ANÁLISIS

Ahora, Dios es el nuevo cómplice de Trump

Así que el presidente Donald Trump se refugia, más bien, en la intolerancia, racial claro está, pero ahora también religiosa.

Donald Trump. Foto: AFP
Donald Trump. Foto: AFP

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Mientras escuchaba el discurso que William Barr, el fiscal general de Estados Unidos, pronunció la semana pasada en la Facultad de Derecho de la Universidad de Notre Dame, me vino a la mente el título de una vieja película, “Dios es mi copiloto”. Me di cuenta de que los empleados de Donald Trump le han dado un giro a este título que les va mejor: si algo nos dice el discurso de Barr, es que su estrategia es convertir a Dios en el cómplice de su jefe.

Si tomamos en cuenta dónde nos encontramos en este momento, se podría haber esperado que Barr respondiera de alguna manera a los acontecimientos de las últimas semanas: la revelación de que el presidente ha estado llamando a regímenes extranjeros para que consigan los trapos sucios de sus opositores, la detención en un aeropuerto de los socios del abogado del presidente mientras trataban de salir del país con boletos solo de ida y los informes creíbles de que Rudy Giuliani —el abogado personal de Trump— está siendo objeto de una investigación penal.

Otra opción de Barr podría haber sido recurrir a alguna suciedad inocua, algo que los funcionarios gubernamentales suelen hacer en momentos difíciles.

Pero no. Barr pronunció un discurso aguerrido en el que denunció la amenaza que representan para Estados Unidos los “laicos militantes”, a quienes acusó de conspirar para destruir el “orden moral tradicional” y culpó de contribuir al aumento de las enfermedades mentales, la dependencia a las drogas y la violencia.

Pensemos por un momento cuán inadecuado es que Barr, de entre todos, haya pronunciado un discurso como ese. La Constitución garantiza la libertad religiosa, así que el máximo funcionario de procuración de justicia del país no tiene por qué andar denunciando a quienes ejercen esa libertad y deciden no practicar ninguna religión.

Tampoco estamos hablando de un grupo pequeño. En estos días, alrededor de una quinta parte de los estadounidenses dicen que no consideran que pertenecen a una religión, casi el mismo número que se considera católico. ¿Cómo reaccionaríamos si el fiscal general denunciara al catolicismo como una fuerza que debilita a la sociedad estadounidense?

Además, no solo declaró que la secularidad es mala; también dijo que el daño que inflige es intencional: “Esto no es deterioro. Es destrucción organizada”. Si este tipo de mensaje no les da miedo, debería, pues es el idioma de las cacerías de brujas y las matanzas.

Parece casi innecesario observar que la afirmación de Barr acerca de que el laicismo es responsable de la violencia es una insensatez que se puede comprobar de manera empírica. Ciertamente, Estados Unidos se ha vuelto menos religioso a lo largo del último cuarto de siglo, dado el enorme aumento en el número de quienes no tienen una afiliación religiosa y el liberalismo social creciente en temas como el matrimonio entre personas del mismo sexo; sin embargo, también hemos visto un declive drástico en los delitos violentos. Las naciones europeas son mucho menos religiosas que nosotros y también tienen tasas de homicidios mucho más bajas, además de que rara vez experimentan los tiroteos masivos que aquí casi se han convertido en una rutina.

No obstante, William Barr —repito, el máximo funcionario encargado de la procuración de justicia, responsable de defender la Constitución— suena, de manera sorprendente, como los fanáticos religiosos más trastornados, como el tipo de gente que insiste en que se siguen cometiendo asesinatos masivos porque las escuelas enseñan la teoría de la evolución. ¡Las armas no matan a las personas, es Darwin!

Entonces, ¿qué está pasando? Perdón por mi escepticismo, pero tengo serias dudas respecto a que Barr, cuyo jefe debe ser el hombre menos religioso que ha ocupado la Casa Blanca, de repente se haya dado cuenta con horror de que Estados Unidos se está volviendo más laico. No, este arrebato de hablar de Dios seguramente es una reacción a la manera en la que el cerco se está cerrando en torno a Trump, ante la gran probabilidad de que sea sometido a un juicio político por delitos graves y faltas menores.

La respuesta de Trump a este predicamento ha sido intensificar los desagradables ataques en un esfuerzo para congregar a sus bases. El racismo se ha vuelto todavía más explícito y la paranoia sobre el Estado profundo más extrema. Pero ¿quiénes conforman las bases de Trump? Por lo general, suelen ser blancos de la clase trabajadora, pero, si analizamos con mayor detenimiento los datos, vemos que son un grupo más específico: en realidad se trata de blancos evangélicos de la clase trabajadora que siguen con Trump a pesar de las pruebas crecientes de su mala conducta e ineptitud para ocupar el cargo más importante de la nación.

A un nivel más de élite, mientras una vasta mayoría de políticos republicanos se han tenido que resignar a alinearse con Trump, el apoyo realmente entusiasta al presidente proviene de líderes religiosos como Jerry Falwell Jr., quien tiene sus propios problemas éticos, pero ha hecho un llamado a sus seguidores para que “se rindan ante Dios y Trump”.

Samuel Johnson dijo alguna vez, en una famosa cita, que el patriotismo es el último refugio de los canallas. No obstante, a pesar de todo lo que dice sobre Estados Unidos primero, ese no es un refugio que funcione muy bien para Trump, en vista de su servilismo ante autócratas extranjeros y, más recientemente, su vergonzosa traición a los kurdos.

Así que Trump se refugia, más bien, en la intolerancia, racial claro está, pero ahora también religiosa.

¿Funcionará? Hay una minoría importante de estadounidenses en quienes hacen eco las advertencias sobre los siniestros laicos. No obstante, son una minoría. En términos generales, está claro que nos estamos convirtiendo en una nación más tolerante, una en la que la gente tiene opiniones cada vez más positivas sobre otras creencias religiosas, incluyendo el ateísmo.

Por lo tanto, los esfuerzos de los compinches de Trump de usar el fantasma del laicismo para distraer a la gente de los pecados de su jefe tal vez no funcionen. Pero puedo equivocarme. Y si eso sucede, si la intolerancia religiosa resulta ser una estrategia ganadora, solo podré decir una cosa: que Dios nos ayude.

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