COMENZÓ el año con metas fiscales ambiciosas, que se fueron deteriorando

Es difícil ver con claridad, la luz al final del túnel en Brasil

Un déficit fiscal muy difícil de controlar, limitaciones políticas para impulsar medidas de ajuste y todos los indicadores de la economía en negativo ponen a Brasil en una situación extremadamente delicada, a juicio del economista, João Pedro Bumachar Resende, del staff de Itaú San Pablo.

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Economista João Pedro Bumachar Resende. Foto: El País

A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿Cuál es el principal problema que enfrenta hoy Brasil?

—Las restricciones políticas en el frente fiscal. En Brasil, una gran proporción de los gastos son determinados por ley, entonces, para ajustarlos se depende necesariamente de un consenso político que hoy claramente no existe. Y al no corregir el frente fiscal, los problemas crecen.

El otro camino para ajustar el frente fiscal es por el lado de los ingresos, lo están intentando con la vuelta del CPMF que es una imposición sobre las transacciones financieras, pero es muy difícil ajustar por ese lado porque la carga tributaria en Brasil ya es muy elevada, y cuando se echa mano a eso se termina deteriorando aún más el crecimiento; lo más adecuado sería poder hacer una ajuste por el lado de los gastos, pero para eso necesita de un consenso que no existe.

Brasil está en una muy mala situación, la actividad no muestra señales de estabilización. En el tercer trimestre tuvo una contracción de 1,7%, y nuestras proyecciones apuntan a una contracción de 3,7% en 2015 y 2,8% en 2016, una recesión bien profunda de la economía brasileña como hacía mucho tiempo no teníamos. En ese contexto, el cuadro fiscal se está deteriorando mucho y un nivel de actividad débil, gastos obligatorios en alza y pago de gastos atrasados llevarían a un déficit primario de 1,1% en 2015 y de 1,3% para 2016.

—El cuadro parecía ser otro a principios de año…

—Brasil inició el año con metas relativamente ambiciosas, aguardaba un superávit primario de 1% y de 2% para 2016. Hay la realidad es distinta, el crecimiento fue mucho peor de lo imaginado y el cuadro político resultó más adverso de lo imaginado para aprobar las medidas necesarias. Durante el año el mercado y el gobierno fueron revisando las proyecciones y hoy estamos en un déficit primario de 1,2% para este año según Itaú, y eso podría llegar hasta 25 si el gobierno resuelve pagar todas las llamadas "pedaladas fiscales" (incumplimientos), aunque no es el escenario más probable. Lo más factible es que eso, que está en el centro de los cuestionamientos a la presidenta, se pague a lo largo de los próximos tres o cuatro años.

—¿Cuál es el camino para salir de esa situación?

—Es bastante incierto cual puede ser el camino, la ventaja con que cuenta a favor es la cuestión de las reservas. Hay una buena cantidad de reservas internacionales, cuando se estima la deuda bruta menos las reservas no es un porcentaje tan alarmante, aunque sea una dinámica muy delicada.

Con las reservas se puede ganar algo de tiempo, quizás uno o dos años hasta la estabilización del mercado. Las reservas funcionan como un seguro. En ese frente, Brasil está bien. Si bien la deuda bruta aumentó bastante en los últimos años, si excluimos las reservas, la deuda quedó prácticamente estable, y eso porque tenemos una depreciación de cambio muy sustancial que aumenta la proporción de reservas sobre PIB.

—Otro problema es la inflación…

—La inflación es muy alta. En parte por causa del tipo de cambio, parte por los precios regulados; vamos a terminar el año con una inflación ligeramente encima del 10% —nuestro pronóstico es de 10,5%— y para 2016 se espera una evolución de los precios minoristas de 6,8%, un nivel que está bien por encima del intervalo de la meta del Banco Central. La meta de 4,5% de inflación del Central para 2016 se modificó, y ahora ese es un objetivo buscado para 2017.

A su vez, la actividad débil por un lado, y la inflación más alta por otro, llevarían a la Selic a permanecer estable por un tiempo en los niveles actuales, que son históricamente altos.

Ahora, las expectativas de inflación han subido y están por encima de la media de la meta, y eso provoca presión a las tasas de interés, por tanto podemos pensar en que si bien nuestra proyección es de 14,25%, quizá debamos pensar en una tasa mayor, del orden del 16,6%.

—El tipo de cambio a la baja pareció "dar una mano" al sector exportador…

—Cualquier alivio que puede haberse visto recientemente en la economía brasileña, influido por el tipo de cambio, por ejemplo, fue temporario. En realidad Brasil necesita un ajuste de cuenta corriente más acentuado de lo que ha tenido hasta ahora, y por tanto precisa de un cambio más depreciado. Se espera un tipo de cambio de 4 reales por dólar este año y 4,5 a fines de 2016. Y si las condiciones fueran peores, precisaríamos de un cambio aún más depreciado para un resultado de cuenta corriente aún mayor.

