GUILLERMO DUTRA - COLUMNISTA INVITADO

Cultura del trabajo para el desarrollo

Bien pertinente podría ser la "Directriz estratégica 2015-2020 - La cultura del trabajo para el desarrollo" del Ministerio de Trabajo en un contexto nacional con crecientes dificultades vinculadas al empleo; más aún cuando el principio rector a nivel mundial ha pasado a ser el "desarrollo sostenible" (1).

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Jóvenes estudiando en talleres de robótica. Foto: Archivo El País

En el actual escenario, Empleadores, Sindicatos y Sector Académico —poniendo diferentes énfasis— junto al gobierno, son protagonistas de una escena marcada por "lo que antes se debió hacer y no se hizo" pero, sin dejar de mantener consenso acerca de que las limitaciones del modelo de desarrollo vigente, lejos nos posicionan del desarrollo sostenible en términos económicos, sociales y medioambientales.

Credibilidad política.

Abordar la "cultura de trabajo para el desarrollo", mientras el país padece los efectos de una firme desaceleración y debe asumir restricciones imprevistas, genera compromisos muy concretos para revertir indicadores por nadie deseados. Entre otros : i) el desempleo crece (más en la capital) aun cuando viene cediendo una tendencia progresiva de la población económicamente activa (2); ii) el empleo industrial se ha mostrado a la baja en los últimos años, acelerando la caída desde inicios del año pasado (3) e igual tendencia registra la construcción desde 2012; iii) la calificación de los trabajadores padece déficit; iv) la productividad laboral está llamada a mejorar según los estándares vigentes en los países desarrollados (4) y v) la investigación e innovación aplicadas a la producción nos ubica por debajo del promedio región (5).

En un país con acotado mercado interno y todavía escasa diversificación productiva, variables no menores se suman a lo anterior: i) las cohortes nuevas que ingresarán al mercado de trabajo son cada vez más reducidas, de baja calificación y potencialmente no muy productivas; ii) la calidad de la educación viene dejando en evidencia desempeños no muy alentadores según las últimas mediciones de las pruebas PISA; iii) las empresas dicen demandar calificaciones que no están disponibles (6) y iv) las pautas de actualización que se proponen desde los Consejos de Salarios están "bajo sospecha" de estar cada vez más despegadas de una rentabilidad genuina y si vinculadas a una amenazante inflación (7) .

Responsabilidades.

Sin perjuicio de las responsabilidades y autocríticas que caben respecto de la "vigente cultura de trabajo", existe un componente que por su valor estratégico a todos disciplinadamente nos debería convocar: "el desarrollo y la protección del capital humano". El talento humano es el componente productivo más importante de la economía contemporánea, por lo tanto todo el rigor que se aplique al desarrollo y cuidado del capital humano está directamente relacionado con las posibilidades de crecimiento sostenible.

Desde la Universidad de Stanford, Hanushek & Woessmann demostraron que un aumento de una desviación estándar de las competencias cognitivas (medidas a partir del exámenes tipo PISA) está asociado aproximadamente a dos puntos porcentuales adicionales de crecimiento del PIB per cápita (8). La envergadura de lo que está en juego llevó a que países como Singapur, Hong Kong, Corea del Sur, Japón y Finlandia, décadas atrás adoptaran decisiones cuyos resultados hoy los ubica en los primeros diez lugares en las pruebas PISA (9).

Según se desprende en la directriz estratégica del gobierno, la calidad del empleo y la formación de los trabajadores son propósitos relevantes, sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto se los relaciona con los desafíos que están por delante. Tampoco se deduce el necesario "cambio de timón" para tender mejores puentes entre los ámbitos de la investigación, la producción y la educación/formación de trabajadores.

Compromiso.

Definitivamente —aprovechando los diagnósticos que las sobradas capacidades académicas del Uruguay vienen formulando— estamos ya en tiempos de abordar el "cómo" y comprometer "metas". En aras de esto último, hay que ir por "una política universal centrada en la persona" e instrumentada a través de "sistemas abiertos" —y no autoreferidos— que puedan acompañar a afrontar y promover los cambios permanentes que afectan la vida laboral y productiva de la "ciudadanía en la sociedad del conocimiento". Como consecuencia, las políticas deben poder responder en términos de: ¿Cómo compensar la deficiencia de competencias básicas? ¿Cómo acompañar la incertidumbre del cambio tecnológico y potenciar los espacios de innovación y adecuada gestión del talento humano".

Por otra parte, si lograr una mayor inclusión social es lo que se aspira, cabría preguntarse si las políticas de Protección Social —centradas en gran parte en transferencias condicionadas hacia sectores que siguen siendo vulnerables— no están llamadas también a ser instrumentales para el salto cualitativo que el país debe dar, asegurando el desarrollo y pertinente redistribución del talento humano; no sólo como efecto del crecimiento y formalización de la economía, sino también como causa de la estabilidad social y consolidación de alianzas estratégicas en torno al objetivo común de querer ser más competitivos.

El riesgo de reducir el análisis de la pobreza y la exclusión sólo desde la perspectiva educativa es limitante del conjunto de contextos, acciones y sujetos que deben ser objeto de políticas de formación y/o certificación. Es decir, la tendencia al monopolio de los sistemas educativos en términos de certificación inhibe la transparencia y reconocimiento de nuevos ámbitos para la construcción, distribución y reconocimiento del saber productivo. No se trata de reemplazar la educación por la formación, sino de encontrar los necesarios ámbitos de complementariedad entre las políticas educativas y las de formación continua.

Sumado a esto, también se deberían atender adecuadamente los déficit de información vinculados a la existencia de programas de formación y/o acreditación/certificación de trabajadores. La ausencia de una perspectiva general sobre la operatoria y resultados de dichos programas que supere su dependencia funcional, termina inhibiendo el análisis integral de un tema complejo en su abordaje.

Interrogantes.

Con responsabilidad y coraje cabría preguntarse: ¿en qué medida los sistemas educativos formales cuentan con espacios destinados a informar y/u orientar sobre los cambios productivos? ¿En qué medida la brecha entre educación y trabajo no es la expresión de dos sistemas que se diferencian cada vez más, constituyendo cada uno de ellos esferas vitales autónomas? ¿En qué medida los tiempos de los sistemas educativos son irreversiblemente más lentos que la dinámica del cambio tecnológico?

Por último, convendría otra vez aquí retomar la recomendación del Asian Development Bank en su análisis prospectivo a 2050: "más de lo mismo tendrán costos a futuro y se requiere liderazgo político para promover transformaciones profundas en la forma de concebir los procesos de educación, formación, innovación y desarrollo" (10).

(1) Río + 20. Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo,

(2) Encuesta Continua de Hogares. INE http://www.ine.gub.uy/actividad/empydesemp2008.asp?Indicador=ech

(3) Encuesta Industrial. Junio 2015. Cámara de Industria

(4)http://www.elpais.com.uy/economia/noticias/productividad-laboral-uruguay-alta-region.html

(5) Uruguay + 25 . Fundación ASTUR Red MERCOSUR 2014.

(6) Encuesta Anual 2014 de la Unión de Exportadores citada en "Directriz estratégica 2015 2020 del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social Cultura de Trabajo para el Desarrollo"

(7) Javier de Haedo, Ignacio Munyo y Pablo Roselli. Programa "En perspectiva" julio, 7 de 2015.

(8) Hanushek E., Woessmann L 2010 The High Cost of Low Educational Performance: The Long-Run Impact of Improving PISA Outcomes

(9) www.bbc.com Knowledge economy.

(10) Asia. 2050 Report: Realizing the Asian Century, Asian Development Bank 2012.

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