Opinión

Y después de las elecciones ¿qué?

La fuerte caída en el consumo privado —a un ritmo que duplica la caída de PIB— y la aceleración de la inflación en el primer trimestre del año afectan las chances de reelección de cualquier gobierno.

Casa Rosada. Foto: Reuters
Casa Rosada. Foto: Reuters

Los anuncios recientes son un intento de modificar el curso de los acontecimientos. Por un lado, una serie de medidas que pretenden cambiar el malhumor social y que pueden interpretarse como una Asignación Universal por Hijo para la clase media (congelamiento de unos pocos precios y tarifas, créditos subsidiados). Como herramienta antiinflacionaria, no pasa siquiera el test de ser la pata heterodoxa de un programa de estabilización; una decisión en ese sentido hubiera incluido más precios y también los salarios.

Además, la evidencia empírica muestra la escasa o nula efectividad de las medidas de este tipo para erradicar la inflación, cuando son el único instrumento que utiliza un gobierno. Por otra parte, el cambio más relevante es el abandono de facto de la banda cambiaria y su reemplazo por una flotación sucia que trata de recrear la credibilidad en un ancla nominal, desde ahora el tipo de cambio, que no tendría oscilaciones bruscas. La pregunta es si el BCRA tiene suficiente poder de fuego, y los números parecen demostrar que es así: las reservas netas de pasivos en moneda extranjera representan más del 80% de la base monetaria y alrededor del 50% de la base amplia incluyendo Leliqs. Y además, se podría utilizar una parte (o todo) de los fondos recibidos del swap de monedas con el Banco Central de China que aportarían otro tanto.

En el caldeado clima camino a las elecciones, se pierde el foco en lo que puede pasar después. La gran vulnerabilidad argentina del año 2017, según el análisis del Fondo Monetario de aquel momento (alto desvío del déficit de la cuenta corriente del balance de pagos respecto de lo sostenible y atraso cambiario) estaría bastante resuelta. Haría falta continuar la consolidación fiscal, pero ya se habría avanzado en resolver el 60% de lo que había que lograr a nivel nacional. Resta reducir aún más el peso del Estado en la economía para hacer viable una rebaja en la descomunal presión impositiva y avanzar en otras reformas estructurales (laboral y previsional como las más urgentes).

En la medida en que la administración que asuma la conducción del país el próximo 10 de diciembre continúe con la consolidación y muestre que puede lograr apoyo para avanzar en la parte estructural, lo peor del ajuste macroeconómico que debía hacerse habrá quedado atrás y ello debería ayudar a descomprimir el riesgo país y a negociar con el FMI un cronograma de vencimientos menos apretado en el tiempo.

Debería pasarse de un stand by a un Extended Fund Facility, lo cual sería fácil de lograr si se avanza en las reformas estructurales. El camino alternativo no es posible sin sufrimiento adicional. En 2003, la Argentina tenía un superávit externo de 6% del PIB, superávit fiscal primario, un tipo de cambio real más depreciado que el actual y parte de la deuda en default (lo cual aliviaba la cuenta de intereses). Ello permitía expandir el gasto doméstico sin grandes riesgos macroeconómicos.

Hoy la situación es diferente. El nuevo gobierno asumiría con un déficit externo de 1% del PIB, un pequeño déficit primario y sin default en la deuda. Una situación manejable si se avanza en las reformas, pero que no da margen para una fiesta de consumo local. Argentina tiene la posibilidad de capitalizar el enorme esfuerzo realizado (por ejemplo la reducción en el consumo privado acumularía casi 14% real entre el primer trimestre de 2018 y el segundo de 2019) e iniciar un camino de crecimiento basado en la inversión, las exportaciones y la productividad. En cambio, puede tentarse una vez más con alentar un aumento en el gasto doméstico que aborte al poco tiempo ante la falta de divisas que financien un aumento en el desequilibrio externo.

Por ello, será hora de preguntarle a los candidatos que, en lugar de apelar a lugares comunes y frases hechas, aclaren qué camino van a elegir: continuar la consolidación que empezó en forma tardía y con varias ineficiencias el actual gobierno, o dejarse tentar por los cantos de sirena de las alternativas que prometen que se puede mejorar sin esfuerzo.

(*) Economista Jefe de FIEL (Argentina)

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