OPINIÓN

El deber de mirar hacia el horizonte

El mundo viene mostrando una capacidad de resistencia inesperada ante los embates del COVID-19.

Foto: Pixabay
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La lucha cotidiana contra el coronavirus y sus miserias, no deben impedirnos de mirar hacia horizontes que se avecinan cada vez más luminosos y cercanos.

El FMI acaba de presentar el informe habitual para su reunión anual de primavera, donde señala que la mayoría de las economías avanzadas, después de la pandemia, emergerán poco dañadas gracias a los programas de vacunación, la expansión fiscal extraordinaria y las políticas monetarias expansivas llevadas adelante.

Así, pronostica que el panorama económico mundial ha mejorado notablemente desde la visión que tenía el organismo a principios de este año, al subir las proyecciones de crecimiento para casi todos los países. Para 2021 y 2022, el crecimiento global se acelerará para llegar 6 y 4,4 %, respectivamente. Al mismo tiempo, rebaja sus estimaciones del impacto negativo producido por la pandemia en 2020, lo cual implica que el daño económico sufrido hasta ahora será menor que el generado por la crisis del 2008-9, que duró casi una década. En el 2024, las economías avanzadas producirán solo 1% menos que su nivel pre pandemia, cuando después de la recesión del 2008-9 su caída promedio fue del 10%. Lo más notable es que el crecimiento proyectado para Estados Unidos es aun mayor del que se pensaba antes de la llegada del COVID-19.

En ese escenario, Europa es la parcela del mundo desarrollado que corre de atrás, esperándose, según el FMI, que recién en 2024 recupere los indicadores de crecimiento de pre pandemia. De todos modos, esos resultados son mucho mejores de lo que hasta hace poco se habían esperado, anticipando una salida en V para el conjunto de un área sustancial del mundo.

Sin embargo, proyecta que la crisis será mas persistente en el mundo emergente, cuyo producto estima será en 2024 un 8% por debajo del correspondiente al del nivel pre pandemia. Esa realidad se explica mayoritariamente por la de aquellos países totalmente dependientes del turismo de ultramar, con institucionalidad débil para vacunar masivamente e incapacidad para instrumentar políticas expansivas de gasto público.

A ese escenario se le antepone la realidad fulgurante de China e India, cuyas últimas proyecciones de crecimiento superan el 8,5% y el 11,5% para 2021 y 2022, respectivamente. Una realidad que también acompañan el resto del sudeste asiático y países relevantes como Corea y Japón.

Este pantallazo reciente de la situación mundial confirma lo que otras entidades como la OECD también ya anticiparon: el mundo viene mostrando una capacidad de resistencia inesperada ante los embates del CVID-19. Eso, gracias a dos hechos fundamentales. Primero, a la capacidad de reacción inmediata de los gobiernos de los países desarrollados y también de China, que no dudaron en instrumentar una batería inédita de políticas que, por su volumen y alcance, derramaron sus efectos positivos por todo el mundo.

Segundo, por la capacidad de la ciencia de preparar vacunas efectivas en tiempo récord, algo también inédito en la historia de la humanidad. Hoy la discusión es sobre quiénes la reciben primero, si alcanzan para lograr inmunización de rebaño en un lapso corto o de la efectividad relativa entre vacunas, cuando hace apenas un año muchos dudaban que pudieran estar disponibles antes de un lustro.

Obviamente que también hay voces de cautela o cierto escepticismo sobre los efectos, en el mediano plazo, de los enormes volúmenes de liquidez y endeudamiento asumidos por los países desarrollados, los cuales algún día deberán revertir, lo cual implica aumento de tasas de interés, salida de capitales desde las economías emergentes y restricciones en el financiamiento externo. Es una observación válida, pero que también es relativa. Aunque de menor magnitud, funcionó en el 2008-9 para evitar la caída del sistema financiero mundial, lo que hubiera sido catastrófico. Hoy se replica con mayor potencia y viene dando los resultados esperados, pues en el ínterin no aparecen otros instrumentos disponibles a la vista.

A veces, el exceso de cautela bajo estas circunstancias se asemeja a preocuparse por los daños del agua que arrojan los bomberos apagando un incendio.

En definitiva, el mundo se viene parando nuevamente sobre dos pilares, Estados Unidos y China, que tienen la capacidad de arrastre suficiente para generar demanda agregada a nivel global.

El alza del precio de las materias primas, y en particular alimentos, no son el resultado exclusivo del debilitamiento del dólar o cuestiones climáticas. Por detrás está la necesidad de abastecer las necesidades resultantes del crecimiento del mundo industrializado, en particular el de China.

Uruguay, y también sus áreas templadas aledañas, tienen una oportunidad de oro para aprovechar las nuevas condiciones que se avecinan. No estamos hablando del retorno de un superciclo de las materias primas, pero sí del resurgimiento de una demanda de alimentos sostenida con tendencia al alza. Esto no implica complacencia por los buenos precios para enmascarar ineficiencias. Todo lo contrario. Cuanto mejores son los precios, más alto es el costo de oportunidad por lo que se pierde, al producir por debajo del potencial, dadas las ineficiencias en la infraestructura, altos costos domésticos o condiciones de acceso a los mercados subestimadas por pago de aranceles.

Todo esto obliga a no dejar de lado las reformas estructurales necesarias para derribar los cuellos de botella que nos impiden crecer más. En esto, la mejora de la inserción internacional también es clave.

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