Y dicho esto, creo que como resultado de todo lo que está sucediendo ahora, aquí y en el mundo, los brasileños comienzan a tener una percepción mejor acerca del camino de apertura económica. Con un mercado interno sufriendo, y un tipo de cambio más competitivo, los empresarios se animan a pensar en que a lo mejor más apertura es más saludable. Y desde el sistema político, dada la fragilidad del mercado doméstico, también lo están considerando distinto.

—El mercado interno bajó los niveles de consumo…

—Después de unos años de consumo relativamente bueno, ahora se está yendo hacia un cuadro de desaceleración muy acentuado, y allí hay dos componentes: por un lado el mercado de trabajo empeora, en un comportamiento incipiente que ya está comenzando a preocupar, y por otro la inflación es muy elevada y el ingreso real está cayendo. Por el lado del crédito, también pesan las altas tasas de interés.

Proyectamos que el desempleo cerrará este año en 8,6% y el próximo en 10,6%.

—¿La baja del grado inversor ya estaba internalizada por el mercado?

—Sí, el mercado ya internalizó la baja de la calificación crediticia; si uno observa el riesgo país de Brasil hoy es consistente con un país que pierde su grado inversor. No solo por el riesgo país, sino por el precio de otros activos financieros de Brasil, el nivel del financiamiento externo de la economía ya es consistente con esto. A nadie sorprendió que eso ocurriera.

—¿Cuánto pesa el panorama político en esto?

—Sin dudas que el pedido de impeachment dificulta aún más las cosas, que la falta de certezas a nivel político no ayuda en nada, pero en realidad las cuestiones de índole política lo que están haciendo es exacerbando una realidad económica que venía cambiando, con una América Latina muy afectada y un mundo que para nada es el mismo de la década anterior. Eso Brasil ya lo venía sufriendo, con menores precios de las materias primas, menos exportaciones, una menor recaudación, gastos difíciles de sostener, mayores demandas sociales, y los avatares políticos no han hecho más que atizar el fuego.

—¿Dónde está el final de este presente negativo para Brasil?

Diversos indicadores nos están mostrando que no es posible definir aún la luz al final del túnel. Tenemos varios trimestres de contracción por delante todavía para comenzar a observar, a fines del año 2016, una cierta estabilización. Todo eso condicionado a que tengamos más certezas institucionales, un déficit fiscal más controlado y en general, un entorno macro menos incierto.

La actividad industrial está bastante atenuada en los distintos sectores. En octubre la industria manufacturera tuvo una caída de 1,3% y en el acumulado anual la contracción es de 10,8%, niveles cercanos a los que se vieron en 2009.

Lo mismo ocurre con los indicadores ligados al consumo, bienes intermedios y de capital, con un descenso que ya viene del año anterior.

Otros indicadores, como las ventas minoristas ampliadas, reflejan un 0,5% de caída en setiembre y un 6,2% de contracción en el acumulado anual. La baja es casi general, se puede observar en rubros como los supermercados, vehículos, muebles o electrodomésticos.

Y los indicadores líderes siguen apuntando a la debilidad: tanto el índice de confianza de la industria, como el índice de confianza del consumidor, o el que mide las dificultades que enfrentan los brasileños a la hora de encontrar un empleo, todos empeoran.

Se prevé el dólar a 35 pesos en Uruguay y 17 pesos en Argentina.

—¿Cuáles son las proyecciones de Itaú para Uruguay?

—La desaceleración de Uruguay acompaña la región, pero la situación de Argentina y Brasil la hacen más marcada. La confianza de los consumidores está en caída y el mercado de trabajo en contracción, como podemos observar. Esperamos un crecimiento de 1,5% en 2016, similar al previsto para 2015.

Cabe recordar que el peso se depreció más de 20% a 29,5 por dólar en 2015 pero el banco central intervino fuertemente para evitar una mayor depreciación. Esperamos un nuevo ajuste del cambio a 35 pesos por dólar en 2016.

—¿Y qué esperan para Argentina?

—El nuevo gobierno contará con un bajo nivel de endeudamiento, pero hereda varios desequilibrios económicos y no tendrá mayoría en el congreso. Una devaluación parece difícil de postergar por el bajo nivel de las reservas.

Esperamos un tipo de cambio de 13 pesos por dólar en diciembre 2015 y una suba de tasas de interés para evitar un espiral inflacionario y disminuir la demanda de dólares.

Para 2016 esperamos se mantenga el tipo de cambio real (con un nominal de 17,1 pesos) y la eliminación progresiva de los controles conforme se acceda a los mercados y se acuerde con los holdouts.

La economía probablemente se contraiga 0,5% en 2016 pero los ajustes resultarían en una recuperación en 2017 y una baja de la inflación.

PERFIL.

João Pedro Bumachar Resende.

Formado en Administración de Empresas en la Fundación Getúlio Vargas, tiene un máster en economía por la Universidad Católica de Río de Janeiro. Es economista asesor en Itaú San Pablo.

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