OPINIÓN

Lo que nos deja el 2018: expectativas y complejidades

Parece que llegó el prolegómeno de un fin de época, dándole probabilidades no despreciables a la oposición de ser gobierno para las próximas elecciones.

Almanaque. Foto: Pixabay.
Foto: Pixabay.

El 2018 se despide cargado de incógnitas, cuyo devenir dejará su marca en los tiempos venideros. Su origen es un cambio de signo de la complacencia que inundó al mundo fruto de la década gloriosa de comienzos de siglo, la cual hoy es sustituida por un estado emocional de acechanzas, resultado de expectativas insatisfechas que alimentan descreimiento sobre las virtudes de la economía de mercado y hasta la propia democracia liberal.

Los líderes circunstanciales toman el lugar de los partidos políticos, como intérpretes genuinos de las masas ciudadanas, basándose en soluciones mágicas que hasta el momento no han dado los resultados esperados.

Sin dudas, los cambios tecnológicos han ayudado a este proceso, pues tienden a convertir al mundo en una gran aldea global, donde las formas tradicionales de gobierno y sus políticas respectivas ven limitados sus alcances. Se trata de un hecho que es válido tanto en lo económico, en lo comercial y en lo financiero, extendiéndose incluso al resurgimiento de las flujos migratorios. Todo eso fermenta un caldo de cultivo para la aparición del líder por antonomasia, intérprete de las dificultadas y proveedor de las necesidades.

Su manifestación concreta son los populismos de grado diverso, el neo- nacionalismo emergente o su alternativa edulcorada expresada en el decaimiento del multilateralismo que reinó a fines del siglo pasado. Sin duda, el año que fenece muestra y confirma que a lo largo y ancho del mundo ese proceso continúa como resultado de una transición histórica, cuyos trazos finales aun son difíciles de definir.

Esta realidad variopinta nos encuentra junto a nuestros vecinos, en una situación mezcla de expectativas atadas con complejidades.

Enseñanzas.

Lo que se aprendió de Argentina es que las transiciones desde el populismo hacia políticas económicas sostenibles es un proceso sin pausa, complejo, tensionado por las restricciones de cómo descargar sus costos con el menor daño posible y por sobre todas las cosas, aceptar que consume cantidades enormes de capital político. Este hecho puede poner en riesgo expectativas electorales, pero la grandeza de los fines perseguidos obliga a arriesgarlas sin miramientos. Es un acto refundacional que no tiene alternativa.

Las nuevas pautas de política, incluido el acuerdo con el FMI, están en proceso con un signo de interrogación abierto, aunque con el matiz positivo de que se aceptó la gravedad de la situación por parte de la sociedad y el gobierno.

Ahora está la vigilia del esperado rebote que dé vuelta la página de este episodio singular de la historia argentina. Y todo eso apoyado por la toma de conciencia de la profundidad de la corrupción explicitada recientemente, sus costos sociales y su necesidad de erradicarla de forma absoluta.

Otra versión.

El triunfo de Bolsonaro es algo de lo mismo en versión diferente. El Petismo, a pesar de sus logros en erradicar bolsones de pobreza, aceptó la corrupción como una dimensión de la gestión del gobierno, basado en que el fin justifica los medios. El resultado -esperable- fue el estancamiento y la degradación de la política en general, cuya resultante final fue la frustración de las expectativas de las grandes masas ciudadanas, las cuales en su momento se habían esperanzado con la aparición de una izquierda moderada cargada de promesas y buenas prácticas de gobierno.

El Brasil del futuro ha vuelto a su pasado. Su alto déficit fiscal aunado a un débil crecimiento económico para paliar las necesidades de su agenda social, más su condición de ser una economía muy cerrada, impone desafíos cuya resolución pondrá a prueba a la nueva administración.

Esa es la herencia que este año le deja a la sociedad brasileña, y también al resto de la región. A pesar de los anuncios de cambios dramáticos, la historia no enseña que la sociedad brasileña se mueve por caminos sutiles, a veces lentos, para procesar los cambios. Máxime cuando estos cambios se dirimen en un sistema político fragmentado por los traumas recientes.

La situación local.

Con este telón de fondo, nuestro gobierno despide el año con signos de fatiga. El bajo crecimiento plasmado ya en estancamiento sin escapatorias concretas, junto a un déficit fiscal creciente han generado desconcierto seguido de reproches dentro de filas gubernamentales. Eso lo ha puesto a la defensiva, recalcando logros, lo que se ha evitado pero flaco en nuevas propuestas que revitalicen a las fuentes genuinas de crecimiento.

Parece que llegó el prolegómeno de un fin de época, dándole probabilidades no despreciables a la oposición de ser gobierno.

Desde esta bisagra histórica compleja con la que despide el año, solo puede decirse que la incertidumbre será una constante. Que la complejidad de los cambios que se anuncian llevará su tiempo y estará sujeto a vaivenes. Y que los que aspiran a ser gobierno deberán tenerlos en cuenta para no generar falsas expectativas de resultados rápidos, pues la especie de los desafíos no lo permite pues serán cambios en un marco de aletargamiento económico a escala global.

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