ENTREVISTA

Las cuatro trampas al desarrollo en Latinoamérica, según Mario Pezzini

La insistencia de Uruguay para que se reconsideren los criterios de ayuda oficial no encontró eco en los países desarrollados.

Mario Pezzini, director del Centro de Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Foto: Francisco Flores
Mario Pezzini, director del Centro de Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Foto: Francisco Flores

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Los países de América Latina deberían impulsar acciones de política que les permitan superar los círculos viciosos o “trampas al desarrollo” que les impiden crecer y al mismo tiempo reducir desigualdades, afirmó el italiano Mario Pezzini, director del Centro de Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Pezzini estuvo la pasada semana en Montevideo donde presentó el informe “Desarrollo en transición”, que refiere también a la necesidad de repensar la forma en que se vehiculiza hoy las cooperación internacional. Dijo que posturas como la de Uruguay, de solicitar que se revisen los criterios que definen la asignación oficial de “ayudas al desarrollo”, han propiciado estas discusiones. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿En qué piensan cuando hablan de una nueva forma de cooperación?

—El modelo de desarrollo que tenemos hoy tiene su base unas cuantas décadas atrás. Este modelo se inspiró en la necesidad de eliminar la pobreza extrema; por tanto, lo que se hizo fue estimar cuánta gente estaba por debajo de esa línea de pobreza extrema que definió el Banco Mundial para llegar a un estimado de la cifra total de pobres en los países más vulnerables. Ese total, lo repartimos entre los países que lo pueden pagar, o sea los desarrollados. Este proceso permitió llegar a una cifra: 0,7% del PIB que los países que se convirtieron en “donantes” debían volcar en ayudar a los demás. Esta manera de atacar el problema tenía una justificación fuerte: la idea de que si uno pasa la línea de pobreza extrema, supera el problema y no va a retornar, porque hay mecanismos de mercado que le permiten integrarse automáticamente a la sociedad. Pero es evidente que hay gente que vuelve a caer. En América Latina hubo una fuerte reducción de la pobreza extrema y ahora está volviendo a crecer. Hay múltiples vías para que eso pase, la pérdida de trabajo, reducción de ingresos, inflación, empleo informal que no permite acceder a una buena jubilación, etc. Por tanto, hay que buscar otro modelo de cooperación.

—No basta con las transferencias de recursos…

—La pobreza es consecuencia de múltiples factores que hay que atacar. No alcanza con las transferencias monetarias. Y cuando la economía de un país pobre crece, no se arregla el problema dándole dinero a la gente. Allí es donde se necesita una política pública activa que permita crear condiciones para ayudar a esa población a salir de ese círculo. Por tanto, tenemos que organizar de otra manera la cooperación, pensar en apuntalar el desarrollo y como primera definición, pensar en experiencias entre pares, no aquello de un donante que decide y un receptor que acepta y recibe. Ya no funciona. Cada uno elabora su forma de desarrollarse y la cooperación debe tener en cuenta esto..

—En su reciente presentación en Montevideo, usted hizo referencia a cuatro “trampas” del desarrollo. La primera que nombró fue la de la competitividad. ¿Qué significa?

—En Latinoamérica, la contribución al comercio internacional no ha aumentado en las últimas décadas, no pasa del 8-9% del comercio mundial. Detrás de ello está la baja competitividad que existe en la región. Entre los factores que llevan a ello, está el tipo de especialización productiva, con una estructura de exportación concentrada en el sector primario, extractivo y de bajo grado de sofisticación, lo que debilita la participación en cadenas globales de valor y dificulta un mayor crecimiento de la productividad. Que haya una gran producción de recursos naturales no es un problema, sí ser dependientes casi exclusivamente de ello; y esa dependencia en muchos de los países de la región ha aumentado con el tiempo. En consecuencia, la necesidad de nuevos motores de crecimiento se ha vuelto más urgente. Pero en este contexto, al emprendedor le cuesta encontrar condiciones para competir.

—¿Quién debe dárselas?

—Estamos en un continente donde se invierte muy poco en innovación. La inversión en I+D+i en los países de la OCDE es 2,4% del PIB en promedio; en China es de 2% —aunque algunas provincias ya están en el 4%—, en Corea del Sur es 4%. Latinoamérica está lejísimo de eso, un ejemplo es Uruguay que está en el 0,3%. Y sobre todo falta inversión del sector privado. Eso es un problema serio, donde hay empresarios que no innovan, no aumentan su productividad. Seguramente falten condiciones para hacerlo. Estos países deben favorecer nuevas actividades económicas, con más inversión, impulsar pymes, pensar en los sectores más dinámicos; esto requiere de políticas públicas que inviertan y orienten. El mercado solo no lo va a hacer.

