Opinión

Debates necesarios de 2019

El consenso generalizado sobre el devenir del 2019 es de incertidumbre sesgada hacia el pesimismo.

Guerra comercial China vs. EE.UU.
Foto: Archivo

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La guerra comercial latente entre Estados Unidos y China, el desenlace errático del Brexit y el aletargamiento del crecimiento de la mayoría de los países de la Unión Europea, serán el telón de fondo del año que se inicia.

Son realidades demasiado importantes para ignorarlas, pues involucran al corazón de la dinámica económica del mundo. Pero lo más relevante es la dificultad de predecir cuáles serán las salidas más probables, salvo señalar que todo no será igual que antes. Es un cambio de época, con nuevos actores, correlaciones de fuerza entre naciones y bloques diferentes y con visiones diferentes de cómo conducir las sociedades.

Las democracias liberales, con sus reglas y valores que resurgieron casi como paradigma absoluto luego de la implosión del régimen soviético y sus satélites, ceden hoy espacios a sistemas de gobierno autoritarios a lo largo y ancho del mundo. Sus causas y modos son diversos, pero su denominador común es la insatisfacción de las masas ciudadanas que es aprovechada por los líderes "salvadores" de turno.

En tanto, los signos de esa realidad son tasas bajas de crecimiento económico respecto a las medias históricas previas, acompañadas de riesgos latentes, como la sobre expansión del crédito doméstico en China, la debilidad de algunos segmentos de la banca europea y la contracción de la inversión acompañado del alto endeudamiento corporativo.

En suma, cualquier pronóstico, aun el optimista, debe apuntar hacia la cautela señalando que un buen resultado sería replicar los del año pasado en materia de precios y cotización de monedas.

en el plano local. Conviviendo con ese escenario global, marchamos hacia un acto eleccionario que luce reñido, con una economía estancada que destruye empleo y sin márgenes de maniobra genuinos para reactivarla, dado el alto déficit fiscal y nivel del endeudamiento. A eso se agregan las incertidumbres de nuestro resto del mundo regional, que sigue siendo altamente relevante como demandante de nuestros servicios y bienes.

Como hubo hace poco más de una década un estado del mundo extremadamente benévolo, hoy debiéramos pensar que se abrió una etapa donde reinará la incertidumbre incubadora de tasas de crecimiento mediocres, cuyo resultado es el aflojamiento de la demanda global y por tanto, debilitamiento de los precios de las materias primas y alimentos.

Ante ello, no se puede esperar el retorno de una coyuntura externa excepcional como la vivida para reactivar el crecimiento. Será sólo a través del alumbramiento de las fuentes de crecimiento que el país posee, la corrección de las distorsiones autoimpuestas y la eliminación del desperdicio, entre ellos el gasto público innecesario.

sostén de crecimiento. Una mirada retrospectiva sobre la última década y media muestra que los puntales de crecimientos nuevos y robustos fueron la forestación y la agricultura dinamizada por la soja, siguiéndoles el repunte de la ganadería y la lechería. Su dinámica se extrapoló hacia la cadena de servicios conexos generando actividad y empleo a lo largo y ancho del país.

Hoy, salvo la forestación, el resto han encontrado su techo o entraron en el camino del retroceso, como es el caso de la lechería. Es aquí entonces donde se posa el primer desafío para el próximo gobierno. Se trata de recrear condiciones para que sectores que fueron altamente dinámicos recuperen su vigor y no comiencen a retroceder como lo hizo ya el arroz. Lo mismo puede decirse de las actividades industriales que tienen potencial genuino, pero que por una u otra razón están aletargadas o quedaron fuera de competencia.

El tema es más complejo que buscar resolverlo sólo por la adecuación del tipo de cambio real. Quizás sea momento de pensar en otorgarles condiciones similares a las ofrecidas a UPM . Obviamente que las políticas sectoriales promocionales conllevan sus complicaciones, pero con criterios transparentes, de índole temporal, hasta tanto se van diluyendo otras distorsiones que afectan a la rama productiva en cuestión, se diluyen los riesgos.

Las distorsiones autoimpuestas a eliminar abarcan un abanico amplio de realidades, que van desde la instrumentación de una nueva política comercial facilitada hoy por la realidad distinta del Mercosur, hasta repensar el rol y ámbito de acción de las empresas públicas. Es un debate que lleva más de dos décadas, que ya se laudó en que permanecerán en el dominio público. Pero de ahí en más, ese dictamen ha sido utilizado para amparar actividades ajenas a su rol básico, y que en muchos casos le han generado costos sustanciales al país.

El debate electoral sustancial aún luce ajeno a este tema, quedándonos en la epidermis de las tarifas altas de sus servicios. Pero por debajo hay que atacar los temas de eficiencia, buscando estrategias para eliminar áreas que dan pérdidas, que no son estratégicas para el país como la fabricación de portland por parte del Estado, o la producción de biocombustibles a pérdida cuando la matriz energética del mundo y del país van hacia una dirección donde su uso es cada vez menor.

Por último, la disminución del gasto público es la otra gran tarea pendiente. La aparición de "espacios fiscales", inesperados frutos de hechos externos temporarios, alimentó la cultura tradicional de nuestras izquierdas que todo gasto público es bueno y generador de crecimiento. Cuando la realidad cambia, el resultado es opresión impositiva sobre los sectores productivos genuinos, y endeudamiento creciente con su secuela de atraso cambiario.

Discutir estos temas, en el marco de un escenario externo complicado y en vísperas de un acto eleccionario, son las coordenadas básicas del debate de 2019.

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