OPINIÓN

Críticas al liberalismo: cuando la ignorancia es desestabilizadora

Se acentúan las rencillas entre los partidos políticos que competirán en la cercana instancia electoral.

Foto: Pixabay
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Se trata de rencillas que incluyen condenas de un contendor a otro, que nada tienen que ver con la realidad. Que confunden, por ignorancia, por desprecio a la evidencia histórica o, tal vez por mala fe, qué es lo bueno y qué es lo malo para la población. Es increíblemente desacertado por ejemplo, decir que una economía liberal es lo malo para nuestro país, o que los neoliberales son los malos y los marxistas, socialistas, socialistas democráticos o socialistas progresistas son los verdaderamente buenos, porque son quienes se preocupan por la igualdad distributiva. Aunque éstos arremeten contra el liberalismo económico y el individualismo, adjudicando erróneamente a la actual oposición esa bandera, no tienen evidencia que sea lo malo, lo que castiga a la población más desposeída, lo que le quitará los “beneficios” concedidos en los últimos quince años a los más necesitados y lo que ampliará la brecha distributiva de ingresos.


De todos modos, es la imagen fantasmal del liberalismo económico que han procurado mantener entre los votantes. En resumen, se apela a ensalzar a los fracasados experimentos de los seguidores de Marx o Saint Simon, el colectivismo y el socialismo, para denigrar a la organización económica que ha probado supremacía a nivel mundial.

Recuerdos

La recomendación que más se oye en estos días es la de quienes plantean expresamente o para la percepción subliminal, que la economía debe ser cada vez más, centralmente dirigida.

Es la recomendación de una mayor intervención estatal en detrimento de la ya poca autorregulación del mercado y del individualismo económico, con una extensión y profundización del poder burocrático central. Y la mejor manera de alcanzar esa recomendación en la realidad es la de achacarle los problemas económicos locales del siglo XXI, e incluso desde antes y cuando los hubo, y hasta los actuales que los hay y son propios —menor empleo, mayor desempleo, baja inversión, baja competitividad, déficit fiscal, etc. — a gobiernos permisivos del funcionamiento de los mercados. O a herencias por esos relajamientos del control estatal y de la planificación central.

Es una táctica que se usó durante más de un siglo aunque con definición diferente, ya que en ese lapso lo resaltado era el colectivismo y lo condenado era el capitalismo. Los resultados del colectivismo, del comunismo, del socialismo democrático y del socialismo progresista —según la evolución de sus nombres— tras el socialismo hitleriano devenido en nazismo, fueron reconocidos como fracasos totales a partir de 1989, cuando la frustrante realidad llevó a la unificación de Alemania y a su punto culminante con la desintegración de la URSS y la independencia de sus quince repúblicas en 1991. El mundo que optó por el crecimiento económico, por mejorar la distribución del ingreso y alcanzar mayor bienestar para su población, se olvidó completamente del colectivismo, de todas sus características —como la propiedad colectiva de los medios de producción— y dio espacio al individualismo y a la libertad económica. Esta ha sido la realidad histórica que marca la ineficacia e ineficiencia de la propuesta caracterizada por darle mayor espacio a la dirigencia central en la conducción económica, frente a la planificación y la posibilidad de lograr la eficacia con eficiencia en los mismos objetivos con la autorregulación del mercado y dándole la mayor libertad de acción a los individuos.

No encuentro que todos los partidos hoy en la oposición puedan, quieran o simplemente, estén dispuestos a reducir el tamaño del Estado uruguayo y su influencia económica, con la celeridad que se necesita para que, dándole mayor libertad al mercado, se logren los frutos que en cierto lapso traería. Quizás en la carrera electoral algunos de ellos solo tímidamente esbocen medidas que, de ser más radicales, justificarían las respuestas que a ellas viene dando el poder sindical, que como siempre ha ocurrido en gobiernos colectivistas —o sus derivaciones forzadas por su fracaso— ha sido apéndice del poder. Y ello es así, a pesar de la evidencia empírica de que los países son tanto más pobres cuanto más el dominio estatal de la actividad económica está en manos del poder central.

Héroes

El liberalismo económico, que si no existe implica la negación del liberalismo político como lo enseña la historia y lo desconocen quienes no la tienen presente, ha tenido ideólogos y héroes.

Si bien hay anteriores, Adam Smith es el más conocido de los propulsores de la autorregulación del mercado. Héroes hay muchos y los más conocidos son los que se animaron a rechazar, en momentos difíciles para el liberalismo económico, al colectivismo y a todas sus derivaciones.

La mayoría de ellos lograron el Premio Nobel de economía que concede la Real Academia Sueca y la mayoría de ellos tuvieron su actividad académica en la Universidad de Chicago. Sin olvidar a Von Hayek, como uno de esos héroes, Stigler, Schultz y Friedman han sido los más destacados desde 1939 hasta 1991.

Fueron profesores premiados por correr las fronteras del conocimiento económico y a quienes es difícil disputar su acierto en impulsar las bondades del liberalismo económico y condenar al colectivismo por sus malas consecuencias sociales para numerosas generaciones. Y a pesar que nunca se destaca, se trata de profesores que han reconocido la necesidad de actuación del Estado bajo ciertas condiciones —pocas— a las que el mercado no puede atender. El liberalismo es más humano de lo que en general —y en particular la izquierda colectivista y socialista— se cree.

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