Opinión

Desvelo macroeconómico

Preocupa la inflación, mencionada como desequilibrio numerosas veces por el Ministro de Economía, y también la concentración del crecimiento en pocos sectores de actividad y caracterizado por alto desempleo, caída persistente del empleo y declinación de la inversión bruta.

El CEF se relaciona con el Poder Ejecutivo a través de él. Foto: Fernando Ponzetto
Fernando Ponzetto

Por el momento no preocupa el sector externo a las autoridades, dado el alto nivel de reservas internacionales con que se cuenta y el superávit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, es decir, el resultado superavitario por exportaciones de bienes y de servicios mayores que las importaciones por iguales conceptos.

El diagnóstico macroeconómico de nuestro país es tal cual lo ha expresado la conducción económica.

Proyectando el diagnóstico señalado, sin ajustes, la percepción general es que la inflación seguirá en alza y la economía desacelerándose aún más, sobre todo cuando se observa lo que viene ocurriendo en la agricultura y a nivel regional, tanto por el lado de la producción de bienes como de servicios exportables a Argentina y a Brasil.

La situación macroeconómica en el año previo a las elecciones se presenta difícil de revertir con medidas de política fiscal, monetaria y cambiaria, en un contexto en el que, además, las negociaciones salariales en curso impondrán límites al accionar de las autoridades oficiales y empresarias. No existe un manejo de medidas que pueda solucionar simultáneamente todos los problemas —desequilibrios— macroeconómicos señalados. Es por ello que habrá que priorizar objetivos: reducir la inflación para devolverla a la meta de la autoridad monetaria o estimular a la actividad económica para mejorar el empleo y abatir el paro forzoso. Intentos por corregir cualquiera de los problemas, puede terminar por ahondar al otro.

En los últimos dos meses, la inflación se mueve a un ritmo anualizado de dos dígitos y supera al límite superior del rango objetivo del BCU. Se menciona a la devaluación del peso como causa del alza no esperada del nivel de precios. Y a su vez, pese a tener nuestra economía un altísimo stock de reservas internacionales y un superávit en el comercio exterior de bienes y servicios, se adjudica ahora a las devaluaciones de Argentina y de Brasil, las causas de la devaluación en nuestro país. Prácticamente nadie esperaba en el primer trimestre de este año que al finalizar junio, el peso uruguayo se hubiese depreciado en dos dígitos frente al dólar. Porque nadie esperaba tampoco los sucesos cambiarios en la región y, si los aguardaba, creía que nuestra economía podía seguir al margen de los acontecimientos económicos de los vecinos. El adjudicar a la depreciación del peso la causa de la inflación es, a mi juicio, parcialmente correcto. Existen otras causas que aseguraban prácticamente una inflación para todo 2018 por encima del rango objetivo de la autoridad monetaria. Dado que una economía sin dinero no tiene inflación, debemos coincidir con Milton Friedman que la inflación es un fenómeno monetario. Observando la evolución de la emisión y del agregado monetario que el BCU intenta manejar para controlar a la inflación, es claro que el comportamiento de ese agregado, conjunción de la acción de la autoridad monetaria, el sistema bancario y el público, influye al alza de los precios: se mueve a un ritmo sensiblemente mayor al que se demanda para acompañar al crecimiento, por lo que el exceso repercute en mayores precios y mayor demanda por moneda extranjera. Por el camino actual, la inflación seguirá en alza, terminará 2018 en dos dígitos y bien por encima de las estimaciones de analistas para el Banco Central y de las encuestas que proliferan, con opiniones incluso de calificadoras de riesgo y de organismos multilaterales (FMI, Banco Mundial, BID y otros por el estilo).

Si el abatimiento de la inflación no fuera el desequilibrio prioritario a corregir de ahora en adelante, entonces lo sería el de reactivar el nivel de actividad que tiende a estancarse, aumentar la inversión y el empleo. Es difícil lograrlo con medidas de política fiscal, en virtud de un déficit de las cuentas públicas que de continuar en su nivel actual —algo muy probable—, será difícil de seguir financiando con tasas bajas como las actuales, por el grado de inversión que tiene el país y porque, por otra parte, tienden a subir en EE.UU. y el mundo. La dificultad radica en que para estimular a la economía, se debería bajar impuestos y aumentar gasto e inversiones, en un contexto cambiario de tipos fijos. Algo imposible de imaginar. Las autoridades tienen margen estrecho para eso pero, no obstante, intentan lograr algún avance con exoneraciones tributarias a nuevas inversiones —grandes y pequeñas— con repercusión al alza del empleo. Algunos creen que una forma de mejorar el nivel de actividad es con subas de salarios para que aumente el consumo y se reactive la economía. El problema con esta posición es que el incremento de los salarios aumenta el costo de producir de las empresas mientras sus ingresos se estancan o caen y en consecuencia la tasa de ganancia disminuye e incluso se puede hacer negativa, por lo que en lugar de crecer el estímulo es a disminuir la actividad con la consecuencia no deseada de reducir el empleo.

Las expectativas, tanto para la inflación como para la actividad económica y el empleo, no son buenas en el resto del año previo a las elecciones. Por el momento, para el año de los comicios tampoco se presentan buenas perspectivas.

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