CARLOS STENERI

El dilema del tipo de cambio

La región aledaña, génesis de nuestra historia y condicionante de nuestro destino, se encuentra en una etapa cargada de transiciones delicadas. Delicadas en lo político y también en lo macroeconómico.

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Macri y Temer reunidos en Buenos Aires. Foto: Casa Rosada

Lo primero son temas de estricto orden doméstico, donde no corresponde opinar a menos que lesionen valores básicos como la libertad, lo cual no es el caso. Lo segundo sí, pues su devenir nos afecta seriamente, como lo demuestra repetidamente la historia.

Para sintetizar su situación actual, Argentina y Brasil muestran profundos desequilibrios macroeconómicos resumidos en un alto déficit fiscal (6% y 9% del PIB respectivamente) financiados con endeudamiento, alta inflación en Argentina (25%) y crecimiento económico débil. A ello se agrega un tipo de cambio sobrevaluado, pues es el recurso de última instancia que tienen para anclar la inflación y al resto de las variables macroeconómicas.

Sus autoridades extreman la imaginación para aterrizar ordenadamente en escenarios macroeconómicos sostenibles. Hoy la sostenibilidad se apuntala en el endeudamiento y poca cosa más. A su manera, ambos gobiernos están cercados por anillos de hierro heredados que les impiden reducir el gasto superfluo. Para ello, necesitan de la paz política que otorgan los grandes consensos ciudadanos, lo cual hoy carecen. A ello se suman atender niveles altos de pobreza y saldar las carencias de infraestructura necesarias para robustecer el crecimiento económico.

Vecino mayor.

En el caso de Brasil, la restricción del endeudamiento no es mojón lejano. Su nivel superior al 70% del PIB lo convierte ya en un recurso de financiamiento extraordinario, salvo que se acepte abrir otro frente de riesgo, lo cual no es probable. En tal sentido, opera el anuncio reciente de que se estaría pensando privatizar parte del complejo eléctrico (Electrobras) a través de la venta de acciones, destinando esos recursos al financiamiento del déficit. El tema es que no corresponde usar recursos de especie extraordinaria para financiar gasto permanente. Es un recurso para ganar tiempo pero que no resuelve el fondo del asunto.

Dado este panorama, la esperanza de sus autoridades está centrada en recuperar el crecimiento, única fuente genuina de recursos fiscales adicionales.

Aquí se entra en un escenario donde operan otras variables a tener en cuenta que pueden condicionar la recuperación robusta de su crecimiento. Los datos muestran contundentemente que su crecimiento esplendoroso seguido de una implosión estrepitosa, estuvo atado al superciclo de las materias primas, retroalimentado por una expansión del gasto domestico por encima del crecimiento del PIB. Fue un crecimiento a pura demanda externa exacerbada de productos primarios, pero no de penetración de nuevos mercados con productos con valor agregado. En efecto, Brasil sigue siendo una economía cerrada, cuyo coeficiente de apertura externa está entre los más bajos de la región, similar al de economías poco sofisticadas y por ende de bajo grado de desarrollo. Es una economía que se ha resignado a reptar por debajo de su potencial de crecimiento. Resolver esta restricción requiere de cambios estructurales profundos, comenzando con una nueva estrategia de inserción externa y terminando definitivamente con la idea de que su mercado interno es suficiente para apalancar crecimiento duradero. Sin resolver estos aspectos que limitan su crecimiento, los desequilibrios fiscales serán un personaje recurrente del escenario brasileño.

Lentitud argentina.

Argentina va en la dirección correcta pero a paso lento, consecuencia de una refundación político partidaria necesaria, enmarcado por una situación macroeconómica compleja donde la rebaja de la inflación es el desafío mayor, cuando al mismo tiempo es necesario encender la mecha del crecimiento. El aumento del endeudamiento es una de las llaves maestras para lubricar una transición que debe absorber los estropicios heredados y recrear un escenario macroeconómico estable.

En ambos países, el tipo de cambio se ha convertido necesariamente en el ancla macroeconómica de sus administraciones, lo cual tiene como efecto colateral un encarecimiento en dólares de su nivel de precios. Cualquiera fuera la métrica utilizada, el tipo de cambio real promedio regional está sobrevaluado, lo cual derrama sus efectos sobre uno de sus integrantes menores: Uruguay.

Depende de un determinismo regional inescapable, el cual se puede atemperar pero no neutralizar completamente.

Y a esta tenaza regional, la potenciamos con fuerzas propias. Aunque de menor manera, el tipo de cambio nominal se ha convertido en el ancla anti inflacionaria, pues el control del déficit fiscal es elusivo. Siempre aparece alguna expansión endógena del gasto inesperada, que mutila las expectativas de consolidación macroeconómica. Entretanto, el endeudamiento neto muestra un nivel y una tendencia ascendente que sugiere no abusarlo.

Los años venideros para esta parte del continente serán cruciales. Del éxito de un proceso de consolidación macroeconómica de tres países fuertemente imbricados dependerá que puedan recuperar sendas de crecimiento robustas. Y en esto, sabemos que el tipo de cambio como ancla permanente del sistema no es sostenible, pues diluye la competitividad externa lesionando al crecimiento.

Vale la pena reflexionar sobre algunos ejemplos afines de países europeos, España es uno de ellos, que ante la disyuntiva de abandonar el euro para recuperar el crecimiento y el empleo, decidieron permanecer en el sistema monetario a cambio de flexibilizar el precio de factores relevantes como el salario.

Este dilema ya está planteado en nuestra región. No es fácil de resolver, pero ignorarlo trancará toda forma de crecimiento.

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