—Antes hablamos de una región con un alto porcentaje de pobres y con una masa de población que se mueve en el límite, donde cualquier fenómeno adverso les vuelca hacia la pobreza; esa es la segunda “trampa” a la que usted se refirió…

—Exactamente, buena parte de quienes escaparon de la pobreza en los últimos años forman parte de esa creciente clase media vulnerable, que es un 40% de la población de Latinoamérica. Poblaciones que podrán mejorar algo con más ingresos pero no dejan de ser vulnerables y se perciben así, faltos de oportunidades para superar esa situación. Se necesita protección social, pero sobre todo condiciones para un mejor desarrollo. En la base de todo: una buena educación y oportunidades para buscar mejores condiciones de vida e impulsar una transformación productiva.

—¿A qué se refiere cuando habla de “trampa institucional”?

—Tuvimos un largo período de crecimiento, impulsado entre otras cosas por el ciclo de altos precios en las materias primas. Las clases medias que se vieron favorecidas se generaron nuevas expectativas, y las instituciones no han podido responder a las crecientes demandas de los ciudadanos. La consecuencia de ellos es desconfianza y poca satisfacción con los servicios públicos. Tanto así que incluso se reavivan impulsos de considerar que no vale la pena pagar los impuestos. Ello crea nuevas dificultades para contar con los ingresos fiscales necesarios y se hace más difícil cumplir con los servicios públicos y las exigencias sociales. Es un círculo vicioso muy delicado.

—La población siente que se le exige un sacrificio vía impuestos que no tiene su contraparte en los servicios recibidos…

—Es verdad, pero en una región donde la recaudación es baja. En el promedio de los países de OCDE la carga fiscal es equivalente a 34,5% del PIB, eso le permite brindar buenos servicios y atenuar las desigualdades. En Latinoamérica, la recaudación sobre PIB es 22% promedio, aunque hay casos en que es mayor. La devolución en servicios es insuficiente y allí está la trampa. En Uruguay, particularmente, la presión fiscal es mayor, y a mi juicio los recursos se han volcado en la población mejor que en buena parte de los países de la región.

—Como cuarto elemento, o “trampa”, ubica las cuestiones medioambientales…

—Muchas economías de América Latina y el Caribe hacen uso intensivo de materiales y recursos naturales, lo que podría llevarlos a una dinámica insostenible en términos ambientales y económicos. Resulta difícil y costoso abandonar vías de crecimiento que deberían modificarse, para plantearse escenarios más sostenibles.

—Se podría pensar que son necesarias acciones de política firmes para intentar superar esos círculos viciosos, más allá de cuestiones ideológicas o partidarias…

—Ese es otro problema que vemos en la región habitualmente, una acción de parar y arrancar de nuevo, modificando desde la base. Los países que avanzan asumen políticas de largo plazo, acumulativas, en base a consensos políticos y sociales que les permiten dar sostenibilidad a sus planes. Acciones con una mirada multidimensional, fortaleciendo las capacidades internas en alianza con una cooperación internacional con una nueva mirada, más incluyente, es la clave.

—Uruguay en la actualidad es considerado país de renta alta; eso le valió perder pie en la cooperación internacional y hubo planteos sobre esa situación. ¿Cuál es su opinión?

—Uruguay propuso una discusión en 2017 sobre este tema; es cierto que por PIB el país “se graduó” y dejó de ser de renta media, pero los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas dicen claramente que no alcanza con mirar solamente el producto bruto, que es un mal indicador del desarrollo; por tanto, ¿por qué nos graduamos? Pero no encontró demasiado eco entre los países desarrollados que deciden. La insistencia de Uruguay, y de otros países como Chile, ha propiciado la discusión sobre estos temas en la propia OCDE. Es parte del cambio de estrategia que hablamos; la cooperación no puede regirse por parámetros de hace cuarenta años.

—¿Cómo califica el momento que atraviesa la economía mundial?

—Hemos vivido una época de aumento extremo de desigualdad; debemos cambiar eso, sino el mundo seguirá desestabilizándose. El crecimiento económico global proyectado para este año, según OCDE, es 2,9% y para el próximo 3%. Es muy bajo. El comercio internacional crecerá solo 3%. Las economías desarrolladas también necesitan ajustar su modelo. En el caso de los países de la OCDE, hay un claro desmejoramiento en términos de igualdad; ha habido crecimiento económico, sí, pero confiando en el efecto derrame que le llevara bienestar a todos y eso no ocurrió. El crecimiento se concentró en los sectores más altos, pero la distribución de la renta empeoró y hay clases medias que reaccionan y se manifiestan. Es un foco de atención.

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