinos) rotos.

Pro cíclicos.

Es realmente injustificable haber finalizado una extensa y potente fase alta del ciclo económico, con un déficit fiscal que se ubica en las inmediaciones del 4% del PIB y pidiéndole más impuestos a la sociedad. Se fue pro cíclico en la cresta de la ola y se vuelve a serlo ahora, en la fase baja del ciclo, al aplicar un ajuste fiscal en sucesivas cuotas. Lo más curioso del caso es que desde el equipo económico se sostiene que hay una "regla fiscal" que tiene como piedra angular al tope del endeudamiento. Sin embargo, la tal regla ha sido violada reiteradamente mediante subidas del tope legal, lo que en los hechos hace que o bien no exista como regla o, aun existiendo, que ella no sea relevante en lo más mínimo.

Cabe señalar que este equipo económico no ha sido original ya que todos los gobiernos de que se tenga memoria se comportaron del mismo modo, por lo que bien se puede decir que la prociclicidad de la política fiscal es la verdadera regla fiscal en nuestro país (junto con no tener superávit y realizar carnavales electorales).

Ajenidad.

Lo otro que siempre me llamó la atención en el discurso del equipo económico es la "ajenidad" con que se refieren a algunas políticas públicas. Siempre hablan de lo que hay que hacer, como si no estuvieran al mando desde hace casi 12 años. Así se habla de lo que hay que hacer en infraestructura, en materia de enseñanza pública o de inserción internacional como si se hablara desde la oposición o desde un ámbito académico.

En ese sentido, en un evento reciente, el Ministro de Economía expresó que ya no habría lugar para un crecimiento basado en un dólar alto y en salarios bajos. La verdad, como expresión de deseos es absolutamente compartible. La situación que daría sustento a la expresión de voluntad del Ministro, sería la de un país con elevada productividad, donde el encarecimiento en dólares de la mano de obra fuera la contrapartida de una productividad del trabajo sustancialmente mayor, con un "costo país" mucho más bajo y con una mayor flexibilidad y capacidad de adaptación ante los cambios externos. Todo esto, compartible. Pero la realidad va por otro lado: estamos en un país caro, difícil de abaratar dadas la alta tasa de inflación y la combinación de políticas económicas inconsistentes entre sí, con un alto costo del sector público (que ganó en obesidad y no en músculos, a partir de los mayores impuestos que nos cobra), con una fuerte rigidez laboral en general y salarial en particular, con salarios todavía cien por ciento indexados a la inflación pasada. Por tanto, lamentablemente, todavía será difícil prescindir, para crecer, de un dólar más alto y de salarios más bajos.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)