ANÁLISIS

El despertar de una nueva década

Vamos hacia un nuevo orden mundial donde agoniza la institucionalidad de la segunda posguerra, pero no podemos aquilatar las dimensiones de lo nuevo.

Foto: Pixabay
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El cierre de la década muestra un escenario poco auspicioso en materia de crecimiento tanto a nivel global como regional. Eso viene acompañado de formas nuevas de inestabilidad política expresadas por movimientos ciudadanos espontáneos que no reconocen fronteras ni realidades económicas subyacentes que los catapulten. Son paridas por causas diversas, sin liderazgos claros, lo que dificulta su categorización y la proyección de sus consecuencias. Aparece entonces un ingrediente nuevo que agrega incertidumbre a los comienzos de una década que ya se autodefine como la transición hacia una nueva época.

Para comenzar, el debilitamiento ya endémico del crecimiento en el mundo desarrollado se explica por la caída del desempeño de su sector manufacturero, hecho que continuó a lo largo del 2019. La Eurozona y el Reino Unido fueron los más afectados, escapando por poco de una recesión técnica (definida como dos trimestres consecutivos de caída). Su tasa de crecimiento promedio osciló entre 0,3-0,6% para el año que cierra, donde Alemania tampoco escapó de esa realidad.

A su vez, Estados Unidos viene creciendo a una tasa anualizada del 1,6-2%, guarismo insuficiente dados los incentivos, incluido el proteccionismo, ofrecidos por la administracion Trump. En tanto, China a pesar de mantener una tasa saludable de crecimiento entre 6-6,5 %, por los incentivos al consumo, proyecta un signo de interrogación por el elevado endeudamiento interno que pone en tela de juicio la solidez de su sistema financiero. A ello se agregan los efectos de la guerra comercial con Estados Unidos, que viene sobrellevando con éxito, pero que penaliza su capacidad de crecimiento en el mediano plazo. India, la otra estrella naciente asiática perdió su fulgor, al mostrar ritmos de crecimiento declinantes al pasar del 6,5% al 4% dadas las restricciones que imponen su sistema financiero fragilizado, la excesiva burocracia que degrada el ambiente para hacer negocios o simplemente prohíja corrupción solapada.

En tanto, como nota de cierto optimismo, la década finaliza mostrando que la operativa de las empresas del mundo desarrollado se ha estabilizado, al no ocurrir episodios de quiebras significativas ni tensiones en los sistemas financieros. Aunque están entrando en un ámbito enrarecido debido al proteccionismo naciente, y donde en el caso europeo se le agrega la incertidumbre del Brexit. Cuál será la deriva de ambos acontecimientos es la gran interrogante de comienzos de la década.

En tanto el entorno macroeconómico del mundo desarrollado muestra características inéditas, fuente adicional de controversias sobre su devenir y consecuencias. A pesar del tono expansionista de todos sus bancos centrales del G7, la inflación sigue por debajo de la tasa de inflación objetivo. En la eurozona (1,5%) en Japón (0,4%) y en Estados Unidos (1,6%) a pesar de que en este país el uso de su capacidad instalada está entre sus máximos históricos. Eso anticipa la permanencia de tasas de interés nominales muy bajas, incluso cercanas a cero que limitan la potencia de la política monetaria como instrumento para neutralizar la aparición de deflación. Aquí, la política fiscal es el único instrumento restante, limitado ya por el alto nivel de endeudamiento de la mayoría de los países desarrollados.

Por lo cual, la gran pregunta es qué dirección tomarán las tasas de crecimiento a partir de este escenario cruzado por fuerzas diversas que proyectan crecimiento económico aletargado. De todos modos, hay consenso entre los analistas de que la probabilidad de una recesión tanto en la Eurozona como en Estados Unidos es baja. No es un tema menor, que aleja al mundo de una realidad inquietante como la vivida en el 2009. Eso permite proyectar una recuperación leve de la tasa promedio de crecimiento del mundo desarrollado en el entorno del 2,4-2,7% aun por debajo de su tendencia histórica (2,6-3,0%).

Esa realidad se contrasta con América Latina. Sus tres grandes países Brasil, México y Argentina cierran el año con peripecias propias. En Brasil parece que su ciclo económico rotó hacia una fase de crecimiento, aún tímido, despues de un quinquenio de estancamiento. A su favor juega una macroeconomía sustentable gracias a la reforma de la seguridad social. A ello se agrega baja inflación y el descenso histórico de las tasas de interés domésticas, lo cual junto a cambios en la operativa de su mercado laboral mejoran el empleo, la rentabilidad empresarial y las perspectivas para la inversión.

México aún no ha logrado recuperar el crecimiento ni la consistencia macroeconómica a través de las políticas de la administración López Obrador, mezcla de estatismo nacionalista que desestimula la inversión y que apunta a otro ciclo de políticas fallidas en materia de crecimiento. Por último, en Argentina su nuevo gobierno aplica políticas emparentadas con la sustitución de importaciones, aumento de las retenciones a las exportaciones agropecuarias, controles de cambios y medidas fiscales que buscan simultáneamente la consolidación macroeconómica -necesaria- junto al combate a la inflación mezclando ortodoxia monetaria con acuerdos de precios y atraso de tarifas públicas. Aún es prematuro un veredicto final, pero lo instrumentado hasta ahora no es amigable con una estrategia de crecimiento sostenible en el mediano plazo.

El resto de la región es un mosaico diverso de realidades, donde excluyendo a Venezuela, los países del cinturón del Pacífico muestran desempeños promedio aceptables en materia de crecimiento económico, con macroeconomías ordenadas y bajo endeudamiento.

Entre tanto, Uruguay se encuentra en territorio medio. La economía creció en promedio 1,2% anual desde hace un quinquenio por debajo de su potencial (3%). Su macroeconomía se ha fragilizado de la mano de un déficit fiscal creciente (5%), que elevó la relación deuda bruta-PIB a casi el 70%. La rentabilidad empresarial se ha deteriorado, hecho corroborado por la caída sistemática de la tasa de inversión. Su consecuencia fue el aumento endémico de la tasa de desempleo (8.2%) a pesar de la caída del número de personas que buscan trabajo. Revertir esa situación será una de las prioridades del nuevo gobierno en un entorno externo incierto.

Junto a este panorama donde reina la incertidumbre económica, a nivel global se agrega el nuevo hecho político de las protestas espontáneas autoconvocadas por las redes sociales, que trascienden fronteras, pertenecen a ideologías diversas, tienen reivindicaciones propias y han generado ya hechos políticos significativos. En la región Chile, Ecuador y de alguna manera Bolivia son los ejemplos recientes. Pero no han estado ajenos en Hong Kong, Líbano, Francia y Barcelona.

Todo confirma que vamos hacia un nuevo ordenamiento mundial donde agoniza la institucionalidad de la segunda posguerra pero donde aun no podemos aquilatar las dimensiones de lo nuevo. Las semejanzas con la década del 20 del siglo pasado apabullan. Esperemos que podamos evitar sus consecuencias.

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