Jorge Caumont

El desperdicio del tiempo

En 1992, Gary Becker recibió el Nobel de Economía por la aplicación del análisis microeconómico en la explicación de aspectos sociales tales como la tasa de natalidad, demanda por hijos, matrimonio, divorcio, la inversión en capital humano y otras cosas por el estilo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Este domingo hay que atrasar los relojes. Foto: morguefile.com

Introdujo progresos significativos en la teoría de la formación de precios, el núcleo de la "ciencia" económica.

Entre ellos se debe incluir al costo de oportunidad del tiempo en la determinación de los precios de un bien o un servicio. Un ejemplo de la integración del costo del tiempo en las decisiones de compras debe bastar para comprender: los ejecutivos de empresas viajan más en avión que los estudiantes pese a que para ir al mismo lugar un viaje en ómnibus es más barato. La razón fundamental: el costo que tiene el tiempo para cada uno de ellos.

Satisfacción.

Pero también decepción. Esa introducción viene a cuento por lo que nos pasa desde hace ya años en Montevideo. Venir al centro de la capital desde cualquier barrio lleva hoy más del doble de tiempo que hace cuatro o cinco años. La anécdota que explica esa situación es que hay más vehículos desplazándose por la ciudad debido a que el ingreso de la gente en los últimos nueve o diez años ha aumentado y ello permitió ventas anuales de automóviles mayores al doble de las que había en los mejores años del pasado. Pero cuando uno se aparta de lo anecdótico y evalúa el costo que tiene la nueva realidad —el costo del progreso económico podríamos calificarlo— la satisfacción da lugar a la decepción. De la satisfacción, porque lo que ocurre significa que una proporción mayor de la población ha accedido al consumo de bienes superiores —más allá de los necesarios para subsistir— se pasa a la decepción personal de cada uno, porque el costo que ello tiene es considerable. La superpoblación de automóviles y otros medios de transporte impone costos explícitos e implícitos a quienes deben transitar por Montevideo para cumplir con sus tareas de negocios y con otras complementarias, lo hagan o no en su vehículo, en un taxi e incluso en ómnibus. Los costos explícitos sean por el normal desplazamiento diario o por los accidentes que se producen por la superpoblación vehicular sin la contrapartida de soluciones para el tránsito, son calculables y visibles rápidamente cuando cada uno pasa raya al gasto del mes. Los costos implícitos son los que se calculan considerando el costo del tiempo perdido —sea para negocio u ocio—, que es la diferencia entre el menor tiempo anterior y el tiempo actual que exige llegar adonde se desea ir.

Cuando se pasa de lo personal a lo general, el costo hundido de una realidad como la narrada es sumamente alto. Refleja la pérdida de eficiencia que tiene la economía, el gasto sin contrapartida aceptable y un indudable motivo para requerir la acción correctiva de la autoridad que corresponda. En el plan estratégico que debe tener cualquier conducción de un país, un departamento o ciudad, el costo a abatir de situaciones como la referida, que es alto para cada persona y que se magnifica cuando se agregan los de todas las personas, la solución debe ser incluida. Y debe ir más allá de medidas que dependan del clima, de la hora del día, la calificación o descalificación de quienes conducen, la vigilancia u otros criterios que no sean generales y que incluso involucren a empresas particulares.

Necesidad de obras.

La comuna de una ciudad que se precie de evitar la ineficiencia del funcionamiento del tránsito debe, necesariamente, realizar obras cuya construcción y hasta su administración puedan ser encargadas a empresas particulares, exista o no fondeo con recursos comunales propios, y desterrar los criterios holocénicos basados en la discrecionalidad de quienes hoy se encargan personalmente, con buena fe pero sin éxito, del ineficaz intento de superar la ineficiencia.

Hace ya varios años que el aumento del costo del traslado en Montevideo se viene acentuando. La evidencia exime de otras pruebas pero no se percibe que simultáneamente existan obras, acciones o propuestas que, aunque más no sea, tiendan a solucionar el problema en cierto lapso. Y no porque haya otras obras prioritarias. Y si así lo fuera, el criterio no sería el correcto. Piense el lector en la agregación de los costos explícitos e implícitos de la situación del transporte en la capital. ¿No serían mayores que cualquier otro que se pueda estar atendiendo y, tal vez con el mismo volumen de fondos, o negando innecesariamente la inversión privada en infraestructura vial?

Becker no pensaba en Montevideo cuando realizaba su investigación que le llevó a la incorporación sistemática del tiempo en el análisis económico. Pero sí consideraba necesario que hubiera inversiones públicas para usarse como bien público e inversiones privadas para satisfacer a quienes desearan pagar por su uso en función del costo de su tiempo.

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