OPINIÓN

Crecimiento y déficit fiscal: la bonanza y la resaca

Tener trayectorias fiscales insostenibles es un gran factor de vulnerabilidad y el análisis del comportamiento de las economías de la región y la evolución del PIB lo demuestra. 

Presentación de Perspectivas Económicas en Cepal. Foto: AFP
Presentación de Perspectivas Económicas en Cepal. Foto: AFP

La semana pasada conocimos las estimaciones para 2019 de la Cepal. Se espera que la economía uruguaya crezca este año 0,3%, menos del promedio de una región ya bastante discreta; en Sudamérica solo superaremos a Venezuela, Argentina y Ecuador. En el otro extremo hay países que esperan crecer un 3% o más este año como Chile, Perú, Colombia o Bolivia. Alicia Bárcena, directora ejecutiva de la Cepal, explicó que este año la región se vuelve a desacelerar con respecto al año anterior, y que es el quinto año consecutivo que esto sucede.

Del mismo modo que ocurre en nuestro país, hasta 2014 la economía de la región fue mucho más favorable que desde 2015 a la fecha. Sin embargo, la desaceleración de la región no es homogénea. En algunos países se trató de profundos retrocesos, en otros como Uruguay la situación es más bien de estancamiento, y otros continúan creciendo a buen ritmo. Es bastante claro que los países que están peor son los que fueron más irresponsables durante la bonanza económica.

En este sentido queremos aportar un breve análisis. Compararemos los resultados fiscales en la fase alta del ciclo y el crecimiento desde 2015 en cada país. Consideraremos el déficit fiscal promedio de los distintos países en los tres años anteriores al desaceleramiento (2012-2014) y la variación del PIB en cada país en este período de desaceleración (2015-2018).

Venezuela es, como sabemos, el ejemplo de resultados calamitosos. En el período 2012-2014 tuvo un déficit promedio del 14% y una caída promedio de su producto mayor al 13% anual desde 2015 a 2018. Podríamos considerar a Venezuela como un outlier, que sin duda lo es, pero sucede algo similar de forma mucho más leve en otros países. Brasil, que es el segundo país con peor desempeño desde 2015 (-1.2% en promedio) es también el que tuvo el segundo déficit más alto en los tres años anteriores a 2015 (-3.6%). Algo similar sucede con Argentina y Ecuador, que tuvieron déficit cercanos al 3,5% en el promedio 2012-2014 y presentaron una muy pobre evolución del PIB desde 2015, por debajo del 1% en promedio.

En el otro extremo encontramos casos como el de Perú, Chile, Bolivia, Colombia y Paraguay, que recibieron la “desaceleración” de la región de forma más sólida. Sus resultados fiscales promedio entre 2012 y 2014 fueron de 0,9%, 0%, -0,3%, -0,9% y -1,3% respectivamente. Algunos de estos países han mantenido muy buenas tasas de crecimiento desde 2015. Claramente no se puede establecer una causalidad directa, hay muchos otros factores incidiendo en la evolución económica. También puede haber algún tipo de causalidad inversa en algún país u otros factores influyendo sobre ambas variables. Pero sin duda tener trayectorias fiscales insostenibles es un factor grande de vulnerabilidad que jugó su rol. Es imposible no reparar en que los que más se emborracharon en la bonanza son los que peor la están pasando.

Uruguay está en una situación intermedia entre estos dos mundos. Recibió la nueva coyuntura con déficit mayores a los recomendables, pero más leves que otros países. Sus resultados fueron consistentemente intermedios. Crecimos menos que Chile o Perú, pero no sufrimos crisis como Argentina o Venezuela. Más recientemente el deterioro ya se hizo bastante profundo, llegando al 4,8% de déficit como porcentaje del PIB, cifra muy alta en cualquier comparación. El desafío es muy grande; ordenar las cuentas públicas sin crecimiento puede ser recesivo en el corto plazo. Sin embargo, la coyuntura internacional también nos tira algún salvavidas, como la baja de las tasas de interés, que podría incentivar la inversión que está en niveles muy bajos en nuestro país.

Hablar de déficit y responsabilidad fiscal puede ser aburrido. Sin embargo, debemos tomar conciencia como sociedad de su importancia. Lo sucedido en la región en estos años muestra que la irresponsabilidad, a la corta o a la larga, la pagan los más débiles: los trabajadores y jubilados de ingresos fijos. Venezuela y, en menor medida Argentina, son ejemplo de los peligros de no tomarse en serio las restricciones. Cuando los políticos se niegan a asumir la responsabilidad de ordenar las cuentas públicas viene el peor de los ajustes que es el que hace el mercado, vía devaluaciones y aumentos de precios. Se puede querer un Estado más grande o más chico, lo que no se puede es despreciar los límites de las restricciones presupuestarias sistemáticamente. Quienes lo hicieron terminaron siempre muy mal.

(*) Director académico del Centro de Estudios para el Desarrollo (CED).